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El testigo

A MI AMIGO Manuel le robaron su barquito de vela la semana pasada. En cualquier otro momento —digamos que ayer, por ejemplo— intentaría ser más preciso con la descripción y el tipo de embarcación sustraída pero hoy me conformo con llamarlo "barquito de vela" y fiarlo todo al factor emocional. Sé que no es una goleta ni un bergantín, eso seguro. De hecho, por tamaño podría confundirse con una bañera y por diseño con un gorro de papel. Digamos, simplemente, que se ajusta a los estándares de lo que cualquier persona de bien entiende por un velero. Pero flotaba, eso sí. Y estaba bien conservado para las cuatro perras que pagó por él, de ahí que el disgusto de mi colega resultara inversamente proporcional al valor económico del trasto.

"¿Te robaron el barco, Manuel?", le preguntó uno de nuestros amigos comunes bien pasadas un par de horas desde el incidente. La casualidad —y su fascinación por el nuevo chiringuito del puerto— lo habían convertido en testigo directo del robo mientras, siempre según su versión, pescaba calamares. Y a mí, claro, me fascinó esa actitud filosófica suya de no dar nada por sentado. En la vida pasa mucho esto: la gente ve cosas pero sabe interpretarlas hasta que regresa a casa, se pega una ducha y enciende un cigarrillo mientras busca algo ligero e insustancial que ver en la tele. Entonces, como por arte de magia, algo se activa en su cabeza y los mecanismos de la consciencia empiezan a funcionar: un desconocido se subió al barco de un amigo, lo desamarró, desplegó el velamen y se marchó con él aprovechando una rachita de viento. "¿Acaso habré sido testigo de un robo?", se escama el testigo desde la comodidad de su sofá. Y entonces sí coge el teléfono móvil, escribe un mensaje al amigo despojado y le pregunta con tono casual si le han robado el barquito. "¡Pues estaba yo allí!", anuncia emocionado ante la afirmación de lo sucedido, como si los signos de exclamación pudieran salvarlo de parecer un pazguato.

Que hubiese estado allí, como ya se podrán imaginar, tampoco aportará grandes matices al relato. "¿Pero viste al fulano que se lo llevó?", preguntaba Manuel desde la comisaría, dispuesto a interponer la correspondiente denuncia. Y el otro que empieza a divagar, incapaz de ser demasiado concreto pero visiblemente preocupado porque alguien pueda llegar a pensar que no, que él no estaba allí. "No sé. Era un tipo normal, a mí no me tenía pinta de ladrón", concede tras varios minutos de esa tortura moderna que son las conversaciones de WhatsApp, siempre con el dichoso "fulanito está escribiendo" creando falsas expectativas a quién espera respuesta. "Tenía una camiseta blanca, creo". Ese será el dato más preciso de cuantos llegue a ofrecer, lo que a buen seguro no aportará grandes luces a la investigación. Casi de inmediato, vuelve a la carga con varios emoticonos sonrientes y una última declaración formal: "si llego a saber que te lo estaba robando, le hubiese dicho algo". Al menos sabemos que tenía buena intención y la conciencia limpia: fenomenal.

Otra cosa que también sucede a menudo en la vida real es que los hechos, por absurdos que puedan parecer, siempre son susceptibles de superarse a sí mismos. Ayer mismo, después de comer, el testigo accidental del hurto volvió a escribir un mensaje prometedor al citado grupo de WhatsApp: "¿Te devolvieron el barco, Manuel?", preguntó con gran profusión de errores ortográficos que no pienso reproducir por amistad y demás motivos obvios. Se mascaba la tragedia, por no decir otra cosa. Al poco rato contestó el interpelado con un "sí" tan escueto que cualquiera podría intuir la mosca tras su oreja y sus ansias de matarla. "Pues no te lo vas a creer pero…", continuó el otro. Efectivamente, nuestro amigo también había asistido a la devolución en caliente del dichoso barquito desde su atalaya de pescador ocasional pero, nuevamente, se mostraba incapaz de ofrecer cualquier detalle determinante. "Me pareció un tipo moreno, desconocido", fue lo más parecido a una identificación que nos ofreció en los más de treinta mensajes enviados a lo largo de la tarde para relatar su experiencia.

Afortunadamente, el barquito de vela está otra vez amarrado en el puerto, como si nada hubiera pasado. Supongo que nunca conoceremos los motivos exactos del robo y, lo que todavía resulta más intrigante, de la devolución. Algunos dicen que el ladrón, como nuestro amigo el testigo, reaccionó tarde a lo que acababa de hacer: robó el barco, lo escondió en algún lugar indeterminado, se fue a casa y una mañana, recién duchado, cayó en la cuenta de que todos los puertos están vigilados con un sistema más o menos moderno de videocámaras. El colmo de la fantasía sería que ladrón y testigo se conociesen, coincidiesen dentro de unos días en el chiringuito del puerto, y el primero le preguntase al segundo: "¿Oye, tú crees que alguien me vio robar el barco?". Asusta, incluso, imaginar la respuesta.

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