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Celtas ganan a griegos

Imposible que jamás hayan existido en Galicia dos personas que se odiaran tanto. Ambos eran historiadores, poetas, novelistas y ensayistas; los dos comprometidos con causas políticas. Hablamos de un tiempo en que los que no había estudios universitarios que convirtieran a nadie en arqueólogo ni en antropólogo, o sea que quienes se dedicaban a esas disciplinas lo hacían de manera autodidacta y con una increíble carencia de fuentes.

Uno de los contrincantes odiados era Manuel Murguía, cuya presentación es innecesaria y el otro, Celso García de la Riega, cuya presentación acabamos de hacer equiparándolo generosamente al otro. De la Riega, además, era un excelente dibujante, aptitud de la que careció Murguía. Los dos cultísimos, como se decía en su época, e ilustrados. Uno y el otro con enorme infl uencia entre los círculos intelectuales de nuestro país en aquellos tiempos.

Entre 1865 y 1911, Murguía publicó los cinco tomos de su ‘Historia de Galicia’, en los que defendía furiosamente que nuestro país es fruto de una mescolanza de pueblos celtas y suevos. Hoy dirá usted que eso es más bien cierto, y podría incluir a los romanos, que durante siglos ocuparon nuestro territorio, entre los períodos que cubrieron los pobladores celtas originales y la llegada de los suevos. Pero en esa época en la que Murguía publicó esa obra, la cosa era más bien una suposición, una conjetura.

En 1904, el pontevedrés De la Riega publicó una de sus mejores obras, ‘Galicia Antigua’, en la que sostenía que el pueblo gallego tenía origen helenístico porque los griegos fueron los primeros pobladores y creadores de nuestros pueblos y ciudades. Trataba de desmontar cada una de las posiciones que greecedefendía Murguía. Esa batalla la perdió el pontevedrés desde el minuto uno, como el tiempo ha demostrado. El pueblo gallego no tiene origen griego pero ni aunque nos pagaran para afirmarlo. No hay nada en las fuentes, ni en la arqueología, ni en la antropología ni en la lógica ni en el sentido común que hoy nos permita mantener esa tesis delirante.

No seamos crueles. En esos tiempos las cosas no eran así. Como decíamos, la Historia la escribían afi cionados que se basaban en cuatro libros que cada uno había leído, que las fuentes no estaban como hoy al alcance de un click de ratón y el instinto o la capacidad de fabular eran aptitudes muy apreciadas. Murguía era más sistemático y más científico. Se apoyaba en datos y fuentes cuestionables pero existentes, y el tiempo le dio la razón. Su sistema, que alguien debiera estudiar, era el de enterarse y luego, a la luz de los datos, proponer una tesis; García de la Riega era mucho más visceral: primero buscaba una tesis que le gustara y luego buscaba datos que se amoldaran a ella y los publicaba.

Lo que se trataba de dilucidar no era una pelea entre antiguos amigos. Se buscaba el origen fundacional del pueblo gallego, que es algo que hoy damos por resuelto sin preguntarnos quién lo investigó.

Hoy sabemos que ganó Murguía y podemos congratularnos de que lo hiciera, pues de haber ganado De la Riega, el discurso nacionalista se hubiera vendo abajo y hoy Galicia no sería nada de nada. La cuestión es que con el tiempo, los hallazgos, uno tras otros, demostraron que Galicia es un país originariamente celta, lo que por otra parte tiene toda su lógica y de griegos no tenemos más que cuatro leyendas mal contadas.

Los hallazgos que se han hecho desde entonces demuestran que el pontevedrés se equivocaba y Murguía no. Somos celtas, como señalaron posteriormente los documentos, los hallazgos y las fuentes incuestionables, y es que en esa pelea que empezó como algo académico y acabó con un intercambio de insultos que duró décadas, ganó Murguía.

Entre uno y otro surgió un odio diabólico que se trasladó tanto a su vida personal, como a su vida pública y académica. Siempre ganó Murguía, que además contó con el apoyo de buena parte de la intelectualidad gallega. La tesis del origen griego de Galicia tenía tanto soporte como el que tendría hoy mismo un ensayo que sostuviera que los gallegos descendemos de Georgie Dann.

Así se decidían estas cuestiones. Se inventaban o malinterpretaban leyendas, se inventaban argumentos se falsificaban documentos, todo para tratar de vender una idea sacada de la imaginación, y los contendientes confi aban en que el tiempo se encargara de dar o quitar razones. En eso acertaban. Las discusiones, los cruces de cartas, los artículos periodísticos, los insultos que degeneraban en odio personal, no eran más que la incapacidad para demostrar quién tenía razón.

Finalmente, ponían sus argumentos al servicio del futuro. Es algo que hoy tendríamos que aprender tanto de Murguía como de García de la Riega: el tiempo decide quién tiene razón y en eso, en el asunto de celtas y griegos, Manuel le metió una paliza monumental a Celso. Somos celtas, romanos, suevos y portugueses, pero no tenemos ni pizca de griegos. Y eso ya los dice hasta en ADN.

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