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La princesa zonta

Estoy aprendiendo muchísima historia viendo Vikingos. El que no se consuela es porque no quiere. O, como decía un amigo mío, haz lo que quieras y justifícalo como puedas.

ESTAS TARDES en Madrid, ociosas por obra y gracia del horario intensivo, solitarias como siempre y mucho más calurosas de lo que yo considero compatible con la vida en el exterior, no me estoy dedicando ni a leer ni a escribir, ni a descubrir los numerosos rincones ocultos con encanto de la capital, ni a meditar sobre la condición humana. Podría hacerlo casi todo, pero no hago nada, porque me las paso viendo la serie Vikingos y, entre capítulo y capítulo, jugando al Apalabrados.

Solo al bajar la temperatura hago un alto para hacer ejercicio en un jardín cercano, en uno de cuyos árboles cuelgo mi TRX –qué gran invento, tan simple como todas las genialidades-, y ceno. Y luego, vuelta a Ragnar, Bjorn Piel de Hierro, Ubbe, Lagertha y el malvado Ivar Sin Huesos. Me dan las tantas, cada noche, siguiéndolos por Kattegat, Wessex, Algeciras o Kiev.

Y es verdad que estoy aprendiendo un montón. Es fácil, cuando el punto de partida es paupérrimo. Estoy situando en tiempo y extensión las incursiones nórdicas en Inglaterra, su primera llegada a Islandia y sus saqueos en Francia y el sur de España —los avemarías del obispo San Gonzalo y la construcción de las Torres de Catoira vendrían bastante después—, estoy conociendo a los reyes sajones del siglo IX y sabiendo de la existencia de los Varegos del Rus de Kiev… y del Rus de Kiev. Porque la serie se toma bastantes licencias históricas —por ejemplo, emparenta a Rollo, primer Duque de Normandía, con el legendario rey noruego Ragnar Lothbrok—, y lógicamente tiene que decidirse por una sola versión de lo que cuenta —encuentran en Islandia restos de monjes cristianos, de acuerdo con una de las teorías actuales pero en contra de otras—, pero aun así sigue, más o menos, tanto los sucesos más relevantes como los principales personajes históricos de aquellos tiempos y aquellas frías y embarradas latitudes.

Con el Apalabrados también aprendo mucho. Ahora sé, por ejemplo, que en Salamanca hacer se solía decir her. Y que hitar es un verbo.

Sorprende la presencia constante de la religión en el día a día, en las decisiones y en la interpretación de cuanto sucede.

Me llama mucho la atención la importancia que, al menos según la serie, tenía la religión para todos ellos, cristianos o paganos, sajones, francos o vikingos. Que no es que me extrañe, pero sí sorprende la presencia constante en el día a día, en las decisiones y en la interpretación de cuanto sucede. Y, adornos narrativos aparte, creo que muestra la diferencia entre unos y otros. Y es interesante.

Por ejemplo, el concepto de bien. Todos son de una crueldad inusitada. Terrible. Para que se hagan una idea: además de decapitar, acuchillar o ensartar a cualquiera con bastante normalidad, también torturan –cortes, quemaduras, extracción de piezas dentales...—, aplastan cráneos a patadas, sacan ojos haciendo palanca, pasan por la quilla, queman vivos o arrancan brazos; y arrojan a las serpientes o hacen uso de la estrella absoluta de la violencia: el Águila de Sangre. Básicamente consiste en que a uno le abren la espalda por el medio, de arriba abajo, y le separan, con un hacha de tamaño moderado, las costillas de la columna vertebral, hacia los lados, para, a continuación, sacarle los pulmones y colocárselos sobre los hombros, a modo de alas. Todo esto, vivo, claro. O vivo mientras aguante. Si no, qué gracia tiene. Pero hay que decir que, si uno lo soporta sin quejarse, se gana —yo creo que merecidamente— el acceso al Valhalla.

Y, aunque la Historia ha mitificado la aterradora brutalidad de los hombres del norte, en realidad parecían estar a la par en casi todo. Excepto en el plano moral, en el que las visiones de unos y otros difieren bastante. Por la idea de bien, decía. Los cristianos, por un lado, en teoría asumen las enseñanzas de Jesús, y eso los lleva a buscar la justificación que necesitan para no pecar. Pero lo tienen fácil: los paganos no son prójimo, así que no cuentan ellos ni cuenta lo que se les haga. De hecho, cuanto más y con más saña se les combata, mejor, porque es todo en defensa de la verdadera fe. Por otro, los vikingos no compartían la idea cristiana del bien, y mucho menos de la piedad; eran más pragmáticos —para no tener pegas en el próximo pueblo que saqueemos, este hay que destrozarlo entero y degollar al noventa por ciento de sus habitantes, porque sí, mientras gritamos como energúmenos: nada que no fuese moneda común en la época, pero ellos lo perfeccionaron— y se regían por su propio concepto de justicia, que admitía sin duda la violencia como medio lícito para lograr los objetivos, que se basaba en una idea muy clara de que quien la hace la paga, y en cuyo centro estaba, incuestionable, la figura de la venganza. Es interesante. E interesante que no esperasen, por ejemplo, clemencia.

No eran tiempos fáciles, en cualquier caso. Si a lo lejos oías cascos de caballos, lo mejor era esconderse, porque seguro que alguien, aprovechando que pasaba por allí, te mataba, aunque tú no supieras por qué.

Y, en fin, gracias a las enseñanzas combinadas de Vikingos y del Apalabrados, sé que Lady Judith de Northumbria era zonta. Para que luego digan que no aprovecho el tiempo.

La princesa zonta
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