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Catedral de Tui. EP
Catedral de Tui. EP
Esta espléndida puerta de la catedral de Tui es el primer conjunto escultórico gótico que se hizo en España. Almenas en lo alto de la torre, que lo espiritual no quita lo guerrero

Cuando llega a su destino, hay un enorme follón de coches, porque es día de mercado y –piensa absurdamente el viajero– porque no en vano Tui fue una de las siete capitales del antiguo reino de Galicia. Pero en la ciudad vieja el barullo desaparece por completo y las callejuelas solitarias que lo llevan a la catedral resuenan bajo las pisadas de sus botas. La portada gótica es magnífica y le hace gracia una pequeña Virgen con un manto azul, añadida sabe Dios cuándo y que contrasta vivamente con la solemne y sobria piedra de las esculturas.

Al ir ya bajando, pasa por delante del Vello Cárcere y de una casa en la que estuvo la primera escuela privada de España; aunque no apuntó el texto de la placa, cree no equivocarse. Y hablando de placas, sí copió esta: "Rúa Lorenzo Cuenca ou de Abaixo. Antes: Rúa Real s. XIX. Rúa da Ferrería s. XIII". Se agradece la información, pero con lo que nos gusta cambiar el nombre de las calles al menor vaivén político, se puede dar el caso de que sea necesario colocar unas enormes pantallas  para recoger todos sus sucesivos nombres.

Cruza el vetusto puente de hierro sobre el Miño, ancho y majestuoso. Y entra en Portugal sin frontera ni nada, no como antes hacía vigilado por la policía y los guardiñas. La catedral de Tui desempeñó el papel de fortaleza ante la más bien teórica amenaza de los lusitanos, pero estos levantaron un enorme recinto fortificado que los protegería de nuestros belicosos afanes, quizá no tan teóricos. Hoy la Fortaleza de Valença es un placentero y amplio espacio turístico, con tiendas, restaurantes –en uno de ellos come el viajero el obligado bacalhau– y fastuosas vistas sobre el Miño y su campiña. Pasa un  tropel de caballos guiados por sus jinetes y amazonas.

Las torres de Catoira están muy en ruinas, pero eso no hace más que acrecentar su romántico sabor en la orilla del Ulla, que parece un lago aunque el agua está baja. Sabor romántico y escocés, el viajero añora el mes que pasó recorriendo aquellas tierras, especialmente las Highlands. Pero lo que sí casi mata el encanto del lugar es el puente de la autovía que ahoga todo el entorno y lo prostituye con el ruido de los coches. Aún cabreado por la desfeita, se sube a un barco vikingo que tendrá protagonismo en la romería y que ahora está atracado. Y por cierto, que en Catoira nació Gelmírez, cuando ya estas torres se levantaban contra las razias de los feroces nórdicos.

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