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No hago nada

Llegué a casa de trabajar, por la tarde, con la mochila al hombro y la cazadora en una mano 

EN MADRID aún hace calor. Subí a mi piso, dejé la cazadora, dejé la mochila y volví a salir, al súper. Pero al llegar al ascensor me di cuenta de que no llevaba la bolsa de la compra que tengo, y volví para no tener que usar una de plástico. Entonces, en casa, pensé que a lo mejor me quedaba un rato en la calle y que, como tenía pendiente el artículo de esta semana, podía llevarme un cuaderno y un boli y sentarme en una cafetería a tomar algo y escribir. Por lo que, como ya eran varias cosas, cogí de nuevo la cazadora, porque así me cabía todo eso más la cartera y el móvil. Y me fui. Y estaba ya en el portal cuando me dije que, como había quedado con un amigo a las nueve y todavía faltaba bastante, por qué no llevar también el libro, por si no estaba inspirado y prefería ponerme a leer; y subí otra vez a casa. Y cogí la novela, ‘El periodista deportivo’. Pero cuando cerraba la puerta, con la cazadora puesta y el cuaderno y el libro en la mano, y la bolsa ecológica y el resto de cosas en los bolsillos, me pareció que, para ir así, era una tontería no usar la mochila y meter todo en ella. Así que volví a entrar, cambié las cosas de sitio y me marché. Exactamente igual que como había llegado.


Fui al súper, compré pan, jamón, tomates, peras y yogures, lo guardé todo en la bolsa, y la bolsa en la mochila, y volví a casa directamente. Dando un paseo, mirando a la gente que me cruzaba. Sin escribir, ni leer, ni leches.


Lampedusa salía a pasear con una bolsa de viaje llena de libros, para tener la lectura apropiada para cualquier estado de ánimo y la respuesta adecuada a cualquier cosa que le sucediese en la calle. Yo me llevo un cuaderno y un libro o dos, música y, a veces, el portátil. He llegado a llevarme un bloc de dibujo y un par de lápices. Y luego no hago nada de nada: miro alrededor. Es como un wishful thinking sobre mi propia capacidad para aprovechar el tiempo libre, que, cuando no me hace sentir demasiado patético, hasta me hace gracia. Procrastino tanto que incluso procrastino lo que me gusta.


Porque para qué negar que al otro lado, esperándome, está siempre el dolce far niente con su irresistible atractivo. Y no me refiero tanto a vaguear como a vagar, física y mentalmente. No forzar, disfrutar de esa sensación tan agradable, cuando se hace de un modo absolutamente consciente, de dejarse llevar.

No hago nada