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La presión de una muchedumbre inmadura, incapaz de lidiar argumentalmente con aquellas ideas que no les gustan, ha impuesto la censura sobre un monólogo de Iggy Rubín

Iggy Rubín en La Resistencia. MOVISTAR
Iggy Rubín en La Resistencia. MOVISTAR

“Sonríe a la vida y la vida te devolverá una sonrisa”. Lo leíste cuando la compraste y te pareció enternecedor, pero si ahora esa taza tuviera voz te pediría que dejases de golpearla con odio todas las mañanas contra la mesa mientras resoplas reiteradamente.

A pesar del empeño de tu profesor de yoga, Marie Kondo o Mr.Wonderful en incitar a que te autoengañes en cada madrugón pensando en lo bonito que es el mundo, en el fondo sabes la verdad: está todo mal.

Ahora, como si de una pesadilla se tratase, tampoco nos podemos reír. O al menos hacerlo de verdad. Supongo que la sonrisa esa forzada que ponemos en cada foto de Instagram nos permitirán mantenerla. De lo que nos privan es de uno de los pocos oasis de libertad de expresión que quedaban, La Resistencia.

La presión de una muchedumbre inmadura, incapaz de lidiar argumentalmente con aquellas ideas que no les gustan, ha impuesto la censura sobre un monólogo de Iggy Rubín. Las bromas sobre Ortega Lara y ETA no sentaron bien y se borró todo rastro del ‘crimen’.

Supongo que como buenos adolescentes que somos, acostumbrados a evitar responsabilidades y a escurrir el bulto, continuaremos viendo el programa como si no hubiera pasado nada. Borraremos de nuestras mentes que en un espacio dedicado al ingenio se prohibió la risa e incluso nos autoconvenceremos de que el monologuista se excedió con sus palabras y que no está bien reírse de ciertas ‘cosas’.

Es parte del espectáculo. Nos agrada escandalizarnos con asuntos que consideramos banales, como el humor. Es un terreno en el que no tenemos nada que perder y podemos mostrar a todo el mundo lo mucho de izquierdas o de derechas que somos y lo que mola nuestra integridad moral. Superior a la del resto, evidentemente.

Es curioso como una sociedad que no para de fomentar la necesidad de estar constantemente alegre no puede convivir con las carcajadas. El “venga, alégrame el día” de Clint Eastwood en Impacto súbito ha quedado sepultado bajo un mundo de Hello Kitty en el que cualquier ofensa está prohibida y las complejidades emocionales son denostadas.

“Deja de darle vueltas a todo y sonríe”, me dice Mr. Wonderful. Quizás tenga razón y este tema no mereciese tantas palabras, pero por el momento, como a Siniestro Total “me pica un huevo”.

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