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Leer en agosto

Juan Tallón - Leer en agosto - 31.07.20 - InteriorSELECCIONAR EL libro que vas a leer cada vez, apenas acabes el que tienes entre manos, es una operación en la que se gastan solo unos minutos. Intentas no interferir con ella en la velocidad que lleva tu vida. En general, las pequeñas decisiones —leer "ese" libro, preparar "esa" comida, vestir "esa" ropa, ver "esa" película, etcétera— se acompasan al ritmo inflexible del mundo en el que interactúas. Puedes ocuparte de ellas sin casi desocuparte del resto, y sin dedicarles el tiempo que requieren las grandes. Esa ligereza tiene su encanto. Y es necesaria. Muchas cosas pueden hacerse solo gracias a que se improvisan en dos minutos, sin que se te mueva el pelo. No puedes tratar cada microdecisión —en un día hay cientos de ellas— como si revistiese trascendencia. Los días se volverían destinos demasiado densos, y ni siquiera querrías tener expectativas. Sería como decir continuamente, en voz alta, lo que piensas de verdad de algunas personas o hechos. Está desaconsejado. Necesitamos mentirnos de vez en cuando, casi por salud; y, por la misma razón, casi continuamente tomar decisiones a la ligera. Haces que el ritmo del mundo se interrumpa solo cuando las decisiones son primordiales y precisas sustraerte del movimiento imparable de los días.

Además, decidir tu nueva lectura es algo que se te ocurre a menudo mientras acabas la anterior. Porque te llamó la atención en la librería, porque leíste algo sobre ella no recuerdas dónde, porque alguien la mencionó, porque te la tropezaste en tu biblioteca. Los libros se someten habitualmente a circunstancias imprevistas, a juegos secretos, a caprichos fulminantes. Como consecuencia de esa levedad, a veces te equivocas. No es que importe. Una vida asentada en aciertos y buenas decisiones, y nada más, es inviable, digna de chiflados. Todos leemos libros equivocados, ¿y qué pasa? Ningún mal libro basta para desapegamos de la infalible levedad. Esto es así siempre… hasta que se acercan las vacaciones. Nos parece que la levedad, en ese escenario, no tiene cabida. Sería como pegarse un tiro en el pie.

Elegir los libros que metes en la maleta para una semana, para dos semanas o para un mes tiene demasiada ciencia. No eres tan inconsciente que desees improvisar, como en el resto del año. Recuerda el tiro en el pie, y que puede dejar cojera. No bastan dos minutos para decidirse, quiero decir. ¡Ni dos horas! Te gusta tomarte semanas para dar vueltas a cada título lentamente. Esta vez no puedes equivocarte. No solo cada libro ha de ser bueno; el conjunto, aunque dispar, debe ser capaz de despertar una especie de sinfonía. Ahora, para ser sincero, sí que te da igual estorbar la inercia con que funciona el mundo. Vas a estar de vacaciones, así que el mundo, y lo que pueda pasarle durante esas fechas, no es de tu incumbencia. Como si revienta. Leer un mal libro durante las jornadas que tienes para cultivar tu descanso y tus placeres no es la clase de mal sabor que se cure diciendo "qué pena" y pasando al siguiente. Es una mancha que no se va y que tienes que ver todo el tiempo.

Hasta alcanzar la lista definitiva, en la que nada sobre ni falte, hay un largo trecho. Es normal seleccionar, al principio, más libros de los que caben en una maleta. Incluso en un maletero. En el primer índice se citan los cinco o seis autores con los que te reencuentras en verano, invariablemente. Cada año le toca a un par de ellos. Qué menos que cultivar unas pocas costumbres muy personales. Pongamos que son tus escritores "de" agosto. Intentas no agotarlos, por si tienes una vida larga, contra todo pronóstico. Después están esos libros que, a última hora, descartaste el año anterior. Y están los que, en tu versión snob, dices haber querido leer muchas veces, pero al final encuentras siempre algo más apetecible. Y los que, con sus casi mil páginas, te hacen sentir que crepita el tiempo a tu alrededor. Culminada esta selección inicial, empiezas a hacer descartes. Decir "tú sí" o "tú no" ya es un placer notable. El poder es algo de lo que casi siempre se disfruta, aunque sea pequeño. Y entonces, al fin llega el día. Chao.

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