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En descomposición

Las entrañas de cualquier ser en descomposición siempre son desagradables. Hablar de ellas en público e invitar a los oyentes a imaginárselas lo hace todavía más inquietante

Ciudad. EP
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¿Qué es peor para la humanidad, que un hombre eyacule sobre animales en descomposición o que no recicle? Una pregunta así solo podía llegar a la redacción procedente de la mente de Héctor. 

A priori la respuesta es sencilla, pero el juego se complica cuando introduces el condicionante de que el ‘amante de los animales’ ha sido noticia. Un chantadés acusado de bestialismo y pedofilia. Ahora la cuestión ha dado un giro. Llega el escándalo, una imagen que perturba nuestras cabezas e incluso un miedo a una especie de ‘efecto Werther’ que provoque en las proximidades una oleada de casos de este tipo.

Ya no hay una solución evidente

Las entrañas de cualquier ser en descomposición siempre son desagradables. Hablar de ellas en público e invitar a los oyentes a imaginárselas lo hace todavía más inquietante. Quizás ni una reunión distendida de trabajadores de un crematorio, sea de animales o de personas, suponga un buen contexto para este tema. Es complicado acertar. 

Tiene experiencia en esto Xosé Manuel Beiras, que tras las elecciones municipales, decidió que era buena idea publicar un tuit en el que Compostela pasaba a significar “depósito de restos humanos en descomposición”. Su complejo de dios situado por encima del bien y del mal, que no duda en castigar a las masas cuando no le rinden culto, le llevó a escribir sobre un tema tan asqueroso en el momento más inoportuno.

Pero Beiras tenía razón. A medias, como siempre. La capital, igual que el resto de las ciudades, son centros donde la vida –no solo la política- podrece en cada rincón.

Son ellas el destino de jubilación de un funcionariado que llega para el café de las 11.00, el ‘pasotismo’ ante una generación de adolescentes con nuevas problemáticas o para las tardes libres. Han encontrado su particular ‘Dorado’ tras buscarlo atravesando las montañas lucenses, Burela o a algún pueblo de A Raia. 

Es en los centros urbanos donde la creatividad ha quedado reducida a los edificios y a la iniciativa de grupos de ‘intelectuales’. ‘Señorites’ que evocan desde su poltrona ideales de usar y tirar. Un entretenimiento con el que justificar un sueldo, un monopolio sobre la creación y una serie de patrones desde los que regir el orden social

Huyendo de ‘la Náusea’ de la que han sido contagiados y buscando falsas metas que le den un sentido a sus vidas

En las ciudades los niños han dejado de existir. No son más que parte de esa nebulosa de personas que siempre tienen a dónde ir y tareas por hacer. Del colegio a la actividad extraescolar, de ahí a casa a hacer los deberes, play y a dormir. El ciclo se repite durante años y se va descomponiendo hasta que se vuelve lo suficientemente vulgar como para simplificarlo con un guión: trabajo-casa, casa-trabajo.

No piensen ustedes que el rural es un lugar mejor. Es un campo estéril cuyos brotes verdes son cortados pronto por el efecto narcotizante de las oportunidades de estudios y laborales que se ofrecen a unos cuantos kilómetros de casa. 

Regresarán al punto de origen años después. Marchitados. Huyendo de ‘la Náusea’ de la que han sido contagiados y buscando falsas metas que le den un sentido a sus vidas. 

Ahora incluso queremos ser perros. Cualquier cosa con tal de no asumir que caminamos abiertos en canal y cubiertos de semen. 

Debemos de oler mal. 

Quizás sea por no reciclar.

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