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Sangre y toros

CIERTO que la fiesta de los toros, tanto por la actuación del diestro en el ruedo como por el espectáculo en sí, siempre se caracterizó por la división de opiniones. A unos les gusta y a otros, los que reprueban la crueldad a que es sometida la res, nada. Donde no hay divergencia es en el terrorismo, pese a que algunos desalmados lo ejerzan y defiendan. Verán. El jesuita José María Fernández Martos, a sus 87 años recorre cada domingo 110 kms. para confesar a reclusas etarras en la prisión de Ávila. No oculta que le costó reconciliarse con ellas, pero piensa en su deber. Y cuenta cosas. Quizá no suponga revelar el secreto de confesión, pero desvela confidencias espeluznantes, como las de la interna animalista, que no dudó en afear al clérigo por defender las corridas taurinas: no puede soportar la sangre en el ruedo. Podría entenderse de no ser una depravada con 28 asesinatos en su haber. La sangre humana sí le resbala. O quizá disfrute viéndola manar, como otra "penitente" que reveló al padre Martos haberse disfrazado de monja para ir a deleitarse con el dolor provocado por su atentado. Dice, sí, el confesor que algunas acaban llorando, pero será por la sangre en el coso...

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