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A un Océano del mundanal ruido

DE MOMENTO, y mientras que no se cambie, la final de la Copa Libertadores se va a celebrar el domingo en el estadio Santiago Bernabéu, en Madrid, a las 20.30 horas. Nada menos que a más de 10.000 kilómetros (10.039 concretamente), un Océano de distancia, de donde debería haber jugado el partido hace ya nueve días, Buenos Aires. Quizá haya sido una buena idea alejar a los equipos del mundanal ruido, que la cosa sea fútbol y solo fútbol. Quizá no.

Quizá sí. Quizá la rompedora decisión de la Conmebol, con su presidente, el paraguayo Alejandro Domínguez a la cabeza, de llevar hasta España la final de la Copa Libertadores —con la ayuda necesaria de Real Madrid, Federación Española y Gobierno español— era lo mejor visto que la sociedad argentina es incapaz de afrontar un evento tan trascendente. Pero ha quedado claro, desde que la decisión fue tomada, que para los aficionados argentinos no ha sido una idea feliz, sean o no miembros de las infames barras bravas. Es más, el hecho de que el partido se juegue en el Bernabéu es una especie de humillación de España y Europa para la siempre desgarradora Argentina y, en general, para toda Sudamérica. 

Y es cierto que algo de razón tienen los argentinos. Es fácil entender lo que ellos piensan si en un momento dado la Uefa, la Fifa, la Onu, Donald Trump, Vladimir Putin o el Papa de Roma, argentino por cierto, decidiesen llevarse hasta Buenos Aires, Rosario, Montevideo o Río de Janeiro la final de la Champions. O la Copa del Rey. O la de la FA Cup inglesa y su sagrado partido final de cada año en la sacrosanta catedral que es Wembley. Un ultraje, algo incomprensible, dirían los aficionados europeos. Es cierto que muchos de los aficionados de River, la inmensa mayoría, no podrán ver el partido donde querían, el Monumental por razones obvias. Los de Boca no tenían ni siquiera esa posibilidad, en Buenos Aires, en Tucumán o en Vladivostok, porque es conocido que en Argentina los aficionados visitantes no pueden entrar en los campos de los equipos rivales. Es cierto que una mayoría de los aficionados argentinos, de River, de Boca, Independiente, San Lorenzo de Almagro o Estudiantes de La Plata, son pacíficos. Eso sí, tienen una particular manera de vivir el fútbol y su equipo. Con una pasión desbocada, con fervor, diferente en cualquier caso a la tranquilidad con que el asunto del balompié se vive en Europa. El problema, el grave problema, un problema tan monumental como el nombre del estadio de uno de los contendientes en la final del domingo en Madrid, es la existencia de las denominadas barras bravas, a estas alturas de la película una especie de mafias de la peor calaña en las que el fútbol es lo de menos y sus privilegios, monetarios sobre todo, lo de más. Mucho más.

Es aquí donde la ecuación de los aficionados argentinos indignados se rompe. La violencia de las barras bravas ha corroído al fútbol en el país y lo ha convertido en todo lo que muchas personas odian. Son demasiados años ya de impunidad de estos sujetos ante unas administraciones impotentes y una sociedad cansada y quizá ahora, con la final de la Libertadores en Madrid, sea el definitivo punto de no retorno, quizá el momento de que las cosas cambien allá de una vez y para siempre. El encuentro es un final. Y también un principio, algo hacia una situación más benigna. No se dan cuenta, quizá porque no usan sus cerebros, que los violentos viven sus últimos días de todo gratis. La sociedad argentina debería enfrentarse a estos individuos que están matando su querido fútbol. Si no lo hacen lo hará la Fifa. Porque si la violencia vuelve a campar a sus anchas por Madrid se tomarán decisiones drásticas: hasta nueva orden no hay fútbol argentino, incluida la selección, en las competiciones internacionales. Y punto. Ya está bien, hombre.

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