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Astronautas de alta costura

A menudo sucede que pensamos en nuestros tiempos y la tecnología que conocemos como algo que definirá el futuro, en cómo según algunos eventos marcarán el porvenir. Intentamos adelantarnos a la incertidumbre mediante historias y teorías, estimaciones. Pero, ¿y si alguien hubiese previsto sin querer todo lo que luego ocurrió ante sus ojos?
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Pierre Cardin

ESTO, QUE suele denominarse vanguardia, puede ser realmente complicado para la persona que se adelanta a sus tiempos, algo en lo que era experto el recientemente fallecido Pierre Cardin (1922-2020). Difícil de clasificar por la versatilidad de su obra, el legado que el diseñador deja es fundamental para comprender tanto la Historia como la Cultura del siglo XX y parte del XXI.

Según afirman muchas voces, en las últimas décadas la influencia de Pierre Cardin se había visto mermada y casi depreciada, como si él y su marca se hubiesen convertido en una baratija a disposición de cualquiera. Pero su dominio y presencia mundial, en ámbitos ahora impensables para las casas de costura, solo dan cuenta de la mente que se ocultaba tras lo que al principio fue un atelier.

Aunque el público mayoritario cree que Cardin es francés de nacimiento, lo cierto es que esta es solamente su nacionalidad de adopción y su origen se ubica en Italia, en una zona rural. Su familia poseía tierras y una empresa de hielo, pero tras la crisis de la Primera Guerra Mundial y el ascenso del fascismo, se vieron obligados a abandonar su casa y emigrar a Francia, en concreto a Saint-Etienne, donde les llamaban sucio macaroni.

Posteriormente y durante la adolescencia, Pierre Cardin comenzó a inclinarse hacia la interpretación como su pasión. Quería ser actor. Pero ardía en él unas ascuas que había encendido con solo 8 años, cuando una amiga le prestó una muñeca y él tomó la iniciativa de coser una pieza a base de trapos viejos de su madre. Entonces la moda le atrajo, pero no sabía si eso sería un trabajo o algo digno.

Sin embargo, abraza el oficio de modisto y se granjea un éxito regional al acercarse a un estamento de la nobleza con relativo poder. Sus padres aceptaron con resignación que Cardin se convirtiese en costurero y recibiese educación de sastre en una firma de Vichy.

Su presencia en ambas casas de moda había alterado el ecosistema cultural de la época

Tras la Segunda Guerra Mundial, emigra a París por dificultades económicas y para cursar estudios universitarios en arquitectura, algo que sus padres deseaban, pero pronto abandona este camino y  Cardin comienza a trabajar en las maisons de Paquin y Elsa Schiaparelli gracias a la recomendación de la nobleza de su región.

Comenzar a vivir en la élite parisina de entonces, una burbuja de creatividad y vidas paralelas a la realidad del momento, fue la hoja de ruta adecuada para dar a conocer su nombre y sus ideas. Su presencia en ambas casas de moda había alterado el ecosistema cultural de la época y, en pocos meses, artistas como Christian Berard o Jean Cocteau, quien, impresionado por su trabajo, le encargó el vestuario para La bella y la bestia (1946).

Esta entrada en el mundo del cine, no como actor sino como diseñador de moda, supuso una gran satisfacción para Cardin por ser capaz de aunar varias de sus pasiones. Así conoció a Jeanne Moureau, su amante y musa de la Nouvelle Vague, a la que vistió dando forma y estilo de manera simultánea a la corriente de cine. A ella lo unió durante toda su vida una profunda amistad y un arrepentimiento: no tener un hijo con Moureau.

La gran exposición que el trabajo de Cardin logró gracias a su aparición en películas provocó contactos laborales con importantes nombres, como Vittorio de Sica, pero no todos los deseados, pues el taller de Balenciaga rechazó sus ofertas pese a la admiración que sentía hacia el español. Entonces decidió unir fuerzas como sastre con una nueva firma, casi desconocida pero hoy intachable, que nacía entonces en París: Dior.

Las inquietudes y ganas de crecer del diseñador hicieron que pronto comenzase a experimentar con cosas demasiado rígidas en el momento

En este atelier se formó desde la base hasta lo más especializado, formándose en todo lo que carecía a causa de su deriva vital, y en 1950 asume la iniciativa de independizarse y probar suerte como un nombre más. Así nació el hombre-marca Pierre Cardin, que inició su andanza diseñando máscaras y vestimentas para teatro.

Las inquietudes y ganas de crecer del diseñador hicieron que pronto comenzase a experimentar con cosas demasiado rígidas en el momento. Decidió romper con la barrera que separaba modisto de sastre, es decir, vestir tanto a mujeres como a hombres; y apostar por una moda masculina diferente, ajena a los códigos tradicionales y provocando una estética que se impuso a otras en los años 70.

La fuerte carga vanguardista que poseía su trabajo le concedió una influencia notoria, un fruto temprano de su éxito. Entonces se desplazó a Japón para profundizar en su cultura y estilo, buscando así expandir las posibilidades de su obra, acercar dos mundos y cerrar el primer negocio de moda europea que incluía al mercado asiático.

A su vuelta a París tomó la decisión que, probablemente, marcó un punto decisivo en su vida y en la historia del textil para el resto del planeta. Tras colaborar con la cadena de tiendas Printemps, presentó su primera colección fuera de un espacio o una pasarela y creó el prêt-à-porter —listo para vestir—, un nuevo concepto de moda producido en serie y sin una presencia tan intensa de la firma de un autor.

La lista de estrellas que vestían trabajos del diseñador incluía a Dalí, The Beatles, Luchino Visconti, Jackie Kennedy, Lucía Bosé o Franco Zeffirellila 

Esta apertura a lo popular, una grieta en el muro que separaba lo mundano de lo elevado, es ahora entendido como una democratización de lo chic y fue acogido como un ataque por el resto del sector. Entonces fue expulsado de la Cámara Sindical de la Costura, un órgano que aún hoy decide lo que es alta costura y lo que no, pero eso no frenó la expansión que Cardin estaba experimentando por todo el mundo.

Aunque la lista de estrellas que vestían trabajos del diseñador incluía a Dalí, The Beatles, Luchino Visconti, Jackie Kennedy, Lucía Bosé o Franco Zeffirelli, uno de los pilares fundacionales de su marca era entender la necesidad latente de vestir a mujeres y hombres que se ven obligados a salir de casa para trabajar, los maniquíes debían empatizar con personas que no eran estrellas ni princesas. 

De la vida de Pierre Cardin se saben detalles nimios y pinceladas enormes que él mismo daba, pero a través de su obra pueden entenderse sus neuras. Con la llegada de los años 60, el diseñador se lanzó de lleno a la introducción de la vanguardia futurista en la moda. Este hecho coincidió en el tiempo con la carrera espacial entre EE.UU. y la URSS, un hecho que lo inspiró al mismo tiempo que lo obsesionó hasta rozar el trauma.

El salto a lo desconocido que la Humanidad estaba a punto de realizar, una muestra de la supremacía de la tecnología sobre la Naturaleza, provocaba en Cardin una posición ambigua sobre el progreso. Se sentía atraído pero desconfiado, algo que comenzó a reflejar en su obra.

Tal fue la fijación del diseñador con esta materia que inició un proceso de experimentación digno de las ciencias empíricas, finalizando con la invención de un nuevo tejido llamado Cardina. Esta tela protegía del calor pero también de fuertes cambios térmicos, se adapta al cuerpo como un material técnico y era moldeable hasta el punto de aceptar acabados en tres dimensiones. Gracias a esto, Cardin fue capaz de crear prendas con siluetas de torpedos, peras explosivas o misiles.

Pierre Cardin abrió fronteras físicas en el planeta Tierra al ser capaz de organizar desfiles en el desierto de Gobi, la Plaza Roja de Moscú o la Muralla China

La cara bélica de la Guerra Fría chocaba en el trabajo de Pierre con la idea utópica que él tenía sobre el espacio, un lugar nuevo en el que las categorías se difuminaban. Esta conquista sideral vestía pantallas protectoras (como las actuales), abrigos de tejido laboral que combinaba con minifaldas de 35 centímetros —él fue uno de sus creadores—, patrones rectos y estampados geométricos. La vanguardia de entonces es lo ahora llamado retro.

Una clara muestra de esto fue Cosmocorps, una colección que dibujaba una manera extraña de concebir el futuro mientras desafiaba lo establecido en cuanto a género, creando la primera línea de ropa unisex, adelantándose a la industria actual.

Además de convertirse en el primer civil en vestir un traje de astronauta, el que Buzz Aldrin llevó a la Luna, Pierre Cardin abrió fronteras físicas en el planeta Tierra al ser capaz de organizar desfiles en el desierto de Gobi, la Plaza Roja de Moscú o la Muralla China, lugares blindados a los que accedió gracias a su pensamiento socialista.

Se calcula que cada semana se vende en todo el mundo un millón de productos con la firma Pierre Cardin, pero se trata solo de ropa. Otra de las jugadas que marcó su destino fue adelantarse a la industria y comercializar con su marca, vendiendo así su nombre a terceros para fabricar cualquier tipo de objeto. Este sistema de licencias permite que existan tanto sartenes, mermeladas o calcetines con la rúbrica del diseñador.

Poco después comenzó a diseñar muebles, esculturas utilitarias que él llamaba, para invadir también el espacio del hogar

Aunque muchos se retractaron y abandonaron este modelo de negocio, Cardin prosiguió y gracias a ello se convirtió en el tercer hombre más rico de la Francia del momento. Hizo así suyo el lema: «Lo minoritario puede ser atractivo, pero no realmente influyente». Poco después comenzó a diseñar muebles, esculturas utilitarias que él llamaba, para invadir también el espacio del hogar.

El gran salto fue el retorno al deseo de sus padres, pero en lugar de arquitecto se convirtió en mecenas y restaurador, coleccionista de inmuebles. Suyo fue el Palais Bullés, la villa de Cannes más famosa de Instagram hoy en día, o Lacoste Vaucluse, el castillo donde vivieron el Marqués de Sade y Casanova, aunque el auténtico escándalo fue la compra de Maxim’s, por entonces el restaurante más elegante del mundo. Se rumorea que poseía cientos de viviendas y gran parte de los Campos Elíseos.

Esta facción avara de Cardin colisiona con lo que la gente decía de él: un hombre inteligente y humorista, charlatán, muy educado y muy trabajador, hasta el punto de que falleció al mando. Sin embargo, era también alguien megalómano, afilado y controlador que odiaba el lujo opulento. Detestaba a la gente complaciente y prefería el carácter, aunque sus personas favoritas eran aquellas que le hablaban de cine.

Pierre Cardin es una obra en sí mismo, un híbrido de artista y empresario capaz de superar la muerte. Fue padrino de Paco Rabanne, Jean Paul Gaultier y la actual promesa de la moda Jacquemus. El hombre de la modernidad jamás se entendió con los aparatos digitales, prefería coleccionar loros y seguir firmando cheques uno a uno, vigilando siempre el dinero. Puede que el futuro que él imaginó acabase por decepcionarlo.

Astronautas de alta costura