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Xelmírez y el robo del siglo

El primer arzobispo compostelano, Diego Xelmírez, influyó en la historia de Galiza de manera tan determinante que de no ser por él, eso puede usted jurarlo, nuestro país sería muy diferente, sin duda peor. A él no sólo debemos la construcción de la catedral de Compostela, sino muchas otras cosas, como la primera armada de guerra que se construyó en la península Ibérica y la primera línea defensiva costera y comunicada, ambos hechos estos últimos para frenar las invasiones vikingas que una y otra vez arruinaban este reino bendito.

Fue un renacentista. Dirá usted que eso es imposible, pues el hombre vivió entre los siglos XI y XII, mucho antes del Renacimiento. Me da lo mismo. También era nacionalista mucho antes de que existiera el nacionalismo como concepto identitario. Pero lo que toca hoy es contar una de sus hazañas más discutibles y encantadoras, el llamado Pío Latrocinio. Resulta que su diócesis compostelana, recién creada, contaba con una gran estrella, el Apóstol Santiago, el Messi de los santos, cuya presencia en Galicia, tanto vivo como muerto, fue invención también del propio Xelmírez, que ya me dirá usted si el tío no era un genio.

Pero el equipo de enfrente, el de Braga, aunque no tenía un apóstol, si contaba con una plantilla sólida, conjuntada, experta y bien entrenada por Giraldo, a su vez arzobispo bracarense. Dispuesto a equilibrar la balanza y ganar para siempre la Champions de las diócesis, un buen día del año de 1102, nuestro héroe Xelmírez se dirigió a Portugal acompañado de una camarilla de nobles eclesiásticos, llegó a Braga, donde fue generosamente recibido por su rival Giraldo y sin que éste sospechara nada, con gran sigilo fue visitando cada iglesia y robando cuanta reliquia o tumba santa estaba catalogada, fichando uno a uno a todos los jugadores del equipo rival. Primero robó dos cofres, uno que contenía unas reliquias adjudicadas al mismísimo Jesucristo y el otro cofre con otras pertenecientes a varios santos, luego los restos mortales de tres mártires de la iglesia: San Silvestre, San Cucufate y Santa Susana, virgen y mártir.

La operación llevó varios días y aunque se desarrolló con enorme secreto y eficaz planificación, cuando Xelmírez había emprendido el camino de regreso, tuvo noticia de que en Braga se estaba montando un gran revuelo, pues los afi cionados de aquel equipo, gente muy fervorosa, habían descubierto los robos de sus estrellas y estaba justamente indignada. En ese momento creó una maniobra de distracción. Entregó todo el botín a un arcediano dando instrucciones de que lo pusiera inmediatamente a buen recaudo en Tui mientras él, al frente de la comitiva pero sin demasiadas prisas, continuaba su viaje de retorno, con lo cual podría presentarse ante cualquier enviado de Giraldo como un honesto obispo que tras rezar en las iglesias de Braga volvía inocentemente a su diócesis.

Para completar el relato, que fue perfectamente documentado, inventó incluso un milagro que en adelante le serviría de cobertura divina, algo ante lo que su rival tendría que aceptar la derrota. Así que llegando la persona adelantada ante el Miño: "El río había estado encrespado durante tres días por tan duras tormentas que no había podido ser atravesado por ninguna embarcación. Pero una vez que los cuerpos de los santos fueron colocados junto a su orilla, pareció que el río sintiera respeto hacia ellos, pues, se dice que una vez que se calmó la fuerza del viento y amainó la tormenta, el río ofreció tanta facilidad para atravesarlo a los que llevaban los santos, cuanta podía ofrecer la planicie de sus aguas, que corrían con tanta tranquilidad, una vez apaciguada la corriente, que ni una sola ola agitaba las aguas".

Bien trabajado, Xelmírez, eres un crack. Una vez que contaba con el permiso del propio Dios y ya con las reliquias en zona segura, nuestro héroe se reencontró con el botín y anunció a bombo y platillo su llegada a Compostela con el cargamento de los restos mortales de santos, vírgenes, mártires y las reliquias de Cristo y de muchos otros destacados miembros del santoral. Fue recibido con gran pompa en Milladoiro y de ahí procesionó hasta la catedral de Compostela, donde depositó el botín.

El suceso, bautizado por el amanuense del propio Xelmírez como Pío Latrocinio, pasó a la historia de la cristiandad como una jugada maestra ingeniosamente planifi cada y perfectamente ejecutada. Hay algo que juega en su favor, y es que el hombre reconoció que se comportó como un ladrón pero lo hizo con tanta habilidad que nadie se lo echó en cara. Más bien todos se lo agradecieron.

Las consecuencias del Pío Latrocinio no han sido ponderadamente valoradas. En tiempos en los que la Iglesia atesoraba el verdadero poder y en que el pueblo, muy religioso y temeroso de Dios, estaba tremendamente necesitado de santos a los que venerar, la sede compostelana contaba en adelante con un equipo encabezado por el Apóstol y arropado por jugadores de primerísimo nivel. Eso fue lo que convirtió a la hoy capital de Galicia en una de las tres grandes ciudades de la cristiandad, junto a Roma y Jerusalén, casi en igualdad de condiciones. Hoy el Apóstol ha eclipsado a todos los demás santos que atesora Compostela, pero en aquellos tiempos fueron ellos quienes lo arroparon. Viva Xelmírez.

Xelmírez y el robo del siglo