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Para que no tengamos miedo

María Valcárcel | Arquetipos

Galiciae | 22 de enero de 2019

TE LEVANTAS. Soñolienta aún, te diriges a la cocina a prepararte el desayuno. Calientas el café, la leche, la tostada. Haces un repaso mental de las tareas del día. Piensas: hoy, quizá hoy, sea el momento de salir a la calle y combatir los males del mundo. Después piensas: sí, pero qué cansancio. Vuelves a la cama porque te gusta desayunar ahí, disfrutando de ese placer combinado de lectura más desayuno. Hay que hacer algo, te repites constantemente. Hay que hacer mucho. No es solamente el trabajo, que a veces pisa, que a veces quema, que a veces no aporta felicidad y menos libertad, porque hay trabajos penosos y hay trabajos indignos y toda una serie de cosas que no se pueden ni llamar así, aunque se llamen. Entonces te dices: yo he tenido suerte. Y te vas a la ducha. Precisamente por eso, continúas hablándote mientras te enjabonas, y, de pronto, te pones un poco triste y te enojas un poco, a la vez, y te quedas como ensimismada mirando fijamente a un punto del azulejo que, sin tú notarlo hasta ahora, ha cambiado de tonalidad. No sabes si es suciedad momentánea o si responde a un deterioro que viene anunciándose desde tiempo atrás. Sacudes la cabeza como para alejar esta última idea deprimente. Hay demasiado que hacer como para perderse en disquisiciones filosóficas. El ser, la nada, el tiempo, los para qué. Te secas, te vistes. Con movimientos certeros y maquinales. Se te ocurre que estaría bien un desdoblamientos matutino de cuerpo y mente, que el primero fuera haciendo lo suyo y la segunda se quedara reposando entre las sábanas hasta la hora de salir. Si se consiguen otras cosas, piensas. Y, seguidamente, qué ideas locas. Vuelves a repetir en alto tu plan diario, eso que te espera ahí fuera. Llamar a unos y a otros, insistir con aquella cita, redactar la propuesta, convencer. Crees que puedes hacerlo. Sabes lo difícil que es hacerlo. Por un momento, justo antes de salir, desfalleces.

No tienes claro por qué insistes tanto. Si a la mayoría no le importa, si la gente no lee, si la cultura es en lo último en que se piensa, cuando se piensa. Y después sales. Y te fijas en ese coche que pasa lento, en esos jóvenes que van, dormidos, probablemente malhumorados, a su primera clase de la mañana. Y, cuando avanzas, notas cómo la niebla crea, en el amanecer, luces especiales que chocan en las fachadas y proyectan líneas o frases o poemas; qué sabes tú de su lenguaje. Y te dices: eso es bonito. Pero son ráfagas. Se habrán ido con el siguiente paso. Y atrás no quedará nada. Haces una inmediata asociación con tu vida, con tus sueños, con tu trabajo, con tus proyectos. Sorprendentemente, sonríes. Piensas: lo que da miedo no es el final sino la inconsciencia del durante. Que no sean miradas, ni escuchadas, ni cuidadas, esas ráfagas del trayecto. Hay mucho que hacer, insistes, mientras te apresuras. Hay mucho que contar, mucho que descubrir, mucho que observar, mucho que crear, mucho que combatir. Muros que tumbar, ideologías que vencer, desigualdades que romper, leyes que derogar, mentalidades que transformar. Con tu pequeño trabajo, con tus pequeños emprendimientos, con tu pequeña voz. Te dices, al tiempo que caminas.

Y no puedes dejar de prestar atención a la gente que pasa a tu lado, a las calles que atraviesas, a las tiendas que abren sus puertas dispuestas a empezar un día más. Como tú. Un día más que tendrá sinsabores y buenas noticias o, aparentemente, buenos comienzos; que supondrá algunos fracasos y varias desilusiones; que verá nacer alguna idea nueva y colapsar alguna vieja. Sin embargo, hay tanto que hacer que esa incertidumbre no te da miedo. Has elegido la cultura para que eso no te dé miedo. Olvidada por los grandes presupuestos, ignorada por los grandes poderes, apartada de los espacios de decisión en los que, dicen, se cambia el mundo. Lo que hace la cultura es enseñarte a no tener miedo. Y eso, claro, no lo parece, pero es la raíz.

Entonces suena tu teléfono. Alguien te mira. Saludas a la vez que respondes. Empieza el día y tú estás bien. Sonríes a quien te llama aunque no te vea. Es bonito. Es para seguir.

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