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 A VECES, EN Madrid, caminando entre tantas mujeres, y tantas tan atractivas, me siento como un niño mirando el escaparate de una pastelería, con la nariz pegada al cristal.

Pero este fin de semana, al ir con Marta por esas mismas calles, mi desvalimiento infantil se mudó en seguridad de adulto.


Son asombrosos los cambios al pasar de una zona a otra de la ciudad, aun sin salir del centro, y por tanto lejos de la necesidad como norma. Acostumbrado últimamente a otros barrios, al volver a pasear por el de Salamanca me he quedado impresionado. Se me había olvidado. Se me habían olvidado la ropa cara y discreta, los coches supermirafiori y los edificios con portones para carruajes y zaguanes de mármol de los que salen con naturalidad vecinos. Se me había olvidado la gente, más rubia, más elegantemente canosa, más guapa aunque sea fea, porque aquí los feos se comportan como guapos, con la seguridad que dan una chaqueta de más de mil euros y la raya del pelo transmitida de generación en generación. Aquí no hay jóvenes hípsters, porque la modernidad es tradicional. Y las chicas tienen un aire un poco más lánguido. Me había olvidado de la sensación omnipresente y claramente palpable de dinero: en los restaurantes, en los cocktail-bars, en las terrazas, en las tiendas que no ponen los precios por irrelevantes; pero del dinero de toda la vida, del que desde pequeño va conformando el carácter y configurando la idea del mundo, de los demás y de la normalidad. Y pienso, sin asomo de sarcasmo, que, aunque por definición las ventajas son preferibles a los obstáculos, hay privilegios mentalmente imposibles de superar.


Cruzo la frontera, subo por la Gran Vía y, a pesar de los precios de las relojerías, a pesar del turismo y del comercio, a pesar del Círculo de Bellas Artes, de Muji y del Hotel Urban, el perfil ya varía y se diversifica. Y si callejeo las pieles se oscurecen, como los pelos, que además se peinan raro, los ojos se almendran y se rasgan, la ropa cambia, la homosexualidad se muestra, las barbas ya son otras, se alza la voz, se mezclan idiomas, se exhiben más cuerpos y, en la calle Ballesta, donde vivió nuestra Rosalía, queda el aire de aquellas putas tristes, como las de García Márquez pero sin literatura. Hay dinero, en Madrid hay mucho dinero, pero aquí parece más de esta época y convive con cosas como Primark.


Al final, con Marta entré en una pastelería. Literalmente. A probar la que se anunciaba como mejor tarta del mundo y puede que lo fuera. Y, cuando salimos, el Retiro seguía allí, y pasamos a su lado como si nada. 

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