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Los fines de los partidos y las elecciones

NUESTRA CONSTITUCIÓN vigente dedica uno de los preceptos de su título preliminar, el artículo 6, a los partidos políticos en los siguientes términos: «Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos». Nada dice el texto acerca de sus fines. Estos unas veces son más primarios que otras, lo que marca el ámbito pretendido por la fuerza política y su eventual clientela.

Así, los fines del Partido Regionalista de Cantabria o de Teruel Existe, ahora una agrupación de electores, que si tiene éxito electoral muy probablemente dará lugar a un nuevo partido, se vinculan a la defensa de un territorio concreto que constituye su razón de ser. Su objetivo ontológico es pues la defensa, cuanto más enfática mejor, de los intereses de su territorio. Y el proceder de unos es fuente que ilustra a otros. Lo pone de relieve lo que expresan. No hace muchas horas que he oído a uno de los dirigentes del movimiento últimamente citado manifestar con admiración los compromisos que para Santander y Cantabria había arrancado el PRC en las negociaciones de investidura del señor Sánchez.

La acumulación de fines localistas, porque localistas son pues así lo manifiestan y se jactan además de ello, no solo los mencionados, otros también, que se apuntan a ello cuando conviene, como hace Coalición Canaria o por aquí el Bloque cuando decide, porque cree que le favorece, asumir el papel que en tales momentos pretende exclusivo, de auténtico y único actor político propio de ‘Galiza’. Si el modelo de partidos fuera el de los que orientan sus políticas al localismo podría la subasta de sus influencias circunstanciales ser el módulo de distribución de los recursos y el canon para adoptar decisiones, claro que eso sería factible si se entendiera que no hay intereses generales de la sociedad española en su conjunto, que nada tienen que ver con los territorios en tantos casos y materias.

Hay actividades no particularizables. Recuerdo una pregunta de una periodista en una campaña electoral, después de que explicara yo las medidas que proponíamos para el fomento de la exportación. La cuestión que me planteó era ¿qué medidas proponen para fomentar la exportación de los productos de Lugo? Ahí lo dejo.

Los otros partidos o movimientos sitúan en sus estatutos o textos constitutivos declaraciones ideológicas y grandes principios junto a conceptos relativos y de difícil concreción vista la realidad vivida, como podría ser el de ‘progreso’ que sirve para pedir el voto de Podemos y para negar la coalición con Podemos.

El fracaso en la investidura de un presidente de Gobierno en la XIII Legislatura ya frustrada ha obedecido, a mi juicio, además de a que no se exploraron todas las posibilidades, entre otras la de un gobierno técnico a la que me refería hace unas semanas, a que los distintos interlocutores vienen anteponiendo en exceso los intereses nominales de su partido y sus cálculos, no demasiado acertados como se verá, además de los suyos personales a los de la sociedad española en su conjunto.

Solo una posición fundada en tales pilares puede explicar que alguien a quien solo apoyaban sus 123 diputados y el del PRC se pavoneara del gran apoyo recibido y sostuviera como consecuencia que las opciones de gobierno se concretaban y limitaban a la que pudiera protagonizar su ‘magnífica’ y ‘óptima’ persona —empleo los adjetivos deliberadamente—. El gran apoyo hay que ponderarlo bien y el reverso del apoyo que recibió el candidato fracasado debe ser recusado en el adjetivo cuantitativo, no fue grande, pues los electores de 227 diputados, más de tres quintos de la cámara de diputados, no optaron por su pa-peleta electoral. Sin humildad no suele trabarse ningún acuerdo que no resulte de la imposición.

Y si el cacareado mandato popular era el de conformar un Gobierno de ‘progreso’, lo del progreso lo abordamos otro día, que da para mucho, pues la conclusión es que el señor Sánchez no lo quiso. Cabe una pregunta: ¿Qué fin progresista quedaba comprometido en términos inaceptables al incorporar a Podemos al Gobierno? No lo sé. Nadie lo sabe.

Y además no creo que tuviera que ver con los nominales fines existenciales y constitutivos del PSOE . Salvo que se acepten postulados que vienen negándose últimamente cuando se invocan para reclamar algunas decisiones.

Entonces solo queda esperar que el próximo proceso electoral sea algo clarificador. Entre tanto, en el hogar de Breogán el señor Feijóo nos ha revelado la intensidad de su compromiso con Galicia por encima, según puntualizó, del que tiene con su propio partido. Tal manifestación a mí me ha originado dos dudas: ¿Es que el PP de Galicia orienta su política o puede hacerlo al margen de sus orientaciones? ¿Es que el Partido Popular de Galicia es menos gallego que él? Hay que cuidar los excesos enfáticos.

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