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Caligrafía para escribir historia

Sánchez e Iglesias se abrazan tras firmar el programa de su futuro gobierno de coalición. JUANJO MARTÍN
Sánchez e Iglesias se abrazan tras firmar el programa de su futuro gobierno de coalición. JUANJO MARTÍN

TAN desacertado parece el pesimismo excesivo que domina en una amplia mayoría de ciudadanos —no hacen falta estudios demoscópicos— como el triunfalismo propagandístico de los señores Sánchez e Iglesias cuando anuncian que harán historia. La experiencia muestra que hay que sospechar de todo político que anuncia momentos y actos históricos en su gestión. Generalmente detrás está la nada absoluta o, peor aún, la catástrofe. Cuando el modelo de la coalición española anuncia lecciones para el mundo, hay que ser escépticos y estar atentos. Tan importante pudiera ser para la socialdemocracia y la izquierda democrática el rumbo que adopte el laborismo tras el fracaso electoral de la vía hacia el extremismo que en Reino Unido emprendió Corbyn como lo que pueda suceder en España con esta atípica coalición que solo Sánchez ve como práctica normal en las democracias liberales europeas. ¿Dónde? Esta no es, ni de lejos, la fórmula portuguesa.

Cuando hablan de hacer historia queremos entender que se refieren a acciones positivas. Es evidente que son necesarios cambios, corregir y dar repuesta a injusticias que deja la profunda crisis de casi una década. Las trompetas del Apocalipsis que anuncian a todo volumen y a toda plana la gran catástrofe no son respuesta alternativa ni solución. El entusiasmo de quien se ve haciendo historia pide altas dosis de realismo para que reformas y cambios no se conviertan en experimentos sin contrastar.

Son muchas las voces en el pronóstico pesimista para el año que arranca. Este malestar y la preocupación deben figurar en las cláusulas de la negociación de quienes acordaron la coalición. Deben tenerlo presente quienes inician la andadura de dirigir este país. Más que los programas que se apuntan —no están desarrollados ni explicados, ni se sabe cómo se financiarán— generan máxima alerta las personas que dirijan su aplicación. No le den vueltas los más entusiastas de la causa y de las siglas: Sánchez ha perdido toda credibilidad. La prioridad en su programa y acción de gobierno deberán ser ganarla y generar confianza ciudadana para que la coalición funcione, que los objetivos declarados sean aplicables. Habrá que estar atentos, antes que dedicarse a alimentar y practicar el pesimismo y el anuncio interesado de la catástrofe. Razones para el optimismo no hay cuando se anuncia más gasto y no parece que den las cuentas ni cuáles serán los apoyos parlamentarios para las reformas, cuando la justicia se mezcla con la política como en una república bananera, cuando la disposición a pactar y acordar solo mira en una dirección, cuando se impuso el silencio de quienes, desde el equilibrio y la experiencia, están en desacuerdo. El ruido excesivo puede ser mala compañía para detectar los peligros y los aciertos que, por el bien del país, ojalá se produzcan. El callar siempre es una responsabilidad.

Asistimos al final de una época. Incertidumbres y temores son propios de un tiempo y una sociedad en cambio. Hay nuevos problemas a los que la vieja política no ha dado respuesta. Estamos en una situación social y política que, como se ve en muchos países, pudiera estallar en cualquier momento en la calle o en el apoyo electoral al fanatismo de un líder incuestionable. Frente a los temores como gran discurso político, habrá que aceptar que nadie ha conquistado todavía el cielo y no se hace de forma gratuita ni sin condiciones. La chaqueta que vistió Pablo Iglesias en esa presentación del acuerdo PSOE-UP habrá que entenderla como una señal, como un mensaje.

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