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Isabel

Isabel.MXHace unos días leí por ahí que Isabel Pantoja se había emocionado al recordar su truncada historia de amor con el torero Francisco Rivera, Paquirri. Al parecer, la nostalgia hizo presa de la tonadillera en pleno concurso de televisión, con las cámaras preparadas y el público predispuesto para la ovación, un escenario que no le resulta extraño a una mujer que ha llorado sus penas subida a los escenarios de medio mundo. Y es que, algunos no lo recordarán, pero hubo un tiempo en el que los telediarios se hacían eco del drama isabelino por antonomasia con imágenes de la artista en alguno de sus conciertos, casi siempre arrodillada frente a un niño pequeño al que todo aprendimos a querer bajo el diminutivo de Paquirrín

Era aquella una España interesante, divertida, quinceañera… No como la de ahora, que tiene el mismo encanto que los suéteres de Alcampo o el yogurt de macedonia. El mundo en general lo era. A Carolina de Mónaco se le murió un marido en accidente de competición deportiva, piloto de lanchas rápidas en su tiempo libre, que es como intuye uno que deben morir los galanes de la alta sociedad. Aquello puso de luto a media Europa y de moda a la otra media, que no tardó en copiar los outfits de la princesa en el velatorio y posterior entierro. Recuerdo que un día llegué a casa y vi a mi madre probándose una pañoleta negra de encaje, como si estuviera deseándole la muerte a mi padre, y estuve varios días sin hablarle. Luego llegó lo de Lady Diana, a la que todo el mundo llamaba Lady Di con una familiaridad pasmosa: parecía la madrina del mundo entero, una que nunca se olvidaba de traernos la rosca en Pascua. Yo la amaba profundamente, como todos los niños gallegos, y su tormentosa relación con el Príncipe de Gales no hizo más que reafirmar nuestro sempiterno odio al inglés. Las niñas, en cambio, se decantaban por John John, el más guapo de los Kennedy, que también murió al poco tiempo en un extraño accidente de avioneta. 

Jugaban a su favor la fama mundial, el escrutinio constante de los más afamados paparazzi y el mercado americano, acostumbrado a las emociones fuertes y los corazones en vilo desde aquel paseo en coche por Dallas de los padres de John John, que acabó como acabó. Y, sin embargo, ninguno de estos dramas centelleantes alcanzaría la intensidad y profundidad que el protagonizado por nuestra heroína de pelo azabache, garganta de fuego y ojos de manantial. Isabel Pantoja hizo con el luto lo que nadie había hecho jamás en España: ponerlo a secar a la vista de todos, una revolución feminista como pocas se han visto por estas latitudes, solo a la altura de las protagonizadas por Clara Campoamor o La Faraona, si se me permite meterme dónde nadie me llama. Marinero de luces se convirtió en el himno oficioso de un país que no olvidaba pero tampoco se arrugaba, uno que miraba al frente mientras subía al huerfanito a los escenarios dejando los ecos del qué dirán a sus espaldas. No tenía nada que esconder Isabel porque, al fin y al cabo, esconderse y claudicar también eran formas de morirse. Lástima que luego le pasase lo mismo que a su querida España: los años dorados del cemento, los carabineros, Marbella y las sonrisas impostadas se la terminaron llevando por delante. 

¡Ah, la cárcel! Lo que destruiría a cualquiera nos devolvió a una Isabel más fuerte, madre apocalíptica, abuela temeraria, concursante de telerrealidades aventureras y, cosas de la vida, ahora también jurado. Se emocionó la Pantoja recordando a Paquirri como pudo romper en carcajadas al reconocer la ironía de su nueva posición pero oye, le salió el tiro por ahí. El cambio como forma de vida, el salto al vacío desde las tablas, desplegando esas alitas a La Cantora para elevarse sobre sus enemigos y recordarles que no todos somos iguales. Tampoco ante la muerte. ¿Qué final le tendrá reservado el destino a una vida como la suya, tan plena de experiencias traumáticas, enorme tobogán de sentimientos encontrados, al alcance solo de una emperatriz? "El hombre debe temer a la muerte, el desgraciado la llama, el valentón la provoca y el sensato la espera", dijo alguien una vez, creo que Benjamin Franklin. En el caso concreto de Isabel Pantoja, no sería descabellado pensar que la parca se la llevará cuando se canse del espectáculo, cuando aborrezca oírla cantar o cuando Telecinco deje de ser Telecinco y el fin de la especie se encuentre cerca. ¿Se han parado a pensar alguna vez que podríamos encontrarnos ante el primer caso documentado de ser inmortal, y que lo único que nos preocupa es saber a quién salvará hoy o a quién nominará mañana en un concurso de dudosos talentos? Mal que bien, supongo que le hace recuperar a uno la fe en este país paranoico y desangelado todavía llamado España.

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