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Cobra Kai o barbarie

"A VUESTRA edad es igual de importante leer El Quijote que ver Karate Kid", nos dijo en cierta ocasión un viejo profesor de la EGB. Luego resultó que no. Llegó el día del examen y ni se molestó en disimular sus preferencias: cero preguntas sobre Daniel Larusso, el señor Miyagi, el correcto tratamiento de las maderas y otras superficies porosas, el bullyng escolar, la orografía californiana o la sonrisa cautivadora de Elisabeth Shue. Ni que decir tiene que suspendimos casi todos. Y eso que, por aquel entonces, TVE emitía una serie de dibujos animados sobre el famoso hidalgo que facilitaba el acercamiento de los más jóvenes a la obra cumbre de Don Miguel de Cervantes. Pero pelillos a la mar: Don Pintos, que así se llamaba aquel magnífico maestrillo, tenía toda la razón. O casi toda, vamos.

cabekaiFue una gran añada la de 1984, todo hay que decirlo: Los Goonies, Superdetective en Hollywood, Los Gremlins,Terminator, Los Cazafantasmas, Indiana Jones y el Templo Maldito, Top Secret, Pesadilla en Elm Street, Loca Academia de Policía, Footloose... No eran grandes obras de autor pero sí el tipo de cine que necesitábamos ver en aquel momento concreto de nuestras vidas. A su manera, todas nos marcaron de un modo u otro pero ninguna enseñaba y entretenía con la eficacia de Karate Kid: todo un compendio de ética, educación física, geografía, historia, bricolaje, cursillo de primeros auxilios y diversión a raudales en apenas dos horas y siete minutos. Si los niños españoles de mi generación hubiésemos dedicado a la informática la mitad de tiempo que dedicamos a aprender el movimiento de la grulla, Sillicon Valley estaría hoy situado en Arteixo, justo al lado de Inditex.

Sin embargo, la película adolecía de una continuación que pusiera de manifiesto alguno de sus defectos filosóficos y para eso ha llegado Cobra Kai a nuestras pantallas, la serie de Netflix que sitúa a varios de los personajes principales de la trama ante un nuevo paradigma temporal. No es el tipo de producción que aspire a coleccionar grandes premios, ni siquiera las mejores críticas en sesudos medios especializados, pero tiene todo cuanto un nostálgico de los años ochenta pueda desear: ritmo, humor, romances adolescentes, niños gilipollas, MILFS, DILFS, patadas voladoras, viejas glorias del cine de acción como Martin Kove y unas cuantas lecciones de vida que sirven para reafirmar algunas de nuestras convicciones actuales. Porque si al final de Karate Kid todos nos identificábamos con Daniel Larusso —aquel joven inadaptado que aprende karate con un señor japonés de cierta edad, vence a los abusones y se lleva a la chica— a los diez minutos de Cobra Kai ya hemos mudado nuestras preferencias históricas y todos somos Johnny Lawrence: el villano rubito, agresivo, mazado y fascistoide de la cinta original.

La vida es una máquina apisonadora que te pasa por encima de una manera u otra. También a los dictadores de pasillo, a los matones de discoteca, a los guapos de instituto y a las estrellas precoces del deporte. A mí, incluso... No hay dónde esconderse de ella, y por eso empatiza uno con Johnny Lawrence desde el arranque de la serie: malvive en una especie de urbanización barata e insalubre, se gana la vida haciendo chapuzas para clientes exigentes y desagradables, conduce un viejo deportivo rojo que se cae a pedazos como metáfora perfecta de su propia vida. Esa escena en la que rellena una lata de cerveza con whisky barato... Hay ahí más verdad sobre los rigores de la existencia que en las últimas trescientas páginas de Moby Dick. Es un Lawrence avejentado, sobrepasado, al borde del abismo... Embotado por los excesos y perseguido por los fantasmas de una derrota humillante: la que le infligió el propio Larusso —hoy un próspero e idiotizado empresario de la automoción— en la final de un campeonato juvenil de kárate, treinta y seis años atrás. Como a tantos de nosotros, la vida le hurtó a Lawrence aquellas promesas de triunfo con las que regó una buena parte de su opulenta adolescencia. "¿A dónde se fueron aquellos tiempos, Johnny?", le pregunta uno de sus viejos compañeros de dojo, apenas un día antes de morir. Y Johnny, claro, no sabe ni qué contestar.

Pero por encima de todo, Cobra Kai es un reflejo virtuoso y divertido de las diferentes velocidades a las que puede discurrir el tiempo, de cómo los usos y costumbres se modifican mucho antes de que nos hayamos dado cuenta de su obsolescencia. Lawrence, dispuesto a reabrir el viejo dojo y enseñar kárate a una nueva generación de marginados juveniles —gran cambio, pues Cobra Kai era el reino de los fuertes, de los abusones, de los sexualmente realizados— se encuentra, de repente, con cuestiones tan inescrutables para él como el señalamiento del machismo, la implantación de las nuevas tecnologías, el buenismo social o la muerte del rock n’roll. Pegar primero, pegar fuerte, sin piedad... No es necesario irse a El Manantial para entender las claves del liberalismo feroz y descarnado. Porque de eso va también Cobra Kai: de la barbarie en la que vivimos instalados por despreciar la importancia de llevarse una buena hostia a tiempo.

Cobra Kai o barbarie