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En el agua con camiseta

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DILES A las mujeres que nos vamos es un relato de Raymond Carver publicado originalmente en la revista Sou’wester en el año 1971 e incluido más adelante en la colección De qué hablamos cuando hablamos de amor (Anagrama,1987). Trata sobre la relación de amistad de dos chicos, Bill y Jerry, amigos desde la infancia, que son parecidos pero no iguales. Jerryes fanfarrón y egocéntrico, siempre le han gustado las emociones fuertes y, ahora que es adulto, se siente atrapado en las monótonas rutinas de su vida convencional; necesita librarse de ellas de vez en cuando. Bill es más tranquilo y acomodaticio, esencialmente es un chico tímido, pero se deja arrastrar por Jerry. Quiere que su amigo esté a gusto y por eso tolera sus excesos y accede a realizar algunas de las cosas que Jerry le pide, a pesar de que preferiría no hacerlas. Llevada esta situación hasta el extremo, Bill acaba contemplando, mientras se fuma un cigarro, cómo Jerry mata con una piedra a dos chicas que acaba de conocer.

Más allá del debate sobre la aportación del editor Gordon Lishal texto —en el manuscrito original, el final carece de esa precipitación imprevisible, que casi priva de humanidad a la narración—, siempre he creído que Carver se vale aquí de la exageración para retratar cierta clase de relaciones asimétricas en las que la personalidad más débil renuncia a su forma de ser para asemejarse a la personalidad más fuerte y recibir así su aprobación. El autor coloca esta realidad tras un cristal de aumento para provocar un impact oinmediato en el lector, pero esta clase de comportamientos ocurren a diario en todas partes, aunque de una forma mucho menos evidente, y tienen que ver con la presión que se autoimponen a menudo los individuos más apocados para sentirse aceptados por aquellos que poseen un carácter intensoy alma de líder. Tiene que ver, en el fondo, con la timidez y sus complejos.

A veces me acuerdo de que la razón por la que yo soy tan sociable es mi timidez. Para que no se me note. De no haber sido siempre tan tímido, no habría sentido tantas veces la necesidad de demostrar de forma tan inapelable lo poco tímido que soy. Puede parecer una contradicción, así que probablemente lo sea. Cuando era pequeño era tan retraído que acabé construyendo una personalidad decidida y extrovertida tras la que protegerme para interactuar con el mundo. Una imagen que se proyectaba hacia afuera pero que poco a poco se iba enraizando hacia adentro, de forma imperceptible, hasta que un día aquella coraza acabó sustituyendo a mi propia piel y la timidez desapareció. Por lo que es justo reconocer que también desaparecí un poco yo. Involuntariamente, pero por mi culpa.

Esa clase de mecanismos de defensa funcionan en ambas direcciones. Por su cara exterior, protegen; por su cara interior, lesionan. Sirven para que determinadas características de tu personalidad no estén expuestas, para que resulten invisibles a ojos de los demás, pero al mismo tiempo tú también las vas olvidando, las vas dejando atrás, hasta que llega un momento en que ni siquiera recuerdas qué era exactamente aquello que intentabas ocultar. Y resulta un poco triste. Porque la timidez es parte de tu forma de ser, se trata de un rasgo más. Uno que no perjudica a nadie. Y por eso es un error intentars uprimirlo o mitigarlo. Sobre todo si es a base de echarle calderos de tierra encima. Sin embargo, pocas veces nos permitimos mostrar síntomas de debilidad ante los demás. Es uno de esos casos en los que a nuestro instinto de supervivencia le falla bastante el instinto.

Hace unos días estaba tomando el sol en la playa y me fijé en un crío de unos doce años que reía y se divertía y jugaba con sus amigos en el rompiente del las olas. Todos llevaban bañador, pero él además llevaba puesta la camiseta. Observé que de vez en cuando se separaba la tela mojada de su abdomen. Tiraba de ella, la colocaba de nuevo, introducía las manos por dentro de la prenda y la ondeaba. Me pareció que no se sentía cómodo mostrando su cuerpo y por un momento lamenté no ser alguien cercano a él para poder decirle que se lanzase ,que no fuese tan tímido. Que a sus amigos, si lo eran de verdad, les iba a dar igual lo que hubiese bajo la tela. Que todos tenemos un cuerpo distinto y unos complejos distintos y que si se quitaba la camiseta se daría cuenta de que aquella timidez no merecía la pena.

Pero entonces me di cuenta de que estaría intentando convencerlo a él de lo mismo que me convencía mí hace muchos años: en lugar de esperar a madurar y dejar que la vida le fuese enseñando qué cosas tienen importancia y qué cosas no la tienen, estaría animándolo a que se convirtiese allí mismo en alguien que no era. Me recosté otra vez en la toalla y me alegré de que aquel chaval fuese feliz con su timidez y con su camiseta.

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