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Tanto va el cántaro

LA CRISIS —las tensiones y cuestionamiento del sistema institucional— que produce desafección, populismo y radicalización es una evidencia aceptada, preocupante por lo que represente de inestabilidad en el plano de la representación política y en las consecuencias sociales. Más que el agotamiento del sistema que salió de la Transición estamos ante las consecuencias sociales y políticas de los efectos sociales que dejó la crisis financiera que produjo la gran recesión. El sorprendente cambio que da en 24 horas el Tribunal Supremo con un asunto en el que aparece directamente la banca y la gran mayoría ciudadana no puede aislarse en sus efectos sociales y políticos del contexto sociopolítico de crisis en el que está esta sociedad.

Quizás no repararon en ello los magistrados Z—en los efectos sobre la propia imagen y valoración de la Justicia por la ciudadanía— como uno de los pilares del sistema. Esa reconsideración genera alarma, con independencia de que se coincida o no, de que técnicamente sea perfecta —que no debe serlo— esa sentencia. Tanto ante la sentencia como ante la reconsideración de la misma figuran ingredientes demasiado sensibles y fácilmente instrumentalizables para sembrar dudas. Lo que menos necesita este país ahora mismo es que se  puedan sumar  a los aires de cuestionamiento general —partidos, sindicatos o hasta los escándalos de la Iglesia católica— pilares básicos como la Justicia.

Esta situación es munición para los populismos y la demagogia antisistema. No somos los medios de comunicación excepciones a ese cuestionamiento general. No se trata de dar lecciones pero sí de llamar a la moral de la responsabilidad. Es exigible  a los medios una posición la autocrítica que implica la adopción de criterios de responsabilidad —denuncia— ante una realidad excepcional. Los pasos que siga el Supremo son de interés más allá de las hipotecas.
 

Tanto va el cántaro
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