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Marcianos

Ya cansa oír hablar de polarización, de la polarización de nuestra vida política, de nuestro estado general de opinión. Del nuestro y del de medio mundo
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CANSA, HASTA el punto de que en breve quizá la aceptemos como una característica más de nuestro tiempo que hay que asumir, inevitable. Como en su día la contaminación, el éxodo rural o comer peor. Y, sin embargo, como esos otros problemas, es real y es grave. Hay una crispación y una intransigencia de posturas que no sé si son causa, consecuencia o simplemente compañeras de una imposibilidad casi absoluta de dialogar. Lo cual es terrible en cualquier caso, para cualquier comunidad, pero letal, o poco menos, para un régimen que se define como una democracia y pretende —o eso suponemos— serlo.

Conozco, y no solo de vista sino de trato frecuente, a personas con ideologías que cubren todo el espectro político, o casi; desde simpatizantes de Vox hasta quienes votan a Podemos porque no hay nada más a su izquierda. Y me alegro, me parece una suerte, a pesar de que yo discrepe con casi todos y no dejen de molestarme las opiniones de unos y otros. Creo, sinceramente, que me enseña mucho. Lo primero, que las buenas intenciones están, quitando ciertos reductos muy extremos donde veo difícil que entre la bondad, homogéneamente distribuidas. La mayoría de la gente no intenta más que hacer la mejor cesta posible con los mimbres —que son el verdadero quid de la cuestión— de los que dispone. Lo segundo, hacerme una idea de por qué ese diálogo, un diálogo propiamente dicho, donde además de hablar se escuchase e incluso —ciencia ficción— se estuviese dispuesto a dejarse convencer, es imposible. Por qué el acercamiento, ya no de ideas, sino meramente personal, es inviable hoy en día, y lo será mientras no cambien sustancialmente ciertas circunstancias que, la verdad, no tienen ninguna pinta de ir a hacerlo.

Porque no se trata solo de que pensemos diferente, en el sentido de que optemos por recetas diferentes para tratar los problemas de nuestra sociedad. Ni se trata tampoco de que busquemos objetivos distintos —algo más habitual de lo que se confiesa—, que nuestras definiciones de bien no coincidan. Eso ya sería suficientemente malo, pero seguiría sin explicarlo todo, sin explicar tanta distancia. Y ni siquiera es que, como siempre se ha dicho, vivamos la afinidad política como ser del Madrid o del Barça, y por lo tanto opinemos desde lo visceral y dejemos la razón a un lado. Eso también es cierto, pero no basta. Hay algo más. Lo que sucede, en mi opinión, es que hablamos de realidades diferentes, de mundos diferentes. Los que habitamos. Realidades que discurren paralelas, que no se tocan más que para que su incompatibilidad levante unas cuantas chispas y las separe de nuevo.

Antes los discursos eran pocos, y era fácil y casi inevitable oírlos todos; ahora, los tweets son infinitos y solo nos llegan los nuestros.

Lo que leemos, lo que vemos en las redes y en la tele, de lo que hablamos y con quien hablamos, el ambiente que nos rodea, los datos que nos llegan, las referencias que manejamos, la prensa de la que nos fiamos, las cuestiones que identificamos como prioridades, los problemas sobre los que tenemos la lupa colocada, las interpretaciones a las que hacemos caso, etc., etc., etc.: todo es distinto. Y nuestro entorno, que lo hace posible, además lo consolida y reafirma cada día, en un círculo vicioso de algoritmos y echo chambers que no deja un resquicio para que entre algo nuevo, para la discrepancia.

¿Que siempre ha habido realidades que no se tocaban, mundos que ni se conocían? Sin duda; cualquier sociedad albergaba parcelas sin nada en común. Pero, antes, quienes vivían de espaldas eran los menos y los más alejados, los alojados en los extremos superior e inferior de la sociedad. Su distancia ideológica era proporcional a su distancia física, y por lo tanto tampoco tenían demasiadas posibilidades de rozarse. Mientras que, entre ellos, el grueso de la población compartía espacio y todo lo demás. Hasta anteayer. Ahora, en cambio, ese contacto, y unas condiciones de vida comparables, no nos acercan. Hemos pasado de una prensa y una televisión, para bien o para mal, comunes, a informamos solo donde queremos y —lo sepamos o no— a nuestra medida. Antes los discursos eran pocos, y era fácil y casi inevitable oírlos todos; ahora, los tweets son infinitos y solo nos llegan los nuestros. Hemos pasado de la manipulación central al suicidio informativo. Hace menos de una década nuestras conversaciones dependían en gran medida de nuestra vida, de nuestra proximidad, de las circunstancias; ahora, en absoluto. Hemos sustituido las charlas del café en el trabajo, insoportables como podían ser, pero expuestas a todo, por cafés de máquina a solas, mirando el móvil. Ya solo hablamos con quien queremos, y a distancia. Y eso es malo. Es otro ejemplo más de esa gran paradoja actual consistente en que nuestra ilimitadas posibilidades para relacionarnos nos han llevado a encerrarnos en guetos. Guetos en guerra, a los que no nos llega más que el eco de las burradas que dicen los de los demás.

Y todo eso va conformando, ni más ni menos, nuestra realidad. Que acaba por no tener nada que ver con la del vecino. Nada que ver: otros datos, otras explicaciones y otras verdades. No podemos ponernos de acuerdo ni convencer a nadie. Porque no podemos acercarnos ni un poquito. En cuanto lo intentamos salta a la vista que el otro debe de ser un puto marciano, porque habla sobre Marte.

Lo malo es que Marte es el portal de enfrente y el coche de al lado en el semáforo. Y, los marcianos, el camarero que me atiende, la persona que me cruzo por la calle, mi compañera de oficina, mi primo o mi antiguo amigo.

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