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Fanatismos como respuesta

LA QUEMA EN Galicia por un grupo de jóvenes nacionalistas de una imagen del rey Felipe VI supone seguir desde aquí el camino que marca el nacionalismo catalán frente a la monarquía y el actual Rey como objetivo. No es nada nuevo el seguidismo o las expresiones de apoyo en ciertas formas del nacionalismo gallego al catalán. No destaca este precisamente —recuérdense las críticas a las inversiones en el Ave a Galicia— por el apoyo a las causas gallegas. Todo lo contrario. ‘En notas para una conferencia futura’, Isaiah Berlín escribía que «el nacionalismo, que todos en el siglo XIX creían en decadencia, es el poder más tenaz y peligroso de la actualidad». La observación serviría para este casi final de la segunda década del siglo XXI. Berlín experimentó en propia carne las consecuencias del nacionalismo que contribuyó a la destrucción de Europa y fomentó la persecución para la eliminación de judíos y gitanos, entre otros.

El objetivo de la convivencia de lo local y lo global era la gran tarea que se abría tanto en la política como en el pensamiento en el tránsito del siglo XX al XXI. El profesor Castells lo dejó plasmado hasta en los títulos de algunas de sus obras. La crisis económica o la reacción a los excesos negativos de la globalización despertaron la prioridad de levantar de nuevo las fronteras, de ver en el repliegue, la cerrazón y la negación del otro, la salida de todos los problemas. Es el imperio del fanatismo. Quemar la imagen del Rey no debería ser el camino para reivindicar la República, si este es el sistema al que se aspira en una sociedad abierta y con vías democráticas. No parece que sea la forma de difundir unas ideas. Será más bien la vía de expresión de un conflicto. Es un ingrediente más en el caso catalán. ¿Sería real en el caso de Galicia? Parece que no, con independencia de los entusiasmos que suscite la monarquía o el republicanismo. Ni el problema ni la estrategia forman parte de la realidad gallega.

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