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Un café manchado

Portorosa |

Galiciae | 11 de septiembre de 2019

Basta un día para cambiar de mundo y a veces de vida

SOLO CON desplazarnos. Es asombroso el poder de los lugares. Cuenta Javier Marías en su muy recomendable Vidas escritas que, cuando Henry James y Oscar Wilde se conocieron, el norteamericano comentó que echaba de menos Londres, a lo que Wilde repuso con condescendencia "¿De veras? ¡A usted le importan los sitios!" —lo que le mereció varios apelativos poco cariñosos a partir de ese momento, por parte de su colega—. Pero para el común de los mortales, lo cierto es que importan. Algunos, parece que nos liberan, o que al menos nos dan impulso, y en cambio otros nos lastran, nos ahogan como si allí no pudiéramos abrir ninguna puerta ni entrase la luz. A veces pienso que, si fueran capaces de no sentarse en el mismo portal cada día, algunos chicos escaparían de su destino.

De repente, el Sol de ayer poniéndose en el mar delante de mí y las olas rompiéndome en los hombros se convierten en una habitación de un edificio vacío rodeado de calles calientes. Y de todo aquello solo quedo yo, si es que sigo siéndolo.

Por el camino, seis horas de charla con una adolescente. Adolescente pero encantadora, o encantadora pero adolescente. Preocupada ante todo por gustar, por encajar, e inquieta por inseguridades difíciles de creer para quienes la vemos. Seis horas maravillosas, con parada, al fin, en Urueña, Villa del Libro rodeada por unas ciclópeas murallas que dominan un paisaje precioso de campos ondulados. En una de sus ocho o nueve librerías yo me tomé un café y ella un manchado, mientras una exmaestra nos contaba qué había pasado allí. Luego, de noche, en Madrid, seguimos hablando mientras cenábamos como vacas marinas, de despedida.

Porque hoy, esta mañana de domingo, una de las niñas que esperaban en la Terminal 1 de Barajas para facturar era mi hija. Paula. Que se iba. No mucho, pero se iba. A la verde Irlanda. Y a mí me iba creciendo un nudo en la garganta que me impedía hablar, de pena por no verla durante unos meses, de preocupación por que todo salga bien, de miedo porque lo pueda pasar mal, porque algo o alguien pueda hacerle daño, hasta que ella tuvo que avisarme de que no llorase. Y con ese nudo la vi irse en la fila, y pasar el detector, y coger sus cosas y pararse, darse la vuelta y saludarme con la mano, sonriendo, y marcharse. Tan mayor ya, y tan pequeña.

Hay cambios completamente determinantes. Pero no son los de decorado, los de escenario, sino los de los protagonistas de nuestra vida.

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