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Televisión: toma 2

Rafa Cabeleira - Televisión toma 2 - InteriorEL NEGOCIO iba viento en popa, supongo. Teníamos un call-center en una pequeña oficina del centro de Pontevedra, cuatro telefonistas trabajando en turnos de seis horas, la promesa de instalar una máquina de aire acondicionado antes del verano, y una propuesta de cierto canal de televisión por cable para trasladar a la pequeña pantalla aquel incipiente concurso de dudosa naturaleza. Todavía recuerdo el día que nos reunimos, el Jefe y yo, en la cafetería del hotel Rías Bajas para perfilar los pormenores del mismo: los dos sentados frente a una servilleta en blanco, él sin quitarse las gafas de sol y yo deseando comprarme unas, obsesionado con imitarlo hasta en el más mínimo detalle. "¿Qué te parecen tres premios semanales de 10.000 pesetas?", le sugerí con cierta cautela. Él lanzó la mano a volar, como si pretendiese disipar el eco de mis palabras extendiendo sus alas, y entonces dijo una de aquellas frases tan suyas, redondas y definitivas: "¿Sabes cómo ilusioné yo a esta puta ciudad cuando me nombraron presidente del equipo de fútbol sala? Fichando a dos brasileños". Fue entonces cuando agarró la servilleta de papel, se sacó una estilográfica del bolsillo y escribió una cifra con seis ceros y un uno: el famoso millón de pesetas.

Salvo los primeros días, en los que llegamos a contratar un faldón en las páginas centrales del periódico para promocionar el concurso, nunca más se supo de aquel millón. Ruletín, nuestra mascota, fue perdiendo espacio y visibilidad gradualmente hasta verse rodeado de coches de segunda mano, camareros, cursos de soldador, príncipes nigerianos y un montón de prostitutas. Que los premios anunciados fuesen decayendo en cuantía hasta quedar en un triste cupón de 25.000 pesetas, válido para gastar en una conocida tienda de electrodomésticos de la ciudad, me pareció un reajuste lógico en las infladas pretensiones iniciales de la empresa. De todas formas, la prensa en papel se nos había quedado pequeña, las cadenas de radio presentes en la ciudad no querían saber nada de nosotros y el inminente salto a la televisión centelleaba en el horizonte como un anzuelo fosforescente.

A la reunión definitiva con el dueño del canal nos presentamos el Jefe y yo con el guión perfectamente estudiado: él hablaría todo lo que hubiese que hablar y yo asentiría en silencio con una enorme sonrisa dibujada en la cara, sonrisa que a punto estuvo de borrarse para siempre en cuanto llegamos a las instalaciones. Por alguna razón que no viene al caso, los estudios de un canal de televisión se me antojaban entonces como algo imponente, una estructura arquitectónica llamativa y grandiosa, un despliegue ostentoso de colores y materiales, pero lo que allí me encontré fue un edificio de aspecto ruinoso incrustado en un callejón oscuro del viejo Marín. "No tiene muy buena pinta", le comenté al Jefe en total confianza. Su respuesta no pudo resultar más fulminante: "Si piensas abrir la boca es mejor que te quedes en el coche". No volví a decir palabra hasta que salimos del edificio cuando, por no llevarle la contraria, insinué que "la cosa" había ido realmente bien.

En realidad, y siendo muy generosos, había ido regular. Para comenzar, nos recibió una secretaria que se empeñaba en llamar al Jefe por un nombre que no era el suyo. Desde la sala de espera, un cuchitril oscuro y teñido de humedades, podías verla ir y venir de algún sitio indeterminado con una taza en la mano, quién sabe si llena o vacía, quién sabe si viva o muerta. Después de infinitos y espaciados "el señor Carballa está el teléfono con el Director General de Antena 3, ahora mismito les atiende", por fin nos hizo pasar a un despacho bastante coqueto en el que destacaban un enorme crucifijo colgado de la pared, una camiseta firmada por algún futbolista del Atlético de Madrid, un Grammy de imitación y la fotografía de un señor bajito y calvo junto al rey Juan Carlos. Entonces, como un gong imperial, sonó con estrépito la cadena de un váter, se abrió una puerta lateral y apareció el tal señor Carballa, el hombre calvo y bajito de la fotografía, enfundado en una americana roja de invierno y con cara de pocos amigos. "Bienvenidos, están ustedes en su casa", nos saludó sin ningún atisbo de emoción en sus palabras.

Lo que vino después fue una demostración de analfabetismo y arrogancia como no había visto jamás. Aquello no amilanó al Jefe, que de cuchillos de palo en casa del herrero sabía también lo suyo. Después de mucho capear, terminó arrancando un acuerdo de mínimos por el cual se nos cedía un espacio diario de una hora, en horario de tarde, para poner en marcha un concurso de televisión que –entonces no lo sabíamos– haría historia en la comarca, aunque por motivos muy distintos a los legalmente aconsejables. "Es un horario cojonudo, en la misma franja que Ana Rosa", se vanagloriaba el Jefe mientras bajábamos las escaleras, visiblemente animado y con la chaqueta arrugada de tanto revolverse. Salimos a la calle, nos subimos al coche y eché un último vistazo a aquel inmueble desangelado en el que a punto estábamos de poner todas nuestras esperanzas. El baile había comenzado y, por primera vez desde que conocí al Jefe, empecé a sospechar que en aquella aventura podía perder hasta los zapatos. "Y en directo, macho... ¡Menudo subidón!".

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