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Besos para todos

Decía que "guardar una carta es como tratar de conservar un beso". Las suyas, que publica Mondadori seleccionadas y muy bien comentadas por su hijo, prueban lo mucho que besó John Cheever, con cuánta frecuencia y lo bien que le salía

ANTES DE percibir algo más, antes de carcajearse, de maravillarse con el dardo de sus comparaciones, tan bien lanzado, con tan buen pulso, lo que se nota en las cartas de Cheever es que te cae bien. Parece un buen hombre, de esos cuya resignación es cómica, la mirada entrenada, que le saca partido a todo, también a fracasos y vivencias insustanciales, quizás sobre todo a esas. Te irías con él a un bar. Seguramente después a muchos otros.

Lo segundo que se hace es dar las gracias a su hijo por la traición, que parece muy relativa. Puede que pidiera que no se conservaran sus cartas o que, más bien, asumiera que no se iba a hacer. Pero le haría ilusión saber que sus amigos y familiares las guardaron, primero, y las cedieron, después, para un volumen así. La suya no es una carrera azarosa, en la que una cosa lleva a la otra, que lleva a la otra y a la otra... de esas en las que la coincidencia visita tantas veces que parece imposible llegar al origen desandando camino. Tampoco una planificadísima, en la que se alcanzan hitos con la periodicidad aspirada. Es fruto de un empeño machacón, de una decisión sin marcha atrás, llena de inseguridades, de dudas y de mucha rabia. Cómo no iba a apreciar que se lea esta suerte de autobiografía, que es además ligera y trágica a la vez, reveladora y verdadera, Que además está tan bien comentada que algunos de los textos que escribe Benjamin Cheever mejoran las cartas de su padre.

Al final, esta resulta ser la biografía perfecta: la que escribe el autor sin intención, presente en cada momento, no a posteriori, y narrando para otros. Los Diarios —publicados recientemente por Mondadori—, sin embargo, se escriben para uno mismo. Si se asume que solo uno los va a leer, se es más duro, más rotundo, menos prolijo en explicaciones que sobran por sabidas. Si se aspira a que los lean otros resultan ser mentira.

Las cartas muestran el carácter del escritor, su americanísimo humor, los callos de su carrera y su inseguridad


Las cartas —en las que se mezclan correspondencias que duraron décadas con amigos que siempre vivieron lejos, con otras breves, como la de sus últimos años con su amante— muestran el carácter del escritor, su americanísimo humor, los callos de su carrera y la inseguridad que ni los premios, ni los libros ni el largo tiempo comiendo de la máquina de escribir logran mitigar. Es curioso pasarlo tan mal, debajo de todas esas capas de pasarlo bien. También una virtud. Cualquiera que lo ha intentado lo sabe: cuánto cuesta quejarse ante los amigos lo justo, sin resultar un pesado, sin que rueden hacia el blanco todos los ojos cada vez que empiezas con lo tuyo. Cheever sabe hacerlo.

Una de las primeras inseguridades del escritor es la incapacidad de aprobar un test que, cuando está en el Ejército, le permitiría dejar de ser soldado raso. No hay manera. Y a un hombre que tiende a apuntarse voluntario a maniobras de las que otros se escaquean le preocupa hasta el punto de que pide a su mujer que le mande "el libro sobre cómo mejorar fácilmente tu índice de inteligencia". Su inquietud resulta enternecedora.

La correspondencia como soldado sirve ya para mostrar con claridad sus deseos de escribir y cómo, una cruz que llevaría durante décadas, quiere sacarse de dentro una novela porque los cuentos no le llegan. En la literatura, como en la vida, la insatisfacción puede ser movilizadora, pero también injusta. En el caso de Cheever lo es, aunque tarda en verlo y, mientras, los cuentos pueden ser mejores o peores, sobre todo pueden venderse fácilmente o no, pero la novela es lo que anhela. Muchas veces la abandona solo porque está en apuros  y necesita dinero. "Me apetece tanto escribir relatos como follarme a un pollo", escribe, o se describe a si mismo "escribiendo cuentos con una mano y la novela con la otra para pagar las redecillas del pelo de Susie [su hija mayor] y mi ginebra". 

De  vivir ahora, en esta época tan volcada en el ensayo autorreferencial, Cheever sería articulista


Crónica de los Wapshot se publicó más de 20 años después de que la empezara a escribir y, para su decepción, no tuvo inicialmente una gran acogida. Inmediatamente, pensó en escribir un libro de relatos para compensar, porque ese era su habitat, el lugar donde crecía a gusto. Que tiene el don de la historia corta se entiende leyendo sus cartas, de las que podrían salvarse muchos párrafos, pero muchísimos, para la ficción. De  vivir ahora, en esta época tan volcada en el ensayo autorreferencial, Cheever sería —o los editores querrían que fuese— articulista. Algunas de las entradas, las colocas mañana en un periódico tal cual y arrasan. Estarían muchos al día siguiente tecleando en Twitter su nombre, descubriéndolo, como los que hace años se enteraron de quién era por el capítulo de Seinfield en el que Elaine hereda una caja con la correspondencia entre el autor y su padre, que había sido su amante tardío.

Muchos de los cuentos de Cheever, como El nadador o Adiós, hermano mío, son piedras perfectas. No de las preciosas, brillantes, talladas. Sino de los cantos rodados que ya aparecen perfectamente pulidos en la naturaleza, que se deslizan de la mano de tal suavidad. Se leen con arrebato, como si fueran una cosa orgánica, pura, como si así tal cual los hubiera encontrado en su cabeza y no hubieran necesitado trabajo posterior.

Solo al final, muy al final, se da cuenta de que lo mejor de su obra es eso. De que ha resultado ser un escritor de cuentos, que lo que creía que era el camino a otra cosa ha resultado ser La Cosa. Enfermo del cáncer del que acabaría muriendo cuenta que se dedica a repartir ejemplares de Los cuentos, la recopilación de sus relatos, entre los médicos. "Al final, parece ser lo mejor que he escrito, incluso Honora Wapshot ha caído en el olvido", dice.

La homosexualidad, una de sus obsesiones,  le preocupó a él mucho más de lo que lo haría a los demás


Cheever es ingenuo e inseguro en todas las etapas de su vida, cuando es un jovencito y también cuando es un viejo condenado. Cuando alaba con pura admiración y generosidad a Philip Roth y cuando pasa de poner a caldo a John Updike a proponerle planes para quedar. No toma consciencia real de su alcoholismo hasta que tiene un ataque masivo al corazón, en una época en la que su hijo está convencido de que "bebe para matarse". Y sobre todo lo es con la homosexualidad, una de sus obsesiones, que le preocupó a él mucho más de lo que lo haría a los demás. 

Casado siempre con la misma mujer, a la que evidentemente amó mucho, Cheever tuvo sucesivas relaciones con hombres, deseando al mismo tiempo "vivir en un mundo en el que no hubiese homosexuales". En la vejez, loco por un joven escritor que se convierte en su protegido, se asombra de que un amor que esperaba que fuese "invertido" resultara ser sencillo y puro, fácil. Asombra que pueda ser tan conocedor del interior humano y al mismo tiempo tan ignorante y de que tarde tanto en consentirse a si mismo entregas en las que sí dejó caer a sus personajes.

Mondadori publicará el mes que viene los Cuentos y, con ese volumen, se completa la triada para el conocimiento de Cheever. La mejor forma de saber cómo es un escritor siempre es su obra, pero, en este caso, la más benevolente y poliédrica, que hace justicia al hombre complejo y bueno que fue, son las Cartas, trocitos de su historia que se leen como besos que —ojalá— le hubieran mandado a uno.

'Cartas', de John Cheever
John Cheever trazó en sus cartas, durante años y sin saberlo apenas, un autorretrato tan revelador como e que esconden sus cuentos y sus novelas. Prolífico en sus correspondencia privada, podía llegar a escribir una treintena de veces semanalmente a amigos, a escritores como Philip Roth, John Updike o Saul Bellow, así como a familiares y amantes. A todos les pedía que se deshicieran de unos textos que consideraba pasajeros. Sin embargo, sus destinatarios quisieron conservar unas misivas que, editadas y anotadas por su hijo Benjamin, forman una historia tan vívida y humana como cualquiera de sus personajes.

Besos para todos
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