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¡Clavileño, arre!

El domingo por la mañana me despierto y me siento a leer en la butaca de la habitación. Le pido a Marta que no se levante aún, que espere un poco allí. A la media hora, dejo el libro: he acabado El Quijote.
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SI HAY UN libro del que es una temeridad hablar es sin duda este. Así que qué quieren que les diga, ¿que está muy bien? Pues claro, claro que está muy bien. Me ha sorprendido, he comprobado que no lo conocía pese a llevar toda la vida leyendo fragmentos y oyendo cientos de referencias suyas, y de haberme visto enterita la serie de dibujos animados; me ha hecho gracia, pero no tanta como para considerarlo, como a menudo se dice, un libro de humor, y he aprendido mucho, muchísimo. Y, desde luego, con su lectura, a mis cincuenta años he superado una enorme asignatura pendiente. Supongo que un hispanohablante que no haya leído el Quijote puede presumir, de culto, solo con la boca pequeña.

Pero también reconozco que me ha costado terminarlo -lo empecé a mitad de confinamiento-, y que ya estaba deseando hacerlo, porque el interés se basaba mucho en todo eso que he dicho, y poco en la historia en sí misma. De hecho, más que lo que sucede, lo que me ha parecido maravilloso han sido todas y cada una de las disertaciones de don Quijote y, sobre todo, los diálogos entre amo y escudero, inolvidables, y cuya influencia no solo en la lengua sino en nuestra cultura entera han glosado miles de filólogos.

En cualquier caso, me he quedado con la sensación de que lo releeré. Y será en el tomo de mi padre, con los grabados de Gustavo Doré, que me ha regalado después de su tercera lectura. Dice que cada vez –a los treinta, los cincuenta y los setenta años- ha sido mejor.

Pueblos en los que la ignorancia provoca miedo y, el miedo, maldad; y que los hubo, y los hay

El momento en que acabas un libro y te acercas a la estantería y empiezas a ojearlos, a leer títulos con la cabeza de lado, para escoger el siguiente, es emocionante. Yo, ayer después de desayunar, insospechadamente, me fui a la solitaria balda de poesía y cogí el tomo con la obra completa del zamorano Claudio Rodríguez. Lo abrí al azar y me encontré con la Meseta, esa Meseta que cruzo tanto, y con encinas y tierra, y luz, y el ambiente asfixiante de un pueblo recalentado, maledicente y ruin, con señoras de negro que, para no dejar ir la vida, le clavan las uñas y los tres dientes que les quedan. Pueblos en los que la ignorancia provoca miedo y, el miedo, maldad; y que los hubo, y los hay.

Y con Claudio Rodríguez volé hasta Madrid, ligero y liberado. Aunque puede que no fuese solo mérito de sus poemas, e influyese que me sentaran junto a la salida de emergencia y al fin pudiese viajar cómodo.

Ya en la mañana del lunes, con algo de frío, pero todavía no el suficiente, decido ir al trabajo escuchando música, y pongo la ‘Pastoral’, del sordo genial. Y el efecto es pasmoso: en la M-30, la mediana, con su césped y sus arbolillos, se ensancha y le come espacio a los carriles, y el sol que se refleja en las torres de cristal de enfrente parece amanecer entre montañas.

Este desánimo mío de las últimas semanas es tan leve que por momentos se confunde con el aburrimiento, y sé de sobra que se esfumaría ante la aparición del más mínimo problema real. Y, sin embargo, está, no me deja, casi como una consecuencia de mi buena fortuna, de saberme un privilegiado, que siente que debería aprovechar su tiempo, hacer que valga la pena; que siente que debe estar a la altura de sus posibilidades. Y le doy vueltas. Y hablo sobre él, y pienso en opciones y me planteo metas; y se me va la fuerza por la boca, como de costumbre. Y me harto de mí y de mi eterna cantinela autocompasiva.

Pero entonces llega el arte y tiene la capacidad de transformar. Y con el idealismo del Caballero de la Triste Figura, con unos poemas y el primer tiempo de una sinfonía, y hasta con la perspectiva de comenzar a leer, esta noche en la cama, Si te dicen que caí, siento, por cursi que suene, que remonto el vuelo. Que algo que viene de arriba, algo elevado, ajeno a la vulgaridad y la miseria, pero al mismo tiempo capaz de bajar al suelo y salir indemne del fango, me toca y me devuelve la ilusión.

¡Clavileño, arre!
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