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La TV3 de Pujol

Josemaría Picallo |

Josemaría Picallo | 09 de febrero de 2020

MUCHO SE HA ha hablado de la crisis económica que apareció en 2007 y que trajo debajo del brazo una crisis de valores colosal. Una crisis del sistema que acabo tocando de manera fatal las instituciones de nuestra democracia y provoco una desafección ciudadana hacia la política y los políticos cuya imagen cayó en barrena. La ciudadanía no se fía de sus representantes, los mira con lupa y mantiene sobre ellos una permanente sospecha. Algo lógico y esperado después de ver cuánto cantamañanas continúa estabulado en los pasillos del Poder. Pero la crisis de confianza, de valores y de ética política no se detuvo ahí y atenazo, también, al periodismo celtibérico.

Un periodismo ayuno de valores, que le ha dado la espalda a sus principios más esenciales y por ende a sus lectores, y que ha permitido que los entresijos del Poder se metan en sus entrañas, provocando censuras y autocensuras más propias de la época de Serrano Suñer y su Ley de Prensa de abril de 1938, que de un Estado de Derecho. Una crisis de independencia y de falta de rigor, que se complementa con la aparición en las redacciones de los medios informativos del periodista activista, propagandista y pregonero que inunda los platós de las televisiones y las redacciones de los periódicos, mostrando un servilismo político y una untuosidad zalamera hacia el que manda, que da risa. Y pena.

El asunto es tan grave y alarmante en la sociedad que hasta el Parlamento de Cataluña puso en cuestión el tratamiento informativo que la televisión autonómica da a los múltiples casos de corrupción de la familia de Jordi Pujol, que tapa y silencia convenientemente, dejando con el trasero al aire a los profesiones televisivos autonómicos. Así que para disimular un poco, supongo, sus señorías han aprobado una propuesta de resolución en la que se insta a TV3, para que cumpla de una vez con las funciones que tiene de servicio público y aplique la verdad y el rigor informativo que se requiere a las andanzas y trapicheos del ladino y afortunado trilero catalán que tanto guisante les coló, en sus mismas narices, a los políticos de Madrid. Y es que Pujol ha desaparecido. Sí, sí, todo un misterio. Silencio total.

Nadie dice nada en la muy objetiva prensa española. Ni Ferreras, ni su doña, ni don Piso Wyoming, ni los ocupas de la TVE, dicen nada de don Jordi. No sale, ni en la uno, ni en la dos, ni en la tres. Tampoco en la cinco, ni en la sexta, ni en los juzgados. No se preocupa ya de él ni Iñaqui Gabilondo, tan lisonjero él. Y es que a las televisiones españolas, en manos extranjeras, les preocupa mucho más Franco que los miles de millones que se distrajeron en España por este pájaro. Un personaje nefasto, que ocupa ya un lugar destacado en la parte oscura de la Historia de España. Parte siniestra, que tapan unos medios informativos trufados de intereses espurios, y que llevan tiempo tratando de blanquear el golpe de Estado de los separatistas catalanes contra el sistema democrático español y la Constitución que nos garantiza nuestros derechos. Un sistema democrático, no lo olviden, que requiere para su correcto funcionamiento de periodistas de verdad. Imparciales e independientes. Ya decía Darío Restrepo, que el periodismo es un servicio público que el periodista presta a través de la información. Vaya si lo es. El de verdad.

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