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En el límite de la impotencia

LA TRAGEDIA a puerta cerrada está en dos manos flacas, profundos surcos de arrugas, venas como montañas que sobresalen en la sequedad que deja la vida, la cara tapada con unos dedos largos con las deformidades de los años, y la cabeza cubierta por un gorro de lana. Se ve una persona mayor. Es la foto de una impresionante portada del francés Liberation a principios de abril. La guardo. Ahí está lo que vivimos. Refleja la impotencia, el dolor, la soledad y la incapacidad para entender la actual tragedia, sobre todo la que hay a puerta cerrada en las residencias de mayores, que desconocíamos, la de quienes se van sin poder encontrar una expresión de calor familiar o amiga, aunque sea en la mirada, o la de quienes buscan y preguntan por el lugar dónde se encuentra el cadáver de una persona querida. Es el límite de la impotencia.

Preguntarse el porqué del sufrimiento por el temor y el dolor es un interrogante, formúlese como se quiera, que acompaña al hombre ante la experiencia del mal y el dolor. El siglo XX dejó amplio y profundo muestrario. Ese anciano que se tapa la cara con sus manos huesudas no entiende el porqué, como tantas personas que se quedan sin asideros familiares, de amor y amigos.

Preguntarnos y experimentar el vacío de la nada ahora no es una distracción de filósofos o aficionados o de un teólogo que presenta su respuesta, su propuesta diría mejor, como Andrés Torres Queiruga en un largo trabajo. Es la reflexión y el testimonio para la sociedad y cultura de hoy de un creyente frente a todas las tempestades. Solo el fanatismo explica que algunos lo ataquen y persigan despiadadamente desde dentro.

No hay respuesta desde ninguna creencia al porqué del sufrimiento del inocente

Del artículo de Andrés Torres Queiruga me gusta, y comparto como algo más que una anécdota, la referencia al papa Francisco como un párroco, alguien próximo que se explica sin solemnidades ni lejanías de infalibilidad.

Sus homilías de esta Semana Santa o su alocución pascual así lo reflejan. Habla para transmitir consuelo a todos y confianza inconmovible para las personas de fe. La imagen histórica, como la calificaron muchos medios, de la bendición urbi et orbi el viernes de dolores en la soledad de la plaza de San Pedro muestra su sensibilidad como integrante de la situación de dolor extraordinario que vive el mundo. Algo así pudieron ver los franceses en la basílica del Sacre Coeur, con el arzobispo de París y la alcaldesa de la capital, la socialista Anne Hidalgo, como presencia de la ciudadanía.

No hay respuesta desde ninguna creencia al porqué del sufrimiento del inocente. Una pandemia no es castigo ni prueba de ningún dios a la humanidad. Algunas intervenciones desde la religión construyen la roca del ateísmo. Lo solidifican. Fue así para Voltaire ante el terremoto de Lisboa. O alimentan, al transformarse en magia, el agnosticismo e indiferencia ante quienes ofrecen en lugar de consuelo, o por encima del mismo, una respuesta que le corresponde a la medicina y a la ciencia.

En el límite de la impotencia
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