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Nuestros asesinos en serie

Condenado a muerte y ahorcado en 1841, un forense pidió que le enviasen la cabeza para estudiarla

MaruxaGaliza es buena en casi todo, pero hay cosas en las que nunca hemos destacado, como la producción de asesinos en serie. Que yo sepa tenemos tres, eso sí, de primerísima calidad, algo de lo que no debemos enorgullecernos.

El primero del que se tiene noticia es el famoso Romasanta, el hombre lobo de Allariz, que inspiró obras como En el bosque del lobo, película protagonizada por José Luis López Vázquez, o la novela de Alfredo Conde, Romasanta. Memorias incertas do home lobo. Vendedor ambulante, fue autor de trece asesinatos, principalmente de mujeres y niños a los que engañaba bajo la excusa de acompañarlos en largos viajes que nunca tenían otro destino que la muerte. Mantuvo durante años su macabra costumbre gracias a que escribía falsas cartas de sus víctimas a los familiares en las que contaba que todo iba divinamente. Todo eso sucedió a mediados del siglo XIX. Finalmente fue apresado y en su confesión declaró que en ocasiones se convertía en hombre lobo, y que era eso lo que lo llevaba a matar. Fue condenado a muerte, sentencia que nunca se cumplió y al parecer murió en una prisión de Ceuta.

El segundo serial killer gallego fue Diogo Alves, que perpetró sus crímenes en Portugal más o menos en las mismas fechas en las que Romasanta mataba en Galicia. Natural de Samos, fue enviado a Lisboa para ganarse la vida, cosa que hizo de una manera poco ejemplar. Quienes lo conocieron decían que el tío era medio tonto, al parecer a causa de un golpe que había llevado en la cabeza cuando niño. Su modus operandi era tan sencillo como eficaz. Esperaba a sus víctimas escondido entre las sombras del acueducto de Augas libres, en Lisboa, que entonces era utilizado también como puente. Los asaltaba a punta de navaja, les robaba lo que llevaran encima, los aturdía o los mataba con una cachiporra y los arrojaba del acueducto abajo, desde una altura de 65 metros.

Sus crímenes pasaban por suicidios y se le contabilizan unas 70 víctimas. Un buen día la supuesta oleada de suicidios se interrumpió abruptamente cuando trató de asaltar a un hombre armado con una pistola. Alves huyó a todo correr, pero el hombre alertó a la policía, que prendió al asesino. Condenado a muerte y ahorcado en 1841, un médico forense pidió que le enviasen la cabeza para estudiarla, así que se la cortaron. El trofeo se exhibe hoy orgullosamente en la Facultad de Medicina de Lisboa, dentro de un bote con formol. Tiene los ojos abiertos y una mirada más bien dulce que para nada se corresponde con la trayectoria de Diogo Alves.

El tercero y último de nuestros asesinos no nació en Galicia, pero sí sus abuelos, emigrados a los Estados Unidos. Se trata del tristemente famoso Gerald Armnd Gallego, por si estaba usted dudando de su origen. A finales de los años setenta del siglo pasado fue autor de diez asesinatos de mujeres jóvenes, en complicidad con su esposa Charlene. Ella las atraía a una furgoneta, donde esperaba Gerald para abusar sexualmente de ellas antes de matarlas, cosa que hacía de maneras diversas: a tiros, estrangulándolas o machacándoles el cráneo con cualquier objeto contundente.

Gerald Gallego era hijo de otro Gerald Gallego y la maldad la llevaba en los genes. Su padre fue el primer ajusticiado en la cámara de gas en el estado de Mississippi. Era un hombre el padre de una hermosura cinematográfica que mató a dos policías tras fugarse de una prisión, donde cumplía condena por diversos delitos. Hay unas fotos famosas del hombre tras su apresamiento rodeado de una multitud de policías y en ellas se aprecia su inusual belleza.

Al hijo, el asesino en serie, lo condenaron también a muerte, lo que los convierte, hasta hoy en la única pareja de padre e hijo condenados a muerte en Estados Unidos. Pues así como la condena del padre se cumplió no así la del hijo, que murió de cáncer en el corredor de la muerte. En la condena del hijo tuvo un papel fundamental la confesión de su esposa Charlene, que llegó a un acuerdo con la fiscalía para rebajar su pena. Ella cumplió 19 años y salió en libertad, por lo que es muy posible que siga viva.

Arnold Gallego Jr. se casó siete veces, dos de ellas con la misma mujer. Su matrimonio con Charlene, con la que tuvo un hijo, fue declarado nulo porque en el momento de casarse todavía no se había divorciado de una de sus anteriores esposas. Esperemos que el churumbel no haya seguido los pasos de su padre y de su abuelo, que bastante enfangado dejaron el gentilicio de nuestra patria.

Esos tres son, muy a nuestro pesar, los asesinos seriales que hemos engendrado y es deseable que no hagamos ni uno más, que bastante desgracia tenemos con ellos. El único consuelo que nos puede quedar es que sólo hayan sido tres, aunque entre ellos hayan matado a cerca de cien personas. Malditos sean.

Nuestros asesinos en serie