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Hay hechos que funcionan bien como señales de alarma, que por sí solos nos muestran que algo, aunque no lo parezca, va mal.
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TENGO EN casa un suplemento dominical, un monográfico dedicado a los mayores, a la vejez. Y, en él, varios hombres y mujeres conocidos hablan brevemente de cómo llevan esa edad, de su ánimo, sus expectativas y, por encima —tampoco dan para mucho los textos; ya decía Javier Nogueira hace un par de meses que no se publican entrevistas largas, no vaya a ser—, de cómo se sienten al mirar atrás. No está mal. Pero lo más interesante del reportaje, para mí, son sus opiniones sobre el trato que, por su edad, reciben habitualmente de los demás; su reacción al verse en el lugar en el que, para bien y para mal, hemos colocado a la gente mayor.

La actriz María Galiana, que resulta que es licenciada en Filosofía y Letras y fue profesora de Historia del Arte durante casi cuarenta años, se quejaba de algo que he pensado a menudo, supongo que anticipando mi -lejano- futuro. Decía que se les trata, a los mayores, como si fuesen tontos, como a niños pequeños. Nos gritan, no se fían de si vamos a entender, nos hablan despacio, nos tutean sin conocernos de nada, explicaba.

Es evidente que la edad trae consigo deterioro físico, y este, a su vez, en muchos casos y con diagnóstico médico o sin él, declive mental. Pero no en todos. Y, sin embargo, nuestro trato general relega a los mayores en masa, los empuja a una posición secundaria, casi de comparsas, literalmente de minusválidos; se ven forzados a dar un paso atrás y a asumir el papel de prescindibles, y todo a su alrededor los convence de que ya no pintan nada. Aunque pinten.

Cae de cajón que, como dice otro entrevistado, la faceta laboral influye, y mucho. Sería ingenuo pretender que nuestro rol en la sociedad no depende en una enorme medida de nuestro papel en la cadena productiva o como la quieran llamar, y que dejar de formar parte de ella, el mero hecho de salir de los ambientes laborales, o incluso verse fuera de las banales y reiterativas conversaciones que todos mantenemos en torno al trabajo, no nos desubica. Y quedarse sin nuestra etiqueta profesional no sería tan problemático, si no fuese sustituida por otras: la de resto, sobrante, caducado o agotado. A veces, solo a ojos de los demás, pero otras —las peores—, incluso para nosotros mismos. Quién no conoce a alguien que al año de jubilarse de un cargo importante se ha convertido en una sombra de lo que fue, porque solo era lo que su puesto de trabajo le hacía ser, sin nada debajo. Pero, con todo, yo creo que el problema es más amplio.

Me parece que este olvido —cuando no desprecio— de la tercera edad no solo es un golpe bajo a cada uno de los que se ven apartados, sino que dice poco de nosotros, y además nos empobrece como sociedad, al privarnos de lo que podrían aportar, en medio del ritmo estúpidamente vertiginoso de todo, quienes más experiencia tienen. ¿Ustedes no creen que, si las enfermedades los respetan, dentro de diez años sabrán más que ahora? Yo estoy convencido. Y de veinte, más aún. Y cuesta aceptar que todo eso sobre. Y no se trata de idealizar la edad y asumir que va unida a la sabiduría: como los vinos —los vinos son bárbaros para los símiles—, las personas buenas mejoran con los años y las malas se vuelven cada vez más intragables. Pero, aun así.

Hay hechos que con su mera presencia nos indican que algo va mal, aunque no lo parezca. Son síntomas de que un proceso buscado, un cambio bienvenido, un avance celebrado, puede no ser tan bueno como pensamos. Son indicadores que, como mínimo, deberían hacernos detener y replantearnos lo que estamos construyendo, por si no todo el monte es orégano.

Nos embarcamos en procesos que parecen estupendos, emprendemos caminos que parecen llevarnos en la dirección adecuada

Ocurre, sin lugar a duda, con nuestra idea de progreso material, cuyas consecuencias no deseadas son innumerables, empezando por el daño ecológico prácticamente irreversible. Ocurre con la idea de crecimiento económico, que, entre otras cosas, despobló nuestro campo, parece que para siempre, y nos ha conducido a un tren de vida que entre sus ventajas oculta más de una rueda de molino. Y ocurre con nuestro estado del bienestar —y, más claramente, con el de nuestros vecinos más ricos y envidiados—, que, gracias a tantas innegables ayudas, ha supuesto que las familias, los amigos o los vecinos nos necesitemos menos; lo cual es una suerte, a priori, porque esa dependencia, cuando se es pobre, es miserable, pero no deja de tener su reverso oscuro. Reverso que se percibe, por ejemplo, en la soledad de los mayores. Igual que me cuesta entender qué tiene de bueno un sistema que se ocupa de tus hijos pequeños para que puedas atender al trabajo que estás obligado a aceptar para mantenerlos, no acabo de ver que en el retiro dorado de la tercera edad todo lo que reluce sea oro.

Nos embarcamos en procesos que parecen estupendos, emprendemos caminos que parecen llevarnos en la dirección adecuada. Hasta que, al cabo de un tiempo, ves dónde estás y te preguntas en qué momento deseaste acabar así. Y te respondes que nunca.

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