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Para qué

TIENE QUE haber un porqué o un para qué, precisamente en este momento, de esta tormenta con el Rey emérito en el centro. No lo explica el despecho de una señora que recibió regalos millonarios e hizo de testaferro ni la activación repentina y tardía de la maquinaria de la justicia. Abro paréntesis: todo se entiende presuntamente, es obvio, aunque no abuse del término presunción como hacen algunos y algunas con el lenguaje inclusivo. Cierro paréntesis. 

Una explicación simple casi siempre es la más real. No la encuentro. Las aventuras sexuales y amorosas son un adorno en el meollo de los asuntos que salen ahora. Incluso Peñafiel, ante el torrente de millones en un lado y otro, confesó: "No lo puedo defender". Yo tampoco. Sí lo defiendo en el papel que jugó para asentar la convivencia en libertad. Rumores o lo que se entendía como chismes y maldades con los negocios se apuntaban en algunas sobremesas. Tampoco más. 

A riesgo de caer en algo parecido a una obsesión conspirativa y de que parezca una defensa de lo indefendible, que no lo pretende, mi interrogante es simple: ¿estamos ante un río revuelto para ganancia de algún o algunos pescadores? La respuesta pudiera ser de interés general. Como lo son las presuntas responsabilidades de lo que sale a la luz pública. Preguntarse para quien pueda ser de utilidad una noticia negativa, sobre todo en política, tampoco pide la consulta del psiquiatra. Me sigue pareciendo elemental en el ejercicio del periodismo conocer qué interés pueda haber detrás. 

Quiénes abrieron súbitamente la caja de los truenos que guardaba las economías no declaradas del Rey emérito. Quién o quiénes tenían la llave que impidieron durante décadas que no fuesen más allá de la rumorología y de alguna noticia publicada en medios extranjeros sobre ránking de fortuna de mandatarios y monarquías en el mundo. Las andanzas amorosas, de las que había noticia y abundancia de chismes que transmitían los enterados, siempre abundaron en la Villa y Corte, se consideraban y se consideran asunto personal, salvo en el amarillismo que se extiende. Las cuestiones de alcoba, salvo que tuviesen coste en la caja común, tampoco fueron motivo de escándalo hasta que en cuestión sexual nos penetró el puritanismo anglosajón. El interés no iba más allá del chismorreo. Ahí se entiende el silencio o ese pacto que, como recordaba Juan Luis Cebrián en una entrevista reciente, nunca existió en los periódicos. 

Las cuentas secretas y los gastos millonarios emergen ahora a la luz pública, semana sí y semana también. No se cuestiona que sean noticias de interés general. Lo son. Pero en este caso, con permiso de quien pudiera darse por ofendido, no hay periodismo de investigación que haya levantado el escándalo. Hay filtraciones que llegan y que suponen primicias informativas para quien las recibe. Alguien decide levantar la losa que cubría estos hechos. Presuntos. Las preguntas sobre el porqué del silencio anterior, durante décadas, sobre esta cuestión y la repentina explosión pública actual es trasladable más allá del periodismo. Tiene otros responsables. 

No lo explica todo el mal final de las relaciones entre la consultora alemana Corinna Larsen y Juan Carlos ni ese sorprendente personaje policial que aparece oportunamente para activar el ventilador que lo cisca todo.

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