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Saber demasiado

EL OTRO día, en un reconocimiento médico, me detectaron tendencia a la depresión —no me extrañó, ni le habría extrañado al psicólogo si me leyera—, a la neurosis —es que me gusta Woody Allen, le aclaré— y a la psicosis.

¿Y eso, exactamente, qué es?, pregunté. Ah, nada, ver u oír cosas imaginarias; vamos, lo que se dice esquizofrenia. Ante mi cara, me dijo que no me preocupara, que íbamos a hacer otro test mucho mejor, que permitía matizar más las conclusiones. Ese, ya solo me atribuía depresividad y hostilidad. Pero a mí me sentó fatal; primero me entristeció y luego me enfadó. Acabé lanzándole los papeles a la cara. Y la silla. En realidad no quería, pero me lo ordenó una voz interior, qué podía hacer yo.

Somos complejos. Algunos, además, complicados, pero todos complejos. Por eso discuto mucho con un amigo mío, inteligente y leído —y creo que real, pero no soy una fuente fiable—, que se empeña en interpretar los comportamientos individuales como meros reflejos de lo social. Siempre generaliza. Y yo, en cambio, nunca dejo de pensar que lo que cae sobre nosotros desde fuera se mezcla siempre con lo que nos sale de las entrañas. Siempre particularizo.

Me parece que juzgar al individuo a la luz de la sociología —o, peor aún, de la economía— es un error, porque lo estandariza, le niega sus particularidades y simplifica sus reacciones. Obvia sus sentimientos y sus deseos más personales, sus anhelos y temores íntimos, su carácter y cómo se ha levantado esa mañana. Porque, aunque una persona pertenezca a un grupo y comparta con él condicionantes, actitudes, ideas e incluso comportamientos, ese análisis en clave social solo es válido en tanto que representante de ese colectivo, no para explicarlo en su complejidad única. La sociología sirve para analizar las sociedades, de ahí su nombre: el individuo debe ser objeto de otras disciplinas. Por ejemplo, de la psicología, siempre y cuando se elijan bien los test.

O ni eso. Si sigo con Richard Ford es porque, en medio de paisajes poco acogedores y de estampas felices que no pueden ser más deprimentes —¡ay, coño!—, surgen verdaderas joyas. Como cuando cuenta que sus colegas, profesores de universidad, no tenían ningún misterio. Que lo habían destruido a base de penosas y exhaustivas explicaciones.

Y dice Bascombe/Ford que esa es la fuente de muchos de nuestros problemas: explicar de más. Buscamos seguridad, pero obtenemos desencanto. En lugar de vivir, analizamos todo hasta quitarle el misterio, hasta matarlo y dejarlo vacío.

Como decía otro amigo mío, «el amor, o lo explicas o lo vives». Y así la vida. Y así las personas.

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