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Ingredientes sin limitación

EN ABSOLUTA minoría en el Congreso y sin hablar y negociar con nadie previamente, el Gobierno lanza a los cuatro vientos la reforma de la ley educativa. Salvo como un ingrediente más para una permanente y constante agitación social y política, que acentúe las posiciones de confrontación, no hay lógica que explique tal iniciativa. Y no se trata de defender, para nada, la llamada ley Wert, que necesita cambio aunque no lo vea Pablo Casado. Pero la reforma no se puede hacer desde la minoría del grupo del Gobierno: es imposible por falta de votos, como lo demuestra la incapacidad para aprobar los Presupuestos.

Por responsabilidad, dada la experiencia frustrante de todas las reformas educativas precedentes, no se debería hacer solo desde el acuerdo con sectores afines, como los que con su votos de apoyo meten las "botas", que muy gráficamente dijo Felipe González. Esta política de acentuar hacia el extremo los polos de las posiciones, de confrontar por bloques el electorado, está por ver si será rentable para el PSOE o más bien para quien le acompaña desde la comprensión del chavismo venezolano. Lo que sí está claro es que lanzar otra iniciativa sin bases de plasmarla en realidad, supone una pésima contribución a la estabilidad cuando hay situaciones de alto riesgo abiertas, como la amenaza real del secesionismo en Cataluña, y cuando ya se han añadido gratuitamente más elementos de distracción y división.

Sucede además que por improvisación o incapacidad para gestionar no se cierra ninguno de los múltiples "melones" abiertos por propia iniciativa o las graves cuestiones que tiene la realidad del país pendientes. Estas prácticas hay que interpretarlas en clave de campaña, como la gestión de la exhumación de los restos del dictador, con grandes rentabilidades de polémica, pero no como gestión de programa de Gobierno, salvo que esta se reduzca a anuncios.

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