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Análisis y opinión

La prisión judía y la memoria del holocausto

SEÑOR DIRECTOR:

Nunca se registró en Jerusalén una concentración de mandatarios mundiales como la del pasado jueves. Cincuenta jefes de Estado y de gobierno de todo el mundo recordaban la liberación de Auschwitz en la colina Herzl de Jerusalén, donde se encuentra el memorial Yad Vashem. Es un lugar que siempre conmueve por muchas veces que se visite. Putin se encargó de hacer presente que fue el ejército rojo el primero que llegó a la puerta del Arbeit macht frei, un sádico mensaje para quienes eran llevados a la anulación como seres humanos y a la muerte, y no para la libertad. En aquel complejo de exterminio por gas y trabajos forzados fueron asesinados un millón de judíos. Los testimonios de los supervivientes, que todos debemos conocer todos y difundir para que no se repita, estremecen: "Aún siento que me duele cada día la espalda de las palizas que me dieron allí" declaraba el jueves en RNE una mujer judía que fue deportada con toda su familia a Auschwitz. Cuando la niña preguntaba por su madre encontraba la respuesta: "es humo en el cielo". Tardó en entenderla. Aquella niña, una anciana que hoy colecciona muñecas como un regreso a la infancia que le destruyó Auschwitz, no quiere ver por el dolor que experimenta los números tatuados en su cuerpo de prisionera en el campo.

Hay que mantener presente esa memoria. Se estima que unos seis millones de judíos -dos veces toda la población de Galicia- fueron víctimas del exterminio nazi. De lo que sucedía hubo desconocimiento, pero hubo también conocimiento y significados silencios que avergüenzan.

Sin necesidad de grandes desplazamientos, en el centro-sur de Francia, a diez o doce horas de viaje en coche desde Galicia, tenemos Oradour-sur-Glane, ciudad mártir, para ver las consecuencias del odio y la violencia racista y para constatar que el antisemitismo lleva dentro la semilla del mal que alcanza a todos.

Vergüenzas y ausencias

La cita de mandatarios esta semana en Jerusalén buscaba un doble objetivo: el mundo hace suyo que si queremos que no se repita otro holocausto no se puede perder la memoria de la Shoah, el término hebreo que recoge el exterminio nazi. También, en un escenario de antisemitismo que crece de forma alarmante, esa cumbre recordó al mundo que "Israel no está solo", como afirmó el presidente hebreo y repitieron otros mandatarios.

Sin títuloDesde la amistad con Israel, la visión sobre el hogar judío necesita descargarse de apasionamientos que miran en una única dirección. Como debería suceder desde la amistad con la causa Palestina. Esa descarga de pasiones ha de ser posible al menos fuera de aquellos territorios. Es una tarea en dirección doble: la de quienes, como Netanyahu, pretenden acallar las críticas a sus políticas con el recurso permanente al antisemitismo. E igualmente deberían descargarse de pasiones quienes utilizan la defensa de los derechos de los palestinos para sembrar el antisemitismo y la negación absoluta de Israel a existir.

En este objetivo de traer la razón, al menos al discurso, el avance de los ultraortodoxos y de los nacionalistas religiosos en la política y la práctica de gobierno israelí obliga a recordar que las vergüenzas contemporáneas, como afirmó Macron en Jerusalén, no pueden utilizar la Shoah para justificarse. Ahora mismo puede verse en los cines El oficial y el espía, la versión fundamentalmente narrativa del caso Dreyfus que ofrece Polanski, como un ejemplo de la persecución y los crímenes contra los judíos. Ninguno legitima ni hace buena la política de tierra quemada de Netanyahu y de falta de respeto a los derechos humanos. Hay muchas y significadas voces judías que lo dicen en alto. El fallecido Amos Oz o David Grossman son buenos ejemplos.

El derecho a un hogar judío, que mostró como necesidad el holocausto y que se justifica con independencia de lo que sucedió bajo el nazismo, no debería ser incompatible con el derecho a un hogar palestino. Cierto que los silencios y los fanatismos se fomentan y practican por ambas partes del conflicto. El relato dominante en la opinión pública de muchos países se queda solo con una parte: las víctimas palestinas, y con frecuencia encubren un antisemitismo ramplón, que calla las agresiones y los derechos de Israel, y bajo la bandera de los derechos humanos exhibe el rechazo a todo lo que suen a judío. Israel perdió la batalla de la imagen en la opinión

En la cita de Jerusalén faltaban, así lo recordaban algunos cronistas, mandatarios de los países vecinos. Esas ausencias son señal de los conflictos sin resolver en Oriente Medio. Son también una consecuencia de algunas cuestiones por resolver en la prisión judía, a la que la ultraderecha política y los ultras religiosos le colocan más aislamiento e incomunicación. Las diferencias que se ven al pasear por Jerusalén -dominada por los religiosos- y por Tel Aviv -secular, abierto y tolerante- muestran el conflicto abierto

Conflicto e identidad

Tomo, como usted habrá observado, el titular, La prisión judía, de un libro de Jean Daniel, meditaciones intempestivas de un testigo. Esa "prisión" de la que Jean Daniel, como tantos otros desde Spinoza a Simone Veil o Hannah Arent buscaron salir sin negarse a sí mismos, es el conflicto de identidad entre la religión y la cultura. Jean Daniel es una ilustre personalidad del periodismo, que recibió el Príncipe de Asturias. Nació en una familia de judíos sefardíes en Argelia. Siempre estuvo atento a la situación de Israel y a la relación con árabes y palestinos. Siempre se pronunció por la fórmula de dos estados. Sus crónicas con esta temática entre 1956 y 2008 están recogidas en un volumen (Galaade Éditions,2008) de unas novecientas páginas.

La marcha política de Israel, una potencia económica, 4% de parados, hoy referente de innovación, de start-ups y nuevas tecnologías, como lo fue con el milagro de la producción agrícola, conduce a acentuar el conflicto interno. Las políticas de ultra ortodoxos y nacionalismos religiosos cierra canales para construir bases para la convivencia de la identidad judía y la palestina.

Traslade usted ese desafío, ese conflicto que planteaba Jean Daniel, a la identidad de un judío, a la del Estado israelí. Estaremos ante el mismo desafío: la religión, la cultura, el sentimiento de pertenencia. ¿Cómo puede ser compatible con una democracia liberal un Estado que se proclama únicamente judío, como establece la Ley de Estado Nación? El Tribunal Supremo rechazó israelí como designación civil oficial. ¿Hay ciudadanos israelíes o hay ciudadanos judíos? ¿Cómo se compagina esta apuesta excluyente con las políticas de asentamientos expansionistas que harán inviable la solución de dos estados? Desde hace más de tres décadas está en retroceso y en pérdida de peso político la clara mayoría secular que predominaba en Israel, un país que tuvo una mujer como primera ministra a finales de la década de los sesenta, la tercera en el mundo. El desafío de la identidad convierte a Israel en una democracia, la única en Oriente Medio, cada vez más atípica: cierra y no resuelve la convivencia en la diversidad.

De usted, s.s.s.

La prisión judía y la memoria del holocausto
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