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El mundo necesita Navidad

CONFIESO QUE soy un animal navideño, me encanta la Navidad por cuanto representa, y cuando llega, me invade su espíritu. Me gustan los villancicos, las guirnaldas, los Belenes, escribir Christmas y hasta la Carta a los Reyes Magos, que no hay que olvidar echar al Buzón Real. Me atraen las tiendas con sus escaparates adornados con especial esmero. Me gusta el turrón, el mazapán, los polvorones, el roscón y todo lo demás. Pero sobre todo me gusta que las personas se sonrían por la calle, y me impresiona el sincero interés de algunos por lograr que los menos afortunados disfruten también de estos días festivos, organizando recogidas de alimentos o de juguetes, repartiendo ropa y sonrisas entre los desfavorecidos de la suerte y la sociedad, entre los que viven acompañados, tan solo, de la soledad o entre quienes están enfermos y han perdido la esperanza de una cura. 

Quisiera que mi hija supiera que la Navidad es, efectivamente, “la fiesta de la luz”, si bien no de las luces de neón y bombillas que adornan las ciudades, ¡unas más que otras!, sino de la luz del hombre, esa que alumbra su mejor versión, su humanidad más esplendorosa, la luz de la caridad, de la comprensión, del reconocimiento mutuo, de la humildad, del amor y de la amistad.

La Navidad ha de suponer un renacimiento de nuevas esperanzas, una ventana abierta a la aventura y un toque de magia a nuestra existencia. Una nueva oportunidad para reconciliarnos con nosotros mismos, para hacer un resumen de nuestra vida y lanzar la mirada hacia adentro para rectificar los errores, saltar los muros de la envidia, el egoísmo y analizar si hemos sido consecuentes con nuestros principios.

La Navidad es la época especial para perdonar, para unirse, para dar sin esperar recompensa, es una ocasión para reafirmar entre todos que la paz es posible si damos de nosotros lo mejor que llevamos dentro, sin odios ni rencores. Cada año nuevo nos trae nuevos retos, nuevas oportunidades y nos ofrece el momento para reiniciar de nuevo nuestras vidas. En la aurora de un nuevo año encaremos los retos que se nos presentarán y mantengamos en alto nuestros brazos para brindar por un tiempo venidero mejor.

Navidad es la noche en que Dios nos saluda con la paz y hace que el mundo se haga morador de una alegría que era del cielo y que ahora se ofrece a todos, porque es tiempo de creer, de admirar, de celebrar, de compartir. La Navidad me llena de un sentimiento de esperanza que me traslada la reflexión de que “no importa estar en espera infinita, si he de tenerte un día, felicidad”.

Asimismo, los que ya tenemos canas y pertenecemos a la generación del por favor, buenos días, gracias, etc. echamos también en falta que, por estas fechas, lo normal y corriente ya no sea que la gente se desee "Feliz Navidad", porque al parecer eso ahora es cosa rancia, carca, anacrónica, algo del pasado. Parece que lo mejor es acudir a trasladar otros deseos más oportunos como "felices fiestas”, y hablar de “fiesta del solsticio de invierno”, “vacaciones en familia”, o "vacaciones de invierno". Esto me parece una majadería y un bajón, por lo que me atrevo a recomendaros queridos amigos, que no dejéis de desearos ¡Feliz Navidad!, o ¡Felices Pascuas!, y cuando toque, ¡Feliz Año Nuevo!

El mundo necesita Navidad
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