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El pacto imposible

En una situación como esta nadie entendería que los políticos mantuvieran la beligerancia encerrados en su caverna partidaria mientras España se consume asolada por la crisis sanitaria, económica y social. Por tanto, es oportuna la llamada del presidente a la "desescalada de la crispación política".

Pero le faltan modales. No se puede acusar a la oposición de "insolidaria y desleal" si no acude a la convocatoria de unos pactos cuando no tiene siquiera un folio con una propuesta de asuntos a debatir. Ni presionarla política y mediáticamente utilizando la falacia de que si no acuden a esa cita "el país no puede contar con ellos". La función de la oposición no es solo acudir a las citas del Gobierno, es también servir al país fiscalizando su gestión. 

No son formas de atraer a Pablo Casado pedirle el apoyo y cinco minutos después enviar a la señora Lastra a insultarlo en sede parlamentaria. Casado desempeña su función de líder de la oposición y su labor puede gustar más o menos, pero es un socio necesario con el que hay que hablar y nunca debe ser insultado.   

Tampoco se atrae a los empresarios consintiendo que sus socios de Gobierno les culpen del paro y les presenten como avaros sin entrañas que solo buscan enriquecerse. ¡Y qué decir de las autonomías! El Gobierno las ningunea y se incauta de sus fondos destinados a políticas de empleo —en Galicia 100 millones— y a reforma de viviendas de los más desfavorecidos.  

El presidente llama a la unidad, a la lealtad y al consenso mientras fustiga a quienes le apoyan en esta crisis y halaga a los desleales

Nacionalistas e independentistas ya se desmarcaron de este y de otros pactos —su objetivo es destruir el propio Estado—, que seguro no ilusionan a su socio de Gobierno, un partido cuya receta es poca laboriosidad, mucha subvención y desprecio del modelo democrático que quieren dinamitar. 

En fin, que el presidente llama a la unidad, a la lealtad y al consenso mientras fustiga a quienes le apoyan en esta crisis y halaga a los desleales, una manera de alimentar la desunión y generar tensión social. Si cree que estas son formas para promover y liderar los nuevos pactos de la Moncloa debería hacérselo mirar. 

La realidad es que esta llamada urgente al pacto semeja ser una operación de márquetin político para cubrir sus espaldas. Plantearlos con tanta arrogancia y desprecio a la oposición no tiene pies ni cabeza —no conoce cómo se hicieron los Pactos de la Moncloa del 77— y  el fracaso está asegurado, pero la propia oposición cargará con las culpas.   

Dicho esto, la reconstrucción de España devastada por la pandemia supera la capacidad de este Gobierno y los verdaderos paganos de la falta de acuerdo político seremos los nosotros.

El pacto imposible
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