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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Cosas que quiero

Tengo una cabeza, y un corazón, anticipatorios. no puedo evitar estar pensando ya en el después

ABRO LA ventana cada mañana y, en cuanto pongo la cafetera al fuego, inicio mi ronda de estornudos, encadenando entre cinco y ocho, una vez incluso diez. Ya es primavera. Hay arbolitos callejeros en flor y mi teoría es que nunca son hermosos en todas las estaciones, es preciso escoger. El que admiras en otoño porque oxida bien te espanta ahora, le crecen las flores a trompicones, como forúnculos. El que reverdece y se llena de pétalos delicados, homogéneamente distribuidos como un manto, da pena en otoño, cuando se desnuda el primero y se queda ahí, un amasijo de madera en medio de la acera. Sé que hay árboles bellos todo el año pero esos no prenden en las ciudades. 

El aire con el que ventilo trae en suspensión una combinación perfecta que me arrasa la nariz, que me hincha los ojos, que me extrae fluidos de toda la cara y me deja hecha un cuadro. Es un aire que me tiene ahora tan feliz. Que el mundo siga sin nosotros o con pocos de nosotros, esa certeza, me consuela. Es que ni nos mira, se empeña en su existencia y nos rebosa. Bravo por él. Veo las fotos de cielos sin contaminación sobre los tejados, plazas desiertas, animales aventurándose en lo urbano y me resulta evidente lo mucho que estropeamos todo cuando estamos en cuadro. Qué plastísimas somos. Levantamos esos escenarios para luego fastidiarlos con nuestra presencia abrumadora. Me gusta de este tiempo terrible pensar en el ahora y no hacer planes, sentir con plenitud que de esto de estar aquí, de seguir, va la vida. Al mismo tiempo tengo una cabeza, y un corazón, anticipatorios, no me funcionan de otra forma, así que me vienen pensamientos del después. 

Hay muchas cosas que quiero para después; para, y ahí viene la coletilla más repetida, cuando todo esto pase. Quiero, y juro que es en lo que más pienso, test serológicos a porrillo para que sepamos quién tiene anticuerpos, quién ha pasado la enfermedad, todos y cada uno. Que mis amigos, y mis desconocidos, aislados en casa con sus familias, presentando un catálogo variopintísimo de síntomas, confirmen o desmientan efectivamente por lo que han pasado. Que sepamos la inmunidad de grupo de cada zona para que podamos acercarnos a los mayores despreocupadamente, como han hecho tantos hijos de antivacunas al ser escolarizados. La ciencia no necesita que creas en ella para funcionar. 

Quiero equivocarme. Leo dos millones de veces eso de que la crisis saca lo mejor de la gente y aquello de que saldremos de esta mejores, más centrados en lo importante, menos superficiales. Ay, lo dudo. Nos tengo, simultáneamente, toda la fe y ninguna. Creo a tope en todos nosotros, y no me cuesta hacerlo porque observo mucho comportamiento ejemplar, y al mismo tiempo nada, porque en un periquete dejamos de estar a la altura. Todo el rato me concentro en lo primero, pero os veo, nos veo, se me guarda en el fondo del cerebro todas esas maneras de exprimir una tragedia, de pisotear un tiempo excepcional, que sé que volverá después cuando nos quede un tiempo nuevo. Quiero, por tanto, fallar estrepitosamente en mis previsiones. 

Quiero recordar mi conversación con la directora del centro de Alume, asociación que ayuda a personas con enfermedad mental. Algunas viven en la calle y sin tratamiento durante mucho tiempo. Es cuando comienzan a tratarse y a estabilizarse cuando consiguen al fin alquilar una habitación. Me habló de la devoción con la que muchos miran la llave de su nueva casa, un objeto insignificante que supone tantas cosas, un peso minúsculo en el bolsillo que les arde, que notan caliente, que les repiquetea mientras caminan, cantándoles: tienes un sitio al que volver. Quiero mirar así mi llave y que tú, que también tienes una, la mires así.

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