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PERFIL

Feijóo, el presidente más fraguiano

Alberto Núñez Feijóo. PEPE FERRÍN
Alberto Núñez Feijóo. PEPE FERRÍN

Confesaba Alberto Núñez Feijóo (Os Peares, 1961) en una entrevista con El Progreso que cada día se parecía más a Manuel Fraga: dormía poco, pintarrajeaba los titulares de los periódicos, se emocionaba en los actos públicos... Ahora, también adopta del 'león de Vilalba' la decisión de adelantar las elecciones autonómicas, aunque con la esperanza de que le vaya mejor de lo que le fue a Fraga en 2005. Si lo consigue, igualará el hito de su maestro: cuatro mayorías absolutas consecutivas.

Aunque Feijóo es 'hijo' político de Romay Beccaría –como reconoció el veterano ferrolano en 2017 cuando recibió la Medalla de Oro de Galicia–, fue precisamente Manuel Fraga quien fichó a aquel ‘madrileño’ engominado para la Consellería de Infraestructuras en 2004. Llegaba avalado por su fama de buen gestor, que había puesto a prueba en el Insalud y Correos, pero apenas tuvo tiempo de demostrarlo porque el bipartito se cruzó en su camino. Tocaba la dura travesía del desierto en la oposición, una tarea para la que Feijóo aparcó al gestor que llevaba dentro y dio paso al político.

Rodeado de una guardia pretoriana fiel que lo ha acompañado hasta hoy y que constituye buena parte de la clave de su éxito, Feijóo demostró cintura para hacerse con los mandos del PPdeG en una sucesión de Fraga que amenazaba con dinamitar la unidad de la derecha gallega. De hecho, él siempre garantiza que su relevo será "más fácil" que aquel de hace ya 15 años. Entonces, apaciguó perfiles tan complejos como los de Cuiña, Baltar o Cacharro y poco a poco limó el abismo que separaba al PP de la boina y al del birrete, este último donde él siempre se sintió más cómodo. Con el partido de su lado, fue implacable como líder de la oposición y recuperó la Xunta para el PP en el año 2009.

Desde entonces, a Feijóo nadie le ha tosido en Galicia. En sus años en la Xunta demostró ser un político completo que domina el debate parlamentario y que se mueve con la misma soltura por los platós madrileños que por las corredoiras de Os Peares, como aquel Balbino de Neiras Vilas. La misma facilidad que tiene para recordar que es natural de Ourense con piso en Vigo, residencia en A Coruña y trabajo en Santiago.

Del igual forma, Feijóo también mostró al frente de la Xunta esa misma flexibilidad de la que carecía Fraga, que era menos camaleónico. Así, lidió con una primera etapa de apretarse el cinturón por la crisis, asumiendo recortes y adoptando decisiones muy impopulares que, sin embargo, no erosionaron su caladero electoral. Fue a partir de 2016 cuando impuso un giro social en su Gobierno y empezó a realizar políticas más expansivas, momento que coincide, ironías de la política, con el periodo de menos apoyo electoral.

En esta década también se preocupó de cultivar una imagen de moderación dentro de la derecha, con posturas más tibias que el ala dura de su partido en debates sociales como el aborto. Además, presume en cuanto puede de haber votado a Felipe González en su juventud, una pequeña 'traición' que Fraga nunca le tuvo en cuenta. Y aunque ese perfil de modernidad pasó desapercibido durante mucho tiempo, ahora, con Pablo Casado en Génova y Cayetana Álvarez de Toledo en el Congreso, emerge como factor diferencial. Tanto, que hasta Vox lo acusa de ser un «nacionalista» más.

Con una década de desgaste a cuestas, las estadísticas en contra y el peso cada vez mayor de una paternidad que estrenó en 2017 –el pequeño Alberto cumplirá 3 años en unos días–, Feijóo se lanza a un reto mayúsculo. Lo hace desde el convencimiento de que puede ganar y apelando a la capacidad de trabajo, la suya y la del partido; otra característica que sí comparte con su mentor de Vilalba. Y si pierde, pues se marchará a su casa de la ría de Vigo a disfrutar de los suyos o incluso a probar suerte en la empresa privada.

Eso sí, a diferencia de Fraga, que dejó la política estatal en el 90 para desembarcar y retirarse en Galicia –pese a su etapa final simbólica en el Senado–, Feijóo compró el billete a Galicia de ida y vuelta. En su entorno aseguran que su biografía política a nivel estatal está todavía sin escribir, convencidos de que una cuarta mayoría podría brindarle nuevas oportunidades. El último tren pasó en 2018. Pero con el Ave, si es que algún día llega, ya se sabe que Madrid queda a un paso.

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