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Furor en el supermercado

Fuera, en la cola que se ha formado para entrar en el supermercado, espera un señor mayor con un bastón ortopédico, la barba a medio afeitar y un perrito de esos que siempre parecen enfadados, incapaces de ocultar toda la dentadura dentro de los beltos. Desde la puerta lo observa un senegalés que pide limosna en la misma esquina desde hace meses, ahora con guantes y mascarilla, pero igual de sonriente que siempre. Un empleado de seguridad charla con él animadamente mientras va poniendo imponiendo su ley sobre la fila: "mantengan la distancia, dejen pasillo, siguiente, ¿a dónde va usted, señora?". A su manera, todos me recuerdan a los personajes de Voces de Chernóbil, gente corriente que no termina de asimilar lo que está viviendo, incapaces de comprender cómo la belleza que hoy irradia su ciudad – a esta hora soleada, amable, casi desierta- puede ocultar tan terrible amenaza. Ojalá ser Svetlana Alexiévich para retratar como se merece el miedo a un enemigo invisible.

cabeleiraMe estoy desinfectando las manos, ya dentro, cuando caigo en la cuenta de que no he cedido mi turno al señor mayor, el del perro. Tanto felicitarme por las muestras de solidaridad espontánea de estos días y a la primera oportunidad me sigo comportando como el capullo de siempre. A mi lado, una empleada desinfecta los carros y cestas de la compra con ayuda de una gamuza y un líquido azul que espolvorea con garbo de faraona flamenca. "¡Loli!", la apremia una de las cajeras. "Voy, voy... Menuda cagaprisas, chica", responde Loli sin levantar la voz. Me hace su cómplice con un pequeño guiño y yo me pongo de su lado sin saber de qué va la guerra. "Coge uno de esos", me dice señalando una torre de cestos al otro lado de la línea de cajas antes de irse.

El orden casi militar que se observaba fuera del establecimiento se convierte en caos al llegar a la zona de frutería. Un enjambre de clientes va y viene con bolsas en la mano. Algunos chocan entre sí, se embisten los unos a los otros como en los primeros días de rebajas. Incapaces de mantener la calma, un joven con gafas de pasta y una muchacha con mallas, se enzarzan en una discusión sobre quién estaba primero para utilizar la báscula. "Tarde o temprano, los veganos siempre terminan complicándonos la vida", me dice un amigo al que no puedo evitar llamar para contarle la refriega, refugiado en el pasillo de las conservas. "Los precios de la fruta tampoco ayudan: llevo sin comer kiwis dos meses", le contesto. Entonces veo pasar al viejito con su bastón, camino de la pescadería, y se me quita un poco el mal sabor de boca inicial.

Es importante hacer una lista antes de salir de casa pero siempre se me olvida. Quizás debería empezar por hacer una lista en la que el primer apunte sea precisamente ese: "hacer una lista". Necesito huevos, fiambre, arroz, pasta, carne picada, salchichas, mostaza y un cardiólogo. Las cebollas, tomates y plátanos los doy ya por perdidos. También un poco de papel higiénico y lavavajillas, a ser posible de marca blanca. En la sección de droguería, precisamente, me encuentro a uno de los personajes más arquetípicos de los supermercados: el encargadillo insufrible, ese que se pasea de aquí para allá con la cabeza muy alta, como si mirar a los ojos le estuviera prohibido por contrato, hostigando a sus compañeros con aires de marqués. "Una hora llevas reponiendo dos putas cajas de leche, maja", le dice a Loli, la de la gamuza, que hace un ejercicio de contención impecable para no tirarle un cartón a la cara. Yo le devuelvo el guiño anterior para que no olvide que estoy de su parte en todas las guerras y acto seguido me dirijo a la caja, temblando ante la incertidumbre de si mi tarjeta de crédito cumplirá lo que promete.

"Estoy limpio, amigo. Una ayudita", me dice el senegalés cuando me lo cruzo de salida, junto a la puerta. Al principio pienso si lo dirá por algo relacionado con las drogas. Los yonkis suelen pedir dinero anunciando que se lo gastarán en comida, ocultando lo evidente, así que no sería descabellado pensar que, al menos uno de cada cien, estará dispuesto a ir con la verdad por delante. Le pregunto si prefiere dinero o comida. "Todo está bien", sonríe, así que le suelto un par de euros y un paquete de arroz basmati. Me ofrece el pie para despedirse, como Merkel a aquel otro señor del que no recuerdo el nombre, y tras la patadita de rigor enfilo el camino a casa pensando en su "estoy limpio, amigo". Por un momento se me había olvidado el peligro que nos acecha, ese virus silencioso al que tanto tememos porque no tiene cara, y no puedo menos que estremecerme al descubrir el miedo que pueden encerrar algunas formas de belleza.

Furor en el supermercado
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