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Ni mirar bien sabemos

Opinadora constante, tuitera entregada y escritora combativa, Roxanne Gay cuenta en Hunger (Hambre) las memorias de su cuerpo y acaba revelando el espanto de nuestro comportamiento hacia el diferente. De verdad que, a veces, parece que nunca hubiéramos abandonado el patio del colegio y este libro nos arrea una y otra vez con esa lamentable realidad

ROXANE GAY está a punto de subirse a un avión y una amiga le ofrece una bolsa de patatas fritas por si tiene hambre durante el vuelo. La rechaza. Una persona como ella no puede ser vista comiendo en público algo así.

Quizás esa escena, junto a otras similares, sean lo más evocador de Hunger, las memorias de Gay en las que relata todas las ingratitudes de un cuerpo como el suyo, cómo de difícil es ir por el mundo siendo una obesa mórbida —superobesa mórbida, en realidad; la categoría médica para la envergadura superlativa, un extremo al que pocos llegan—.

Realmente, parece mentira llegar a esta conclusión. Resulta injusto y miope, el típico juicio de un lector mezquino que se queda apenas con lo que le llama la atención sin fijarse en lo que le han querido contar, contar de verdad; lo que pensaría alguien que lee con el filtro del privilegio sin abandonarlo en ningún momento y que se relame con la novedad, con la anécdota, con la curiosidad y no tanto con la verdad.

Gay cuenta en Hunger que a los doce años fue violada por un compañero de colegio y su grupo de amigos. Ella creía entonces que ese chico la quería y con él hacía cosas que no le parecían bien del todo, pero, como supuestamente se amaban y era su secreto, las aceptaba. Tenían una relación clásica de aquiescencia femenina, que son siempre dolorosas y, si son precoces, acaban siendo una vergüenza postergada, en la que las mujeres se arrepienten de haber dejado que su yo de niña o de chica las permitiera y hasta las agradeciera. En ese echar la vista atrás, también se enternecen de la persona que fueron, cómo no hacerlo.

Una relación, desigual e injusta, pero en apariencia consentida, es objeto de autoescrutinio posterior en la vida adulta. Un ataque como el que sufre Gay se analiza y revisa para siempre, sin descanso. Es algo que lo cambia todo, te convierte en otra persona y deja una estela de sufrimiento que nunca se agota, es un dolor de eterno retorno.

Comprensiblemente, todo el libro está salpicado por él, como lo está toda la vida de Gay, como lo están sus ensayos o su obra previa. El primer libro en el que lo menciona es Mala feminista, y es así cómo sus padres y sus hermanos se enteran de lo que le ocurrió: a través de una crítica de la revista Time sobre esa obra.

Por esta se enteran de cómo ese cuerpo que tanto parece definirla acabó siendo el que es, de qué manera comió y comió hasta cubrir, acolchar y tapar por completo a la persona que era y salir otra; una no atractiva que no provocara deseos ajenos, que fuera ignorada y rechazada, que resultara invisible para los hombres a los que tanto temía.

Cuando Gay publica algún ensayo en el que habla de su violación tiene una asombrosa resonancia. Muchas mujeres se sienten identificadas y aprecian su valor al hablar del tema

Visto así, dado que esta es la historia que Gay cuenta, ¿por qué acaban resultando más llamativas las circunstancias de la vida en su cuerpo, la constante angustia por cosas mundanas, por la capacidad o incapacidad de hacerlas, por la crítica extrema y constante de otros y de ella misma a causa de su obesidad? Pues porque es un espejo universal que nos refleja a todos.

Cuando Gay publica algún ensayo en el que habla de su violación tiene una asombrosa resonancia. Muchas mujeres se sienten identificadas y aprecian su valor al hablar del tema. Encuentran familiares sus reacciones, desde la absoluta falta de autoestima —ese creerse la nada— hasta lo vívidos que siguen siendo sus recuerdos, la frecuencia en la que piensan en su atacante —tan a menudo alguien que conocían y en quien confiaban— y la forma en la que ese episodio las conduce a una adicción —el alcohol o las drogas o la comida—. La cuestión de que se entierre a si misma en comida para desaparecer, para ser otra, también encuentra eco, aún siendo una conclusión a posteriori. Aunque ella lo cuenta como una decisión tomada a sus 12 años —haré esto, esperando esta otra consecuencia— es en realidad una explicación —hice esto, tuvo esta consecuencia—. Es comprensible, casi se espera que alguien tome ese camino radical de autocastigo sin descanso.

Leyendo este libro nos percatamos de lo poco que sabemos de cómo es vivir


Sin embargo, los terrores de la vida como una mujer obesa es algo en lo que, hay que decirlo, no se piensa. O no se conocen en todas sus ingratitudes, constantes e incisivas, lo que, como ella misma explica, es llamativo si se tiene en cuenta el constante bombardeo de la ‘epidemia de obesidad’. Por eso esas cuestiones agarran al lector de esta manera, porque todos lo hacemos, sin excepción; porque la empatía, la empatía de verdad es dificilísima de ejercer y porque leyendo este libro nos percatamos de lo poco que sabemos de cómo es vivir siendo otra persona aunque tengamos tantas evidencias delante, aunque sea muy fácil de deducir.

Gay logró mucho eco con un ensayo cuya idea aparece recogida en Hunger y que se centra en las sillas. El tiempo que una persona de su tamaño tiene que dedicar a pensar en las sillas y las angustias que le hacen sufrir es terrible. Las sillas con brazos son su perdición, prisiones que le hacen moratones en las piernas y torso, que le cortan la circulación durante las horas que dure la comida, la entrevista o su intervención. Algunas, de apariencia frágil, la sumen en el constante temor de que colapsen bajo su peso. El espacio que dedica a anticipar esos horrores es muchísimo y, a veces, sus temores se cumplen. Cuenta, por ejemplo, un episodio que da sudores fríos: cómo pasa cinco minutos de reloj, con sus segundos, intentando subir el escalón de un escenario en el que tiene que participar en un debate sin éxito hasta que otro de los escritores la ayuda tirándole del brazo; después permanece hora y media haciendo una sentadilla porque tiene miedo de repantingarse en una silla tan delicada como la que han puesto, que siente crujir en cuanto empieza a posar el culo en ella. Quiero decir que participa en una charla pública, en la que se ha de ser elocuente e ingeniosa, con las piernas flexionadas sin llegar realmente a sentarse, convencida de que se va a romper ante miles de personas. Es este un perfecto relato de terror, de angustia reconcentrada y sudores fríos. 
Hay mil situaciones cotidianas que son un asco para Gay: comer en un restaurante, viajar en avión, hacer la compra, comprar ropa, hacer ejercicio en un gimnasio, dar un paseo, una visita al médico. Se enfrenta a miradas, gritos, insultos, niños maleducados, estupefacción, ignorancia sobre cómo actuar ante su persona, recepción de opiniones no solicitadas. Da mucha lástima admitir que todos hemos tenido alguna de esas reacciones ante una persona como ella.

Gay lleva en internet décadas, y es una bloguera y tuitera experta. Tiene, además, la actitud de la que sabe y que no está dispuesta a pasar ni una, que ve venir al otro, que intuye cuando le espera el comentario mamporrero después del presunto bienintencionado y no permite que llegue, lo corta de raíz. Quizás por eso llama la atención en su escritura la vulnerabilidad, la descripción de una mujer frágil y delicadísima, a la que tantas cosas hacen daño y que se cree tan poca cosa. Hay que decir también que tiene una forma de contar muy de internet, escasamente literaria, lo que hace que el sumergirse en la lectura sea desigual: en algunos puntos profundo y en otros, un poco superficial, como quien escucha a alguien narrarse a si mismo sus preocupaciones con el vano intento de tranquilizarse un poco.

Al final, es evidente, en Hunger se descubre un poco más a Gay, pero sobre todo se observa, sin gustarse demasiado, a uno mismo.

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