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Pontem Veteram

He cambiado la M-30 por el Lérez, y las cuatro torres de Chamartín por la isla de Tambo.

EL OTRO DÍA, mientras cenaba, charlé con dos médicos: uno, zamorano, y el otro, un sevillano que, desde que estudió la carrera en Santiago hace unos 30 años, vive en Suecia. El de Zamora parecía saber mucho de la historia, y de casi todo lo demás, de Castilla León, y el sueco consorte lo escuchaba con interés. Después me confesó que, aunque no estaba mal allá en Escandinavia, echaba de menos España.

Mi madre me dijo, hace años, que le parecía, no solo una gran tristeza sino una clara prueba de lo mal organizado que estaba todo, el hecho de que la gente no pudiese trabajar en su tierra, allí donde querría vivir. Y lo decía pensando en la emigración, sí, pero no solo en ella, sino, también, en todos los que, dentro del propio país y sin tragedias, debemos mudarnos por trabajo. Que qué desastre, qué mal pensado: gente cruzándose, yendo unos a donde viven los otros, y viceversa. Y tiene razón.

Los cambios, los cambios geográficos, por mucho que la dijese Wilde a Henry James, nos marcan. Y no me refiero a los dramáticos, que por supuesto; basta con los cambios de ciudad por causas laborales, o incluso de domicilio dentro de una ciudad porque sí: no podemos evitar —yo no puedo, al menos— pensar que una nueva ubicación ofrece nuevas posibilidades, que marca un punto de inflexión capaz de cambiarnos la vida. Después, comprobamos que hay novedades, sí, y que esas novedades nos afectan, que unas nos abren puertas y otras nos las cierran; pero, al mismo tiempo, que el fondo, lo que de verdad determina cómo estamos e incluso quiénes somos, ese núcleo interno alrededor del que giran casi todas nuestras circunstancias, es bastante más inmutable de lo que nos parece. Es decir, que nos movemos, pero cargamos con nosotros mismos allá donde vamos.

Su maravilloso centro histórico, el segundo más impresionante de Galicia, capaz de aguantar el tipo frente al de Santiago


Todavía no conozco Pontevedra. No más de lo que la conocía antes, quiero decir, solo de venir muy de vez en cuando. No llevo ni una semana aquí, así que por el momento estoy deslumbrado como cualquier visitante. Cosas que ya se saben: la peatonalización casi unánimemente —nunca se pasa de ese casi, pero eso sucede en todos los temas… o casi— elogiada, un ambiente asombroso para el tamaño de ciudad y, por descontado, su maravilloso centro histórico, el segundo más impresionante de Galicia, capaz de aguantar el tipo frente al de Santiago. No es poco, y no está nada mal. Pero confío en poder contar algo más dentro de un tiempo.

Solo me he llevado una decepción, cuando el primer día llegamos a la plaza de la Herrería: el Carabela ha cerrado. Y yo que ya me veía leyendo sentado junto a una de sus ventanas, en las tardes de lluvia. Pero me ha dicho Ramón Rozas que malo será que alguien no lo resucite en breve. Supongo que un local de tanta tradición, y en un lugar tan alucinante, no puede cerrar para siempre; iría contra cualquier lógica hostelera.

Y no solo he cambiado de ciudad, sino, curiosamente, de viaje semanal. He dejado mis queridos y aborrecidos trenes a y desde Madrid y me he convertido en usuario de la AP-9. Ahora tardo cuatro veces menos tiempo en llegar a casa, pero, paradójicamente, pago más. Voy a echar de menos los campos de Castilla -hay que ver, quién me lo iba a decir la primera vez que los crucé, de niño, y me parecieron otro tipo de desierto-, sus horizontes lejanos, su techo recto de nubes repetidas hasta el infinito y sus puestas de sol en el retrovisor. Treinta años después de leerlo, por fin he comprendido, e incluso compartido, la fascinación de Delibes por su tierra. Pero también en estos viajes de ahora habrá paisaje que ver, claro, y variaciones que ir apreciando, del sur al norte, de las rías Bajas a las Altas. Tengo que reconocer que, por origen y por gusto, yo siempre he sido más de las Altas, más pequeñas, más escarpadas y menos urbanizadas, pero estoy más que dispuesto a dejarme conquistar por sus hermanas mayores del sur.

Qué extraña es la vida, qué curiosas son las cosas. Hace tres meses ni se me pasaba por la cabeza, y ahora resulta que voy a vivir aquí, en esta ciudad de la que, lógicamente, llevo oyendo hablar desde siempre, pero que siempre consideré ajena a mí. Y ahora aquí, en Pontevedra.

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