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No nos representan

El plante de los nacionalistas al Rey en la apertura de la XIV Legislatura forma parte de su libertad de expresar sus discrepancias con la Corona y reafirmar sus posiciones republicanas. 

Pero no nos representan, porque el contenido del manifiesto ‘No tenemos Rey. Democracia, libertad, repúblicas’ es una falsedad. No es verdad que la sociedad catalana, vasca y gallega rechacen «mayoritariamente» la monarquía parlamentaria, que sí fue votada «mayoritariamente» en estas comunidades. 

En el caso de Galicia, el diputado del BNG puede pensar y decir lo que quiera de la institución monárquica, faltaría más, pero no puede  hablar en nombre de toda la sociedad gallega. No sé si en Galicia hay más monárquicos que republicanos, pero sí es evidente que la monarquía cuenta con mucha más aceptación entre los gallegos que su partido, que tiene un solo representante en el Congreso de los 23 que corresponden a nuestra comunidad. 

¿De dónde sacan los nacionalistas que el Rey niega «los derechos civiles, políticos y nacionales que asisten a nuestras ciudades y pueblos»? El jefe del Estado simboliza y encarna la España que ellos odian, ejerce de manera impecable el papel que le asigna la Constitución y es la garantía de la unidad de España que «no puede ser de unos contra otros, debe ser de todos y para todos…, la Constitución es el lugar de encuentro de los diferentes modos de sentir España…». 

¿De dónde sacan los nacionalistas que el Rey niega «los derechos civiles, políticos y nacionales que asisten a nuestras ciudades y pueblos»?

Estas palabras reconfortan en un país dividido y no gustan al nacionalismo excluyente y supremacista que envenenó Europa el siglo pasado y, en palabras de Stefan Zweig, es «la peor de las pestes que deteriora la flor de nuestra cultura europea». En los albores de este siglo XXI, viven instalados en la identidad particularista, protegidos por un vallado mental que los aísla del mundo global, y no cejan de sembrar el odio a España y a los valores comunes de esta vieja nación, con el punto de mira en la monarquía. 

Son las viejas formas del necio-nalismo, el regreso a la tribu, a sus aldeas cerradas, ajenos a la realidad de lo que pasa en el mundo. Claro que ellos viven de eso, del particularismo, del odio a España y del rechazo a las instituciones. ¡Y viven muy bien!

Por cierto, lo que los nacionalistas llaman «institución anacrónica» es el modelo de Estado de Noruega, Dinamarca, Suecia o Inglaterra, naciones democráticamente prestigiosas y envidiables por su nivel de bienestar. ¿Sería mejor nuestra democracia si la monarquía parlamentaria de España fuera sustituida por una Tercera República? El fracaso de la primera y segunda no invita a repetir la experiencia.

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