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Regálame tiempo

A VECES siento que el tiempo se me escapa, que huidizo se escurre entre mis dedos y hasta que me sonríe burlón mientras me desafía a exprimirlo sin cesar de correr… Y, aunque generalmente consigo ir cumpliendo los objetivos marcados en los periodos pertinentes, algunas veces, padezco en primera línea de fuego los estragos que produce su velocidad arrasando la consecución de mis metas. 

El tiempo, poderoso y siempre escaso, se burla de nosotros. Ve jugar a las hormigas que somos en sus quehaceres cotidianos y, de vez en cuando, hasta nos da un traspié que nos obliga a ponernos en nuestro sitio… O quizás en el lugar en el que desea vernos y del que, a su juicio, nunca deberíamos haber salido. 

La gente corriente, es decir, todos nosotros; nos afanamos en ganarle la partida al tiempo y en tratar de conseguir mil objetivos a cualquier precio… Pero se nos olvida que él es más fuerte. Que puede partirnos en dos, que puede hacer que nos rindamos, que puede doblegarnos e incluso enfermarnos…. Y entonces nos consolamos pensando que todavía nos queda, en algunos casos, el dinero, el amor, o ambas cosas… Pero todo es mentira. Somos aire. Personajes de reparto —o incluso protagonistas— de una vida cuyo reloj es imparable… Y, tras estas conclusiones, yo solo quiero dar y recibir tiempo. No necesito otra cosa ni preciso de otro obsequio. Solamente quiero que aquel puñado de personas que me quieren de verdad, me regalen sus cuidados y presencia. 

Los presentes, el dinero y los caprichos, solamente sirven para lavar la mugre del alma de aquellos incapaces de darse. 

Porque querer es poder y dar es estar, no regalar. Cualquier cosa que tenga precio es barata cuando se tiene de sobra o, simplemente, se antepone el sacrificio económico al personal. Porque el personal obliga a estar, a perder la libertad y a renunciar a la comodidad. 

El tesoro más valioso del que gozamos los humanos es el tiempo y, la sensación más placentera que existe, el haberlo podido aprovechar... Pero si hay una percepción todavía más plena, esta es el haberlo regalado a manos llenas a todo aquel que un día precisó de nuestra dedicación. 

La conciencia está ahí, llama a la puerta y saluda con mano amiga y simpatía a aquellos que cumplieron con sus deberes morales para con otros seres humanos; pero también se esconde furiosa y enseña los dientes a aquellos que un día trataron de disfrazar la caridad con dinero, en lugar de compañía. No se calla. Es descarada y segura. Habla hasta en sueños y trae pesadillas. Carga de remordimientos las entendederas y de punzadas los corazones… Y, ante ese dolor latente, constante y tormentoso, no hay misa dominical que valga ni soledad sin compañía.

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