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Más Marías y Cercas

EL OSTRACISMO es la consecuencia de la falta de debate. La intolerancia hacia las perspectivas y opiniones opuestas y la moda de la humillación pública del discrepante o del que rompe el discurso que se pretende imponer como correcto fue denunciado hace unos meses por 150 personalidades. Figura entre ellas alguien tan poco sospecho para la izquierda como Noam Chomsky. Es una denuncia ante la imposición de un pensamiento único que mantiene la actualidad. O rompemos el silencio que puede entenderse como aprobación o seremos víctima de absurdas dictaduras como las que aún vivimos algunos en materia de moral y buenas costumbres hasta que se aprobó esta Constitución. La historia ofrece ejemplos suficientes de intolerancia. Hemos pasado de la intransigencia e imposición de una moral religiosa a una laica, o de religiosidad grupal laica. El avance y el progreso en los valores, el respeto y la tolerancia son fruto del debate abierto y libre. 

Javier Marías y Javier Cercas escribían dos piezas modélicas el pasado domingo en la revista de El País. Uno tomaba posición frente a la dictadura del pensamiento de partido. Presentaba un modélico ejemplo de libertad y tolerancia de un viejo militante socialista en la cuenca minera asturiana. Asumió la crítica, en su propia casa, de alguien que era un invitado. Faltan escuelas o universidades de verano para los cuadros y militancias de partido. La docilidad y el acatamiento ante el mando, y la práctica del sectarismo sustituyen a las ideas y al debate. 

El otro se pronunciaba con su libertad habitual frente al absurdo de incluir la mirada lasciva, sin concreción objetivable a la que atenerse, como agresión o delito sexual. Parece que no hay más termómetro para esto que la subjetividad, acertada o no, de quien es objetivo de la mirada. 

La descalificación personal o muerte civil a la que se sometió a la creadora de Harry Potter, J. K. Rowling, es un buen referente de los excesos a los que asistimos. Un ejemplo que citaba el siempre libre Javier Marías. Todo porque un personaje de una obra se viste de mujer para cometer un asesinato. Acusación de transfóbico. Puede incorporarse esta persecución a una antología histórica de las visiones y acciones censoras que una mente sana nunca podría imaginar. 

Quienes bajo el franquismo medían la ‘decencia’ de la vestimenta de las cupletistas, el lenguaje de doble sentido o los escotes de las actrices en el cine, probablemente tendrían poco o nada que aprender de los entusiasmos censores actuales y de la facilidad para humillar y descalificar en las redes a quien rompe la norma impuesta o que se pretende imponer. Hay exceso de gobernantas estrictas, en femenino y masculino, como denuncia Javier Marías. Gobernantas o gobernantes estrictos a los que siguen acríticamente manadas y rebaños de censores que se sienten vanguardia para vomitar en las redes. Les sucedió a otros antes en la historia: piadosos devotos en la procesión o bien con el garrote tras el cura. Siempre en ejercicio del pensamiento único. 

A un servidor, cuando dirigía un medio, le llegó una carta de un grupo que se ofrecía para supervisar la publicidad por si cosificaba a la mujer. Guardo el original de la carta. A eso se le llamaba censura previa.

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