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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Contraseñas

Da igual todo lo digital que quiera ser el futuro, siempre se guiará por algo tan analógico como la condición humana
 

Moneda homeopática. AEP
Moneda homeopática. AEP

VENGO DE reconciliarme conmigo mismo. Bueno, no del todo, pero sí lo suficiente como para sentirme levemente reconfortado tras años de preocupaciones y reproches por mi inconsciencia casi suicida en el desarrollo de mi existencia virtual. Se lo tengo que agradecer en buena medida a Gerald Cotten, de quien no escuché hablar en toda su vida pero que se ha hecho un hueco en el imaginario internacional con su muerte.

Gerald Cotten era otro de esos mocosos que gracias a internet y sus productos se había hecho rico prácticamente al mismo tiempo que aprendía a dejar de mearse en la cama. Con treinta años, dirigía QuadrigaCX, una de las principales gestoras canadienses de bitcoins. El bitcoin, ya les ahorro yo buscarlo, es la moneda digital más usada, la estrella de las criptomonedas. Sus defensores la halagan porque no puede ser controlada por ninguna institución o Estado, aunque yo, en mi mezcla de ignorancia y escepticismo, no estoy seguro de que eso sea una ventaja. De momento con esto de las criptomonedas me pasa un poco como con las pseudociencias y las terapias alternativas: la evidencia más sólida de su eficacia es que la prima de una vecina tenía unas molestias horribles, las probó y le fue de perlas, según cuenta su prima, pero mucho más no se puede generalizar. En este modelo de criptoeconomía, por tanto, el bitcoin vendría a ser como una moneda homeopática.

Pero que yo no tenga ni pajolera idea o que desconfíe como de un billete de siete euros no significa que otros muchos no estén mejor informados o tengan más arrojo. Por ejemplo, los 115.000 clientes de QuadrigaCX, que gestionaba unos 126 millones de euros en bitcoins. En realidad, quien los gestionaba directamente era el bueno Gerald, al que le dio por morirse hace dos meses en India en una muerte tan extraña que muchos creen solo virtual. Para esta vaina nuestra tanto nos da, porque lo que importa es que ha muerto sin compartir con nadie las contraseñas que daban acceso a esos 126 millones. Se supone que ahí están, pero mientras un ejército de informáticos trata de reventarle las tripas a los monederos digitales que Cotten usaba, QuadrigaCX ha sido declarada en bancarrota.

No puedo evitar una sonrisa. Es el rencor acumulado de años de cuentas de e-mail y registros en aplicaciones perdidas por olvidar las claves, de mala conciencia por contraseñas de bajo nivel de seguridad y repetidas en mis cuentas, de reproches de los informáticos del periódico por haber pulsado en ese enlace que me llegó por correo, de frustraciones por no haber sabido adivinar el potencial de aquella startup con la que todo el mundo se forró.

Tiene algo de justicia divina que en una firma hiperespecializada, creada y dirigida por brillantes mentes de la programación, entregada al futuro de la existencia virtual y gestionando un producto tan complejo que solo puede ser expresado en unos y ceros, nadie pensara en la contigencia más común, prosaica e inexorable: la muerte analógica. Las personas tienden a morirse tarde o temprano, sobre todo físicamente.

Es normal, en estas circunstancias, que todas las sopsechas de los implicados hayan recaído en el elemento discordante, el analógico, la muerte de Gerald Cotten. La empresa informó de que había sido en India, adonde había viajado para "abrir un orfanato". Habría sido a consecuencia de una inflamación intestinal, pero pocas cosas cuadran: dos semanas antes del viaje había hecho testamento y había repartido entre sus más cercanos su avión privado, un Lexus y otras pertenencias; para el cuidado de sus perros dejó un fondo de 80.000 dólares. Todo muy raro, que hace pensar a las autoridades y a los clientes de QuadrigaCX en una posible fuga para ocultar una estafa millonaria.

Lo que nos llevaría, de nuevo, a algo tan escasamente novedoso y tan poco virtual como el engaño y la avaricia. A uno, inmigrante en estos paraísos ciberespaciales, le tranquiliza saber que sea como sea el futuro, seguirá guiándose en esencia por reglas tan antiguas y tan groseramente analógicas como las de la condición humana. Como la misma muerte, que no necesita contraseñas.

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