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El serrucho en el piso de al lado

DEBIDO a sus misteriosas costumbres, uno de los seres más extraños de la naturaleza es el vecino. Especialmente el vecino nuevo, el recién llegado a tu planta, el de la puerta de al lado. Ese sobre el que ya has escuchado los primeros comentarios en el portal, pero cuyo aspecto y carácter todavía desconoces. Te limitas a advertir su presencia al otro lado de la pared. Lo escuchas de vez en cuando en el rellano, sientes cómo entra y sale de su casa, pero todavía no ha habido ocasión de establecer contacto. Al fin y al cabo, lo primero que uno debe hacer para llevarse bien con sus vecinos es procurar no relacionarse nunca con ellos. Bajo ningún concepto.

De Lorenzo. MARUXAMi nuevo vecino es una criatura ruidosa. Si no fuese un disparate, juraría que está dedicando sus horas libres a cortar una pared a la mitad con un serrucho. El resto del tiempo lo emplea en dar golpes a algo que en mi imaginación se parece a un enorme saco de boxeo lleno de canicas y cáscaras de pistacho. Si no se trata de eso, no me explico cómo puede provocar semejante estruendo. En cualquier caso, el momento de presentarme en su puerta hecho un basilisco para quejarme de sus hábitos y exigirle que no sea tan ruidoso ha tardado en llegar.

Y el motivo es que, para los cobardes como yo, los actos de valentía no se producen así, de buenas a primeras, como reacción inmediata a una afrenta cualquiera. Al contrario, surgen por amontonamiento. Es un proceso sedimentario en el que los agravios se van acumulando uno sobre otro, muy poco a poco, manteniendo un equilibrio delicado, hasta que llega un punto en el que el peso es demasiado y toda tu paciencia se viene abajo, desparramándose por el suelo. Es incorrecto decir "esta es la gota que colma el vaso" cuando se rebasa el límite de lo tolerable. Porque la gota que lo colma es la que lo llena del todo, la que lo repleta. Y no es esa gota la que resulta inaceptable, sino precisamente la siguiente. Y en el caso de la relación con mi vecino, esa gota de más cayó anteayer por la noche.

El de anteayer fue uno de esos días calurosos y húmedos cuyas noches se te pegan a la piel de forma pastosa y no te dejan dormir. Llega un momento en el que pierdes la cuenta de las vueltas que has dado en la cama. Tus ideas se desordenan. Tus pensamientos se exageran y se distorsionan. Sientes que pierdes un poco la noción de la realidad. Para intentar evitarlo me levanté a beber y me volví a acostar. Me levanté a fumar y me volví a acostar. Me levanté a pasear y me volví a acostar. Era imposible conciliar el sueño. Mi hija Julia, mientras tanto, peleaba contra varias pesadillas en su habitación. Me llamó tres o cuatro veces para que fuese a tumbarme a su lado. Cuando por fin sentí que los párpados me pesaban y estaba a punto de comenzar a descansar, eran ya las siete menos cuarto de la mañana.

Los agravios se van acumulando uno sobre otro, muy poco a poco, manteniendo un equilibrio delicado

Y en ese momento regresó el serrucho en el piso de al lado. ¿Pero qué persona en su sano juicio monta esa escandalera tan temprano? ¿Qué horas eran esas de ponerse a serrar una pared o lo que quiera que ese tipo esté haciendo en su casa? Apenas me quedaba una hora para dormir antes de que sonase el despertador y ni eso se me concedía. Aquello era demasiado. No podía más. Ya había aguantado suficiente. El vaso había desbordado. Había llegado el momento de conocer a mi nuevo vecino y explicarle un par de cosas sobre civismo y sobre ser considerado con los demás.

Me di una ducha y me vestí. Preparé las mochilas de las niñas, su tentempié de media mañana, su ropa y sus mandilones. Mientras desayunaba, juré una y mil veces contra todos los dioses de la Teogonía de Hesíodo. Desperté a las niñas, les di el desayuno, las vestí y las llevé al colegio. Regresé a casa, respiré hondo y esperé sentado en la entrada a que llegase el momento adecuado para lanzar mi ofensiva.

No pasaron muchos minutos hasta que escuché cómo se abría la puerta de al lado y salía mi vecino. Antes de que le diese tiempo a subir al ascensor, pegué un salto en la silla y salí a su encuentro en el rellano. Salí de casa como un toro embravecido, embistiendo a diestro y siniestro, dispuesto a empitonar a quien hiciese falta y llevármelo por delante.

Y allí estaba él. El nuevo inquilino del piso de al lado. Con sus dos metros de altura, sus brazos como martillos hidráulicos, su cresta mohicana, sus tatuajes satánicos, sus tachuelas por todas partes y, sobre todo, su cara de mala hostia. Me acerqué y le dije: "Buenos días, soy Manuel, tu vecino de al lado. Oye, que estoy aquí para lo que necesites, ¿de acuerdo? Pues nada, un saludo". Hice un gesto amistoso con la mano, sonreí amablemente y me marché silbando distraídamente escaleras abajo.

El serrucho en el piso de al lado
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