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Hay vida más allá del procés

DESDE BARCELONA. Crónica de un paseo matinal por la ciudad condal poco después de conocerse una sentencia histórica
Una bandera catalana. A.C.
Una bandera catalana. A.C.

EN BARCELONA conviven dos realidades. Es como si por una acera transitasen los soberanistas y por la otra los constitucionalistas. En medio, los miles de turistas que son testigos de excepción. El quehacer diario y la normalidad coexisten con los actos de protesta. Esa es una de las primeras impresiones que se lleva alguien que hacía años que no visitaba la ciudad condal.

La multitudinaria protesta que se vivió este lunes en la capital catalana fue por la mañana menos intensa de lo esperado, sobre todo si se tiene en cuenta que los grupos independentistas ya conocían con 48 horas de antelación el sentido de la sentencia del procés por las filtraciones.

"No es la III Guerra Mundial. Cataluña no está rota", advierte Antonio Mejuto, un jubilado de Palas de Rei que lleva más de 40 años viviendo en Barcelona. Es uno de los cerca de 60.000 gallegos que residen en la ciudad condal. Su hermano Manuel considera que los soberanistas "están intentando llamar la atención, sobre todo de la prensa internacional", en alusión a las protestas en el aeropuerto de El Prat, que se agravaron por la tarde.

Al que aterrizaba el lunes a primera hora de la mañana en esta terminal, antes de que se oficializase la condena del Tribunal Supremo, hasta le sorprendía la discreta presencia policial, que se iba multiplicando a medida que avanzaba la jornada e independentistas paralizaban parcialmente la actividad de las compañías aéreas. Curiosamente cada policía nacional que participó en las cargas vespertinas lleva un código en su chaleco en la espalda que lo identificaba; los Mossos d'Esquadra, no.

Esa discreta presencia policial en El Prat cuando abría el día contrastaba con lo que sucedió por la tarde y con el amplio dispositivo de seguridad que a esa hora matinal estaba desplegado en la estación de tren de Sants, donde se instalaron vallas en el interior para impedir el asalto a los accesos a las vías del Ave.

Tan pronto se hacía público el fallo judicial, en torno a las diez de la mañana, se difundió un llamamiento a través de las redes sociales, claves en las movilizaciones soberanistas, para concentrar los actos de protestas en Barcelona. La terminal de Sants, sita al lado de la emblemática Plaça dels Països Catalans, donde ya hicieron un ensayo el fin de semana, y sobre todo la Plaça de Catalunya fueron los puntos neurálgicos iniciales.

En Sants los antidisturbios solamente permitían el acceso por la puerta de entrada a la terminal de alta velocidad a aquellos pasajeros con billete. Los demás, viajeros o no, eran desviados a las otras puertas.

Mientras, en las terrazas, los turistas y los que salían de su trabajo a tomar un tentempié hablaban discretamente sobre la condena a los 12 líderes del procés, cientos de estudiantes, que secundaban una jornada de huelga, partían desde diferentes puntos de la ciudad para dirigirse a la manifestación convocada a media mañana en la Plaça de Catalunya, que después se trasladaría a la de Sant Jaume, donde se encuentran la sede de la Generalitat y del Ayuntamiento.

En una de esas calles por las que pasaba una de esas marchas, una septuagenaria en silla de ruedas, que departe con el propietario de una joyería, comenta que "esperaba una mayor movilización". Este respondía que "no es una guerra civil".

A medida que las diferentes marchas avanzan, en su recorrido reciben muestras de apoyo en forma de aplausos por parte de los transeúntes y de bocinas por los conductores. Las consignas de los manifestantes son comunes: "Presos políticos, libertad", "Fuera las fuerzas de ocupación" o "Fuera, fuera, fuera la Justicia española". Les escoltan efectivos de la Guardia Urbana para ir regulando la circulación.

El tráfico rodado en el centro y en carreteras de acceso a la ciudad fue la principal damnificada. La capital catalana vivió este lunes un caos circulatorio. La motocicleta, tan usada habitualmente en Barcelona, se convirtió en un vehículo imprescindible para poder desplazarse de un punto a otro de la urbe.

Los turistas, que se cuentan a miles en la ciudad condal cualquier día del año, se convertían este lunes en improvisados reporteros gráficos que con sus teléfonos moviles retrataban los actos de protesta en su camino hacia la Sagrada Familia o cualquier otro monumento de obligada visita.

En un rápido paseo por la capital catalana capta la atención del visitante que no cuelgan tantas senyeras o esteladas –bandera oficial e independentista, respectivamente– y lazos amarillos –símbolo de la demanda de libertad de los políticos presos– de los balcones como se podía esperar. En la Gran Vía de Les Corts Catalanes, una de las principales arterias de circulación de la ciudad, incluso conviven estas enseñas con una de México. Las de España se cuentan con los dedos de una mano.

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