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El búlgaro

¿Saben aquel que diu que es uno que se encuentra con un amigo y le dice: "El otro día vi un anuncio en el periódico que decía Señorita enseña el búlgaro, y fui y era un idioma, tú?" 

¿Saben aquel que diu que es uno que se encuentra con un amigo y le dice: "El otro día vi un anuncio en el periódico que decía Señorita enseña el búlgaro, y fui y era un idioma, tú?" 

Bueno, pues yo no tanto, pero casi. No es que la Europa del Este sea el lugar que menos conozco del mundo, pero sin duda es el lugar más cercano que menos conozco. Y, dentro de ella, Bulgaria se lleva la palma. Porque de Hungría se habla y Rumanía tiene a la Comaneci y a Drácula, ¡pero Bulgaria! Y decir que lo que más me suena es el Búlgaro de Cropán me deja a la altura de otro chiste de Eugenio, el del andaluz y el ruso en el tren.

Resulta que acabo de leer la novela de un búlgaro. Del escritor búlgaro más famoso, premiado y traducido: Gueorgui Gospodínov. El libro se titula Física de la tristeza (Fulgencio Pimentel), y de él dice Alberto Manguel en la contraportada que será capaz de sorprender al lector experimentado al que ya cuesta impresionar. Y es verdad.
Parte de la figura del Minotauro de Creta –por cierto, una vez visité las ruinas del palacio de Cnosos, al parecer origen de la idea de ese laberinto, y sin duda fueron las ruinas más decepcionantes que he visto-, pero se pone de su lado. Y en contra de Teseo y sobre todo de Ariadna, que con su hilo ayuda a acabar con su hermano el repudiado, el condenado a la oscuridad y la soledad de por vida. Y se mete en la piel del ser maldito. En la suya y en la de muchos más, porque una especie de empatía patológica aguda permite al protagonista vivir en primera persona los sentimientos y los recuerdos de los demás. Y es juntando esos sentimientos y recuerdos propios y ajenos cómo Gospodínov va construyendo un mosaico de amor, nostalgia, miedo, soledad y bastante tristeza. La tristeza y las emociones suyas y las de otros que estuvieron en su vida. Como su abuelo, que durante unos minutos, de pequeño, fue abandonado por su madre, o como la loca del pueblo, que esperaba cada tarde a la puerta del cine, con su equipaje metido en un bolsito, a que Alain Delon cumpliera su palabra de ir a buscarla. Habla de despedidas y de pérdidas, del paso del tiempo y de elegir y, por tanto, de más pérdidas. También de un dinosaurio de juguete que me rompió el corazón, pero eso no se lo cuento.

Hay libros, como este, que me dejan claro que, de entre las muchas cualidades que hacen a un escritor, quizá la más importante –o la segunda o la tercera, da lo mismo- sea la de saber mirar. Saber mirar, para ver lo que los demás no ven, para señalar, entre toda la vorágine incesante e inabarcable que nos rodea, en qué vale la pena detenerse y prestar atención.

El búlgaro