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El rastro esquivo de Clarice Lispector

Este año se celebra el centenario del nacimiento de Clarice Lispector, la escritora brasileña que buscaba, mientras se perdía, respuestas para salvarse.

BERNA. SUIZA. 1948. Tras la majestuosa recepción, ella se sintió cansada. Por un instante, le preocupó que alguno de los invitados se hubiera percatado de su hastío, sin embargo: "No, no", se dijo, "imposible", al tiempo que rememoraba las sonrisas satisfechas, las manos de hombres y mujeres posadas en las suyas con esa corrección estudiada que ofrece la carrera diplomática, el aproximarse de rostros, los besos en el aire. Imposible.

En Nápoles era diferente porque se sentía útil. En el final de la Segunda Guerra Mundial quedaba todo por hacer, todo por reconstruir. Se acordó de cuánto deseaba cambiar el mundo, salvarlo, de algún modo. De vez en cuando aún notaba la punzada de aquel deber. También recordó que ella era escritora. Y lo difícil que le estaba resultando compaginarlo todo. Quería volver a Brasil, pero estaba casada con un diplomático. Había que viajar mucho y que fingir mucho. Por las noches, durante  esas horas en las que ella vivía sola y sin sueño, le invadía ese terror antiguo y viscoso, pegado a sus entrañas.

—Me olvidarán. Y dejaré de ser yo para ser qué. ¿Nada? Pero no puedo no escribir, aunque no sirva.

Seguir las huellas de Clarice Lispector es meterse en un laberinto peligroso. En el momento en que parece que ya se ha comprendido, su rostro se desvanece y la pérdida es cada vez mayor, más dentro. Y duele igual que una pregunta. ¿Quién es ella? Es como una reina. El monstruo sagrado. La figura hermética. Una esfinge.

Clarice es la otra. La extranjera. La que habla de un modo extraño, con acento irreconocible, diciendo sin decir. Su belleza deslumbra y aleja, su porte atrae y crea un escudo protector. Con su primer libro, Cerca del corazón salvaje, publicado en 1943, se forjó una leyenda que la persigue y a la que persigue. La quieren conocer y ella quiere conocerse. Va a ser una relación conflictiva, va a ser una relación asfixiante, va a ser un error tremendo. Clarice llegó al mundo en un lugar llamado Chechelnik (Ucrania) muy lejos de Brasil. Se puede afirmar que nació en tránsito, en un gélido diciembre de 1920. Escapó de muerte segura dos veces. La guerra civil rusa, junto con los pogromos a judíos, forzaron a su familia al exilio negro; sus dos hermanas mayores y sus padres sufrieron hambre, frío, humillación. Su madre fue violada por soldados rusos y contrajo la sífilis. Ella fue concebida más tarde con la esperanza de salvarla siguiendo una creencia de entonces. Una nueva criatura mata el mal. La llamaron Chaya, que significa vida en hebreo. Ella nació sana pero con una culpa futura, la de la madre muerta. Eso ya sería en Brasil y, para entonces, gracias al impulso arrebatador del padre por sacar la familia adelante, el porvenir parecía posible.

Se negaba a mostrarse. "Eso es exponerme", dijo con toda la razón

El éxito de su primer libro, Cerca del corazón salvaje, le exigió preguntarse qué iba a pasar con ella. La orgullosa, la huidiza, la que no concede entrevistas, la que no se deja ver, la bella, la distante. Se negaba a mostrarse. "Eso es exponerme", dijo con toda la razón. Así que el misterio creció a su alrededor, al igual que un virus infecta lo que todavía permanece sano. La revolución de la literatura brasileña, en los convulsos años 40, llegaba de la mano de una mujer desconocida. Su lenguaje metafísico, su universo de sensaciones, su radical camino abierto hacia el misticismo, su ruptura con cualquier cosa a la que, en aquellos momentos, se le podía poner nombre. "No creo que haya sido consciente de crear un nuevo diccionario", dijo ella, "Soy incapaz de concebir una historia de otra manera, incapaz de ser distinta", dijo también. Con años y perspectiva, en Berna (Suiza) pensó: "Me casé y fui esposa de diplomático y madre de mis hijos y me enorgullezco de haber cumplido con mis obligaciones". Y, acto seguido, pensó: "Pero soy escritora y soy otra y me han olvidado y mis libros se editan tarde y mal y no se venden, no se venden. Y tengo esta culpa y tengo esta pregunta y tengo esta soledad".

Entonces, como una vía que se traza silenciosa y sin peso, difícil de rastrear, más aún de encontrar, la silueta esbelta, prometedora, se fue alejando de todos y de sí.

Cayó en la primera depresión pronto, antes de saber que se necesita más tiempo y más respuestas. Estudió Derecho porque tenía la misión de reformar las prisiones de Brasil. Mientras tanto, rompía con el lenguaje como hace el dolor con el corazón de los seres humanos o el mar con sus orillas, a golpes contundentes y repetidos; misma cadencia, misma velocidad, misma fuerza.

Entró en contacto con la prensa brasileña, empezó a publicar sus primeros cuentos. Conoció al poeta Lúcio Cardoso, quien se convertiría en un amigo fiel y ejercería de mentor en sus primeras incursiones literarias.

La lámpara, su segunda novela, no gustó a casi nadie. La tercera, La ciudad sitiada, fue un fracaso. No obstante, leídas después, se capta la indagación interior, la frecuencia cardíaca de Clarice Lispector en búsqueda. Los cambios de destino de su marido impedían el arraigo y acrecentaban la angustia de perder una voz que creyó propia. ¿Pero dónde está lo propio? En Brasil tenía, sin embargo, círculos leales dispuestos a reivindicarla. 

Ella se había olvidado de dar la orden pertinente para servir la cena. Los invitados respiraron con alivio cuando todo llegó a su fin.

Washington. Cena en los aposentos del cuerpo diplomático. Pedro, el hijo mayor de Clarice Lispector corría por la estancia en una suerte de movimiento interior incomprensible para el resto. Era algo espasmódico, compulsivo, acompañado de frases inconexas, pronunciadas una y otra vez. Los asistentes se miraban entre ellos y, seguidamente, posaban los ojos, un tanto avergonzados en Clarice. Ella continuaba la conversación, al parecer ajena a todo lo que ocurría a su espalda. Los demás hicieron lo mismo y la noche transcurrió sin más incidentes a excepción de un descuido. Ella se había olvidado de dar la orden pertinente para servir la cena. Los invitados respiraron con alivio cuando todo llegó a su fin. A su hijo Pedro le diagnosticaron esquizofrenia y los periodos oscuros, las fases depresivas, la necesidad de pastillas para dormir, se hicieron más y más frecuentes en la vida de Clarice.

 Tuvieron otro hijo, Paulo. Sin embargo, cada vez resultaba más complicado justificar una vida alejada de Brasil y de la escritura. Escribió, en ese tiempo de extranjería, libros para niños que publicaría más tarde y cuentos que, en aquel momento no encontraron la recepción deseada. Para no perderse definitivamente –el fin de la palabra- escribía en revistas brasileñas columnas femeninas. Otro libro fracaso La manzana en la oscuridad y uno de cuentos que, junto con la novela posterior, La pasión según G.H., son considerados, hoy en día, lo mejor de la literatura brasileña del siglo XX. 

Entre una y otra escritura, Clarice Lispector volvió a Brasil, separada de su marido y para siempre. Era el año 1959. Una vez allí, su nombre volvió a renacer, se reeditaron sus anteriores novelas, todo el mundo la leía. Pero ella empezaba a vivir ya en otro lado. Cada vez más dependiente, más demandante, más crispada. Una noche se durmió con el cigarrillo encendido y despertó en llamas. Sobrevivió, pero las cicatrices por todo el cuerpo y la mano derecha convertida en una simbólica garra inútil, no hicieron más que acentuar la depresión. A medida que perdía cosas, la belleza, la capacidad de relacionarse, la posibilidad de otro amor, la escritura se volvía muy urgente. Escribió libros cada vez más crípticos, más espirituales, más suyos. Quería respuestas. "...Estoy buscando, estoy buscando. Intento comprender". Sus libros son autobiografías veladas de esa búsqueda.

En 1977 concedió una entrevista que sería la última. "Tengo etapas de producir intensamente y tengo etapas-hiatos en los que la vida se me vuelve intolerable". Murió a los pocos meses, con 56 años. Y la búsqueda ha de seguir en nosotros. Misma cadencia, misma velocidad, misma fuerza.

El rastro esquivo de Clarice Lispector