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Un plan

EN ESTE LARGO proceso que es madurar, que no solo parece que va a durar toda mi vida sino que incluso esta se quedará corta y acabará justo cuando parezca que empiezo a entender algo, estaría bien ser capaz de saltarse algunos pasos. Pasos de esos que consisten en aprender por uno mismo lo que no dejamos de ver en los demás. Porque supongo que una de las manifestaciones de esa madurez es escarmentar en cabeza ajena. Claro que, por otra parte, igual eso de probar y equivocarse —o acertar, tampoco nos pongamos catastrofistas— es precisamente vivir.

El caso es que cuando vine a Madrid venía dispuesto a evitar que el tiempo que voy a estar solo cada semana —que no es poco— transcurriese sin más. Que la rutina aquí no fuese un mero rellenar huecos que me hiciera volver a casa con la sensación de no haber hecho otra cosa que pasar el rato. Quería sacarle partido a la situación. Y para eso necesitaba un plan, un proyecto, un propósito, y enseguida surgieron dos que ya estaban ahí: continuar trabajando en el tema en el que me doctoré, con la intención de aportar algo, de publicar algo que valiese la pena, por una parte, y tratar de escribir —ficción, se entiende—, por otra. Podríamos añadir una tercera, leer, pero como es algo que he hecho en cualquier época de mi vida, la diferencia sería solo cuantitativa y no me parecía un verdadero plan.

Y resulta que, desde que estoy en la capital, avanzar no he avanzado pero me he acercado un poco a esos dos mundos. He conocido a expertos que hacen lo que yo querría: trabajan y publican en revistas técnicas, e incluso sacan algún libro. Y he hablado bastante, además, con tres amigos que han tenido o tienen relación con el mundillo literario como autores, editores y libreros. Y la conclusión —se ve venir— es, en ambos casos, decepcionante: los artículos técnicos son prescindibles en un 90%, y no los leen ni sus familias; y la literatura… ay, la literatura es una combinación de luces y sombras como pocas. Parafraseando al recordado Juan Luis Pérez de Arteaga, que lo decía sobre la música: el mundo de la literatura es maravilloso; el mundillo, vomitivo.

Con lo que vuelvo al punto de partida y me pregunto: ¿no sería una señal de madurez darme por enterado de todo eso y, directamente, olvidarme de una y otra cosa? ¿Lo sabio no sería anticipar la previsible decepción que habría tras esas metas y buscar otras? ¿No debería asumir que cualquier logro —si lo hubiere— tiene toda la pinta de acabar siéndolo únicamente de fachada? Y así estoy, pensando si el verdadero plan para este tiempo, el único que no fallaría, no será, después de todo, leer.

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